jueves, 1 de noviembre de 2012

EL DEPORTE EUROPEO BAJO EL NACIONALSOCIALISMO. MUSEO EBRAICO DI BOLOGNA




Lo sport europeo sotto il nazionalsocialismo. Dai giochi olimpici di Berlino ai giochi olimpici di Londra (1936 - 1948)
La mostra curata dal Mémorial de la Shoah di Parigi, nell’anno delle Olimpiadi, vuole essere un momento di riflessione per comprendere meglio il rapporto tra il nazifascismo e lo sport…

La huella judía en la región de Emilia Romania y el centro y norte de Italia a partir de Roma sobre todo,  hace posible el mantenimiento de centros vivos de la cultura hebrea en esas zonas, con lugares que destilan historia, religiosidad, vivencias literarias o artísticas, como Bolonia, Soragna, o un poco más lejos, en la llanura padana, la Ferrara de los Finzi Contini, la inolvidable novela de Giorgio Bassani (1962).

El Museo Ebraico di Bologna propone durante casi todo el año visitas, actividades, cursos de lengua hebrea y ahora con esta muestra internacional y sus conferencias, consigue mantener el interés sobre los temas sensibles a la comunidad  judía y al público de la ciudad en general y a sus visitantes.
En esta exposición la propuesta es demostrar cómo a través del desarrollo extraordinario de las prácticas y de la cultura deportiva, es posible leer toda la historia del siglo XX, sobre todo los capítulos más sombríos de esta narración, escritos en la época de los Juegos Olímpicos de Berlín, organizados por el Tercer Reich, hasta la renovación olímpica que tuvo lugar después de la guerra con las Olimpiadas de Londres de 1948.
En efecto, durante aquel periodo en Europa se afianzó una “nueva era del deporte”, sustentada por un control totalitario de los deportistas o de los espectadores, una colaboración deportiva con el ocupante, con políticas de exclusión de los atletas considerados indeseables, de humillaciones y de innumerables violencias infligidas especialmente a los campeones deportivos que debían sufrir las deportaciones. Y menos mal que todavía no habían hecho su aparición en la escena olímpica los patrocinadores y otras hierbas…

Para los gobiernos totalitarios y autoritarios, las competiciones deportivas internacionales representaban una oportunidad extraordinaria para reforzar la cohesión interna del estado, es decir, el sentido de la identidad nacional del pueblo, o para demostrar al resto de los países la propia fuerza y su superioridad.
Asimismo, el deporte se consideró un potente instrumento de rearme moral y físico para las minorías oprimidas, para los partidarios de la resistencia y para algunos prisioneros en los campos de concentración.
Hitler, en los Juegos Olimpicos de Berlín de 1936, intentó maquillar la barbarie del régimen que ya comenzaba a despuntar, con una operación de camuflaje propagandístico que desembocó en una gran recolección de medallas para los deportistas alemanes y una cobertura “maravillosa” de los juegos capitaneada por la realizadora Leni Riefensthal.
A pesar de la voluntad de capitalizar el supuesto espíritu olímpico para lavar la imagen del Reich, algunos países como Reino unido, Francia, España, Suecia, Checoslovaquia y Holanda propusieron el boicot a Alemania. Solo España cumplió finalmente al decidir no enviar representantes a los Juegos.

Uno de los mayores defensores del boicot fue Jeremiah Mahoney, Presidente de la Federación Americana de Atletismo, teniendo en cuenta que a esas alturas los judíos eran expulsados sistemáticamente de los clubes y federaciones deportivas, a pesar de que una tiradora de esgrima judía, Helene Mayer, pudo participar y llevarse una medalla de plata.
De todas formas, por entonces, el lema que ya se aceptaba de forma habitual en el régimen nazi era “Juden sind nicht erwünscht” (“Los judíos no son aceptados”).
Como parte del despliegue inaugural del Reich, una orquesta de treinta trompetas dio la bienvenida a Hitler cuando éste entró en el estadio. Richard Strauss dirigió un coro de tres mil personas que entonaron el “Deutschland, Deutschland über Alles” y el “Horst-Wessel-Lied”, el himno del Partido Nazi.

Sobre la supremacía de la raza aria, blanca, tan socorrida y agotada, algo tuvieron que decir y hacer también los delegados negros de Estados Unidos: Cornelius Johnson y Davis Albritton, afroamericanos y triunfadores en las competiciones y el mítico Jesse Owens, que dejó sobreimpresa en la historia su victoria, lenitiva y consoladora para tantos postergados y perseguidos, en los Juegos Olímpicos organizados por el Fürher. Hitler nunca aceptó darle la mano a Owens, que había conseguido cuatro medallas de oro y ese gesto también forma parte de su formidable leyenda negra.
Bajo estos aspectos, la muestra sobre “El deporte bajo el Nacionalsocialismo”, comisariada por el Memorial de la Shoah de París, en el año de las Olimpiadas, intenta ser un espacio de reflexión para comprender mejor el vínculo entre el Nazifascismo y el deporte.
Una exposición de estas características se presenta por primera vez en Italia, en Bolonia, en colaboración con la Fondazione Carisbo, en Casa Saraceni en via Farini 15, del 6 de noviembre hasta el 21 de diciembre de este año.
Desde que en el  año 776 a.C. y hasta el 395 d. C., cuando fueron clausurados por el emperador romano Teodosio, que se había enrolado en la religión cristiana, por considerarlos paganos y fuera ya de lugar en el nuevo contexto histórico,  los Juegos Olímpicos representaron, desde sus lejanos días fundacionales en Olimpia, en el valle del Alteo, muchos ideales: el acatamiento a los dioses, en especial a Zeus, el intento de desarrollar en armonía el cuerpo y el alma, la búsqueda de la amistad entre los pueblos .
Los theócolos, los altos sacerdotes helenos que conservaban los altares y organizaban los ritos, creían que los únicos premios merecidos por los atletas, que debían ser hombres, libres y griegos,  eran el honor y la gloria. Y tener derecho a figurar en un registro de conmemoraciones de triunfos olímpicos.
Mucho cambió la consideración de estos eventos en el siglo XX. Verdaderas puntas de lanza de la afirmación de la supremacía de unas razas sobre otras, de unos modelos políticos sobre los de sus vecinos ocupados y exterminados y en fin, como el intento de sintetizar la metáfora clara del derecho a la opresión y al sojuzgamiento del otro, del diferente o del más débil.
Por esta razón, hacia el fin de año en Bolonia, políticos italianos, representantes de la Shoah en París como Jacques Fredj, embajadores de varios países, universitarios, periodistas de prensa y televisión y hasta representantes de Yad Vashem de Israel como Robert Rozett, se dan cita para revisar y actualizar aquel viejo adagio del Barón de Coubertin cuando proclamó en Atenas, en 1896, “citius, altius, fortis” y todas sus consecuencias y correlatos históricos, políticos y morales.
El maratón, la última prueba olímpica, nació en homenaje a Filípides, que corrió 42 kilómetros para anunciar la victoria de los griegos en la batalla del Peloponeso y luego expiró, no sin antes pronunciar la célebre palabra: Niké! (¡Victoria!).
Por su parte, el rey de Grecia, hace 116 años, cuando se volvieron a inaugurar los Juegos en la edad moderna, exclamó: “Lo esencial en la vida no es vencer, sino luchar bien”.
¿De verdad?  Habría que habérselo preguntado a Jesse Owens.

Alicia Perris

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