martes, 4 de febrero de 2014

"EL PRINCIPITO" NACIO EN NUEVA YORK


La Morgan Library descubre en una muestra el manuscrito inédito de Saint-Exupéry, que escribió su libro más famoso entre Manhattan y Long Island

MARÍA RAMÍREZ  Corresponsal Nueva York
A las siete de la mañana de un día de la primavera de 1943, Antoine de Saint-Exupéry se presentó en el apartamento de Park Avenue de su amante, Silvia Hamilton. Apareció con su uniforme militar justo antes de dejar Nueva York para unirse a las fuerzas aliadas en Argel. "Me voy y me gustaría tener algo maravilloso que darte, pero esto es todo lo que tengo", anunció mientras tiraba en la mesa de la entrada una bolsa arrugada de papel.
Dentro de la bolsa estaban el manuscrito y los dibujos originales de El principito, escrito en parte en esa casa y con la inspiración de sus habitantes. Silvia había pronunciado frases que diría el zorro en la ficción y su perro había hecho de modelo para los dibujos de la oveja. El hijo de Silvia, Stephen (hoy juez federal), fue el primer niño que tuvo El principito en sus manos.

Aún faltaban unos días para la primera edición, que fue en Nueva York, donde la editorial Reynal & Hitchcock lo sacó en inglés y en francés. Saint-Exupéry nunca llegaría a ver su libro publicado en Francia, tres años después. El autor no sólo escribió y publicó su historia en Nueva York, sino que allí encontró a los benefactores que le animaron a crearla.
"Pocos saben que esta gran obra de la literatura francesa, de la literatura universal, nació en Nueva York. El principito es realmente una historia de Nueva York", explica Christine Nelson, comisaria de la nueva exposición en la Morgan Library con el manuscrito y los esbozos originales que Saint-Exupéry confió a su amiga Silvia hace siete décadas (en 1968, ella los vendió al museo) y cuya mayoría no se habían mostrado al público hasta ahora. También está en la muestra el único dibujo que Silvia guardó para su nieto: el borrador de una de las escenas más tristes, cuando el protagonista contempla 44 veces seguidas la puesta de sol moviendo la silla en su pequeño planeta solitario.
En la Nochevieja de 1940, Saint-Exupéry llegó a Nueva York en barco desde Lisboa huyendo de la invasión alemana de Francia. Planeaba estar unas pocas semanas, pero se quedó más de dos años, fructíferos y difíciles. Se apuntó a clases de inglés, pero nunca logró hablarlo. Encajaba poco en la dividida comunidad francesa. Y su mujer y musa, la caprichosa Consuelo, lo atormentaba con sus escapadas nocturnas. Aun así, encontró un círculo de franco-parlantes que lo jaleaba, recibió un premio literario nada más llegar y produjo sus grandes éxitos. Escribió El principito gracias a los ánimos de sus entusiastas protectoras, Elizabeth Reynal y Peggy Hitchcock, casadas con los futuros editores del libro.

Un niño parecido a él.
A Saint-Exupéry le encantaba garabatear y durante años repitió una figura en los márgenes de sus libros o sus cartas: un niño que al principio se parecía a él, con poco pelo y pajarita. Reynal había visto el esbozo y sugirió convertirlo en el héroe de un libro infantil: quería saber más de ese petit bonhomme. Empujado por ella y su marido, Saint-Exupéry compró un cuaderno de papel cebolla y unas acuarelas en una droguería de la Octava Avenida y se puso a trabajar en su nueva historia por toda la ciudad. En el rascacielos de Central Park West donde vivió, en la mansión que alquiló en Long Island a regañadientes un verano, en el estudio de un amigo en la calle 52 y en el apartamento de Silvia.
"Pese a su fama de distraído, era un artista meticuloso", cuenta Nelson. Trabajaba sin parar. Llamaba de madrugada a amigos en París o en California para leerles los últimos párrafos. Escribía y revisaba rodeado de pilas de papeles, siempre con una taza de café o té al lado y con un pitillo en la boca. La Morgan Library ha conservado las manchas de café en los originales y muestra un dibujo con una quemadura de cigarrillo. También ha incluido un boceto arrugado, rescatado de la basura cuando el autor ya lo había desechado.
"El hecho de que fuera tirado y luego recuperado es un recordatorio de que, por mucho que esta muestra nos acerque a la creación, hay tanto que no sabemos... Cuántas páginas fueron tiradas y no recuperadas... El proceso creativo sucedió durante meses por toda la ciudad. Tenemos el privilegio de tener estos documentos, pero ésta no es toda la historia", explica Nelson.
En la exposición se pueden ver dibujos que nunca aparecieron en el libro, la mayoría de episodios en la Tierra, que el autor consideró "demasiados". También pasajes que el escritor borró o cambió, por ejemplo las seis referencias que había a Nueva York. "Si construyeras un edificio enorme de 50 pisos (como el Rockefeller Center) que cubriera todo Manhattan, y si toda la humanidad estuviera en él... ¡podrías albergar a todo el mundo en Manhattan!", escribió. En otra versión inédita, imaginó a las 2.000 millones de personas de la población mundial de entonces metidas en Long Island. Al final, en el libro, la humanidad acabó en un islote del Pacífico.
NY hasta el final
Cuando dejó Nueva York, Saint-Exupéry se llevó un ejemplar de El principito en francés que enseñaba a menudo a sus compañeros de guerra en Argel. Lo prestaba con la condición de que se lo devolvieran en 24 horas y con comentarios. Tenía siempre el libro en mente y reclamaba información a su editorial neoyorquina. En otoño de 1943, recibió las buenas críticas y los primeros datos de ventas: 30.000 ejemplares en inglés y 7.000 en francés, unas cifras modestas para él. Quería publicar su libro en Francia, pero no vivió suficiente para verlo. El 31 de julio de 1944 despegó de Córcega para una misión de vigilancia y desapareció. Nueva York lo acompañó hasta la muerte. En la Morgan Library está ahora el brazalete que llevaba el piloto y que fue encontrado en 1998 por un pescador cerca de los restos del avión. La pulsera plateada tiene grabado el nombre de Saint-Exupéry, el de Consuelo, y su última dirección conocida, la de su editor: "Reynal & Hitchcock, 386 Fourth Avenue, NYC, USA". / MARÍA RAMÍREZ

http://www.elmundo.es/cultura/2014/01/26/52e507a8268e3ec9108b456b.html

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