domingo, 28 de septiembre de 2014

ITALIA. UNA DE LAS ACTIVIDADES MÁS RECOMENDABLES QUE PUEDE REALIZARSE EN EUROPA. SUBIENDO A STROMBOLI, EL VOLCÁN DEL AMOR


Aquí vivieron Bergman y Rossellini los cuatro meses más explosivos rodando Stromboli.
70 años después, la isla de cine sigue sin luz ni agua pero llena de aventureros


ALFREDO MERINO Stromboli

A las dos de la mañana, los excursionistas que engullen pizza recalentada en el restaurante Ritrovo Ingrid son sombras chinescas reflejadas sobre un desvaído cartel. Roto en los bordes, lo cubre una pátina tal vez acumulada desde que se estrenó, hace 64 años, la película que anuncia. Afuera, la piazza San Vincenzo es un escenario difuso. La torre de la iglesia no oculta el resplandor que cada 20 minutos atruena en lo más alto, diluyendo unos instantes el brillo lechoso de la fantástica concentración de estrellas que mancha la negrura del firmamento. Es Strómboli, el volcán bajo el que hace más de seis décadas dos de las estrellas más rutilantes de Hollywood quedaron abrasadas por la gran pasión: Ingrid Bergman y Roberto Rossellini. De aquello no sólo nació una película sino también un destino mítico para cinéfilos y aventureros.
Todo empezó con una carta. Tal vez la más famosa de la historia de Hollywood. «Estimado Señor Rossellini: he visto sus dos películas Roma, città aperta y Paisà y me han gustado muchísimo. Si necesita una actriz sueca que habla perfectamente inglés, que no ha olvidado su alemán, que apenas entiende francés y que en italiano sólo sabe decir «ti amo», estoy dispuesta a acudir a rodar una película con usted». La escribió Ingrid Bergman en 1948, ya por aquel entonces una actriz consagrada. Afincada en EEUU, había ganado un Óscar, y había sido nominada tres veces. Seis años antes el mundo la conoció protagonizando en las pantallas un amor imposible junto a Humphrey Bogart en Casablanca, de Michael Curtiz.
Roberto Rossellini era uno de los directores italianos más reconocidos. Concluida su trilogía neorrealista, con la citada Roma, città aperta, levantó la piedra angular de este movimiento. La protagonizó la temperamental actriz Anna Magnani, a la sazón compañera sentimental del realizador, circunstancia que no impidió que la misiva tuviera un efecto inmediato.
El italiano voló a Londres para entrevistarse con la sueca, que rodaba una película. El flechazo fue tan instantáneo como arrollador. Allí mismo le propuso protagonizar su nuevo proyecto, Strómboli, aunque obvió decirle que había escrito el papel para la Magnani. Incontrolado el asunto, días después Bergman invitó a Rossellini a una fiesta en su casa de California. Le presentó al todo Hollywood y se asegura que aquel mismo día, Robertino, el primer hijo de la pareja, fue concebido en la cocina de la actriz.
El escándalo se desencadenó con idéntica virulencia. La puritana sociedad americana no pudo soportar el romance de una actriz casada -con el odontólogo sueco Peter Lindström- y madre de una hija, con un italiano asimismo comprometido. Boicoteada, fue considerada símbolo máximo de la depravación de Hollywood y declarada persona non grata. Perdió la tutela de su hija y la presión la obligó a abandonar el país para instalarse en Italia. «Me llegaban cartas llenas de odio... me llamaban puta y fulana... otros decían que era un agente del diablo», recordaría años más tarde en su autobiografía.
Las cosas no fueron mejor en Italia. A la inmediata separación de Rossellini y Magnani, siguió el rodaje de ésta con Rossano Brazzi, en Vulcano, isla vecina de Strómboli, de otra película de idéntica temática y en las mismas fechas que lo hacía su expareja. Al año siguiente, en un momento determinado de la premier de Vulcano, en Roma el 2 de febrero de 1950, la sala se vació de periodistas. Al preguntar la Magnani la razón de la desbandada, le contestaron: «Bergman acaba de salir del hospital con el hijo que ha tenido con Rossellini».
Mucho han cambiado las cosas en Strómboli desde aquella lejana primavera de 1949. O poco, si se mira bien. En San Vincenzo, la capital, sigue sin haber alumbrado público. Dicen que para ver mejor las explosiones nocturnas del volcán, pero la realidad es que la electricidad es aquí un recurso muy valioso. A Ginostra, el puertito del otro lado de la isla -tres casas, 20 almas y apenas siete burros de la casi extinta raza eolia-, la luz no llegó hasta 2004. El agua es desembarcada desde un barco cisterna y su inconfundible mugido, que llega desde el fondo de la playa de Ficogrande, se ha hecho tan cotidiano en Strómboli como las explosiones del volcán.
Arenas negras y redes
Las casas encaladas apenas sombrean las solitarias calles que bajan empinadas al puerto. En la playa de arenas negras los pescadores se afanan en remontar las redes hasta la orilla, tan desarrapados como entonces. Sólo el pitido del ferry que llega de Lípari rompe el encanto. Anuncia el único tumulto que conoce la isla a lo largo del día. Mientras atraca, media docena de carritos eléctricos, entre ellos el de la pareja de caravinieri, acude a Porto Scari. Recogerán la carga de turistas y mercancías, esfumándose veloces y silenciosos bajo el tórrido sol siciliano. Y todo vuelve a ser como entonces.
Empieza a caer la tarde y en la vía Vittorio Emanuele, la principal de San Vincenzo, los turistas se concentran en las cercanías de la iglesia. Van ataviados con mochilas, recias botas, cascos y ropa excursionista. Son aspirantes a subir al Strómboli, la atracción más excitante de la isla. Esperan a las puertas de Magmatrek, la empresa que les suministrará un guía. Emocionados por su próxima aventura, no reparan en una casa vecina de cuyo jardín desbordan los limoneros.
Junto a la puerta una placa señala que aquí se alojaron Bergman y Rosellini en 1949. Es la Casa Rossa. La dureza del clima de las Eolias ha desvaído el color rojo original por un rosa oxidado, pero se mantiene igual que cuando la pareja vivió en ella los cuatro meses más intensos y explosivos de su vida.


Aquí llegaron Ingrid y Roberto en abril de 1949. Semanas antes, un par de miembros de la productora RKO desembarcaron para preparar la logística de la película. Se encontraron con la pobreza extrema. A la isla llegaba un único barco a la semana desde Nápoles. No había hotel, ninguna casa reunía condiciones y sólo una mujer alquilaba habitaciones. Gracias al maestro consiguieron que la hermana de este les alquilase una casa de cuatro habitaciones. La pintaron y adecentaron. En el jardín construyeron el baño, algo que sorprendió a los isleños, ninguno de los cuales jamás había visto antes un retrete ni mucho menos un bidet.
Junto con la pareja, en la casa se acomodaron la secretaria y la hermana de Rossellini. No fue una estancia sencilla. Al cansancio de un rodaje prolongado durante cuatro meses, hubo que unir el recelo de la población; sólo el párroco entendió que la película podía traer prosperidad a la isla. Luego estaban las condiciones elementales del lugar. La ducha, por ejemplo, era un agujero en el techo por donde se echaba agua de mar. Una gran explosión obligó a evacuar la isla, algo que aprovechó Rosellini para incluirlo en el film. Estrés continuo y agotador que llevó a Bergman a escribir: «Malditas sean estas películas realistas». Strómboli, el bulldog francés que le regaló su amante para serenarla, apenas le calmó su constante malhumor.
Marcella y Cristina Russo, nietas de Domenico Russo, el propietario que alquiló el inmueble a Rossellini, decidieron crear hace pocos años la Asociación Cultural Ingrid. Con sede en la Casa Rossa, organizan exposiciones y otros actos en torno a la película de culto. El interior está más o menos igual que cuando en ella se alojaron los amantes. Se conserva el tocador de la actriz, un armario con ropa de la época y una cama de matrimonio que, aseguran, es la que ellos utilizaron.
Preocupados por la ascensión, a pocos visitantes les interesa nada de esto. Tienen bastante con aprobar la revisión que los de Magmatrek someten a su equipación. Y es que la ascensión del Strómboli es singular en extremo. Al mismo tiempo, se trata de una de las actividades más recomendables que puede realizarse en Europa para los amantes de la aventura. No es una escalada en toda regla, pero sus casi 1.000 metros de desnivel y las circunstancias en que se desarrolla la hacen esforzada y no apta para todos los públicos.
Lo primero son los 925 metros que mide el volcán, cota humilde, pero no tanto si se considera que la ascensión comienza a nivel del mar. Luego el calor africano, acrecentado por el calor que desprende el suelo volcánico de la isla y las emanaciones de gases. A pesar de ello, en las jornadas de verano hay lista de espera. Nadie puede subir por su cuenta. Todos los días, unos cuantos que intentan hacerlo sin guía son detenidos. Por seguridad, motivos ambientales y para proteger un puñado de puestos de trabajo en la isla, quien pretenda subir tiene que hacerlo en uno de los grupos autorizados: 10 al día, 20 personas cada uno, tutelados en todo momento por un guía que dirige el camino de la ascensión y, sobre todo, la increíble bajada.
La aventura comienza con la revisión a conciencia de la equipación de los aspirantes por parte de los guías. Puedo asegurar que se trata del equipo más extraño de cuantos he utilizado en mi larga vida en las montañas. Empieza con las botas altas con polainas herméticas y bastones, hasta aquí normal. Sigue la ropa de abrigo (algo que sorprende cuando te lo piden con una temperatura por encima de 35º), casco, linterna frontal y ¡gafas de seguridad estancas y una mascarilla de quirófano! A lo largo de la jornada se comprueba lo imprescindible que resulta todo ello.
La ascensión se inicia a las 18:00 horas. La razón es evitar las horas más calurosas y alcanzar la cumbre en plena noche. Así se contemplan las erupciones en todo su esplendor. Vía Vittorio Emanuele arriba, se deja atrás la plaza y la única farmacia de Strómboli. Ya fuera del caserío, el camino asciende por la montaña y pasa al pie del cementerio.
El sendero se abre paso a través de ingratos campos de lava solidificada. Los mismos que recorrió Ingrid Bergman. A pie y a lomos de un borriquillo, su cabellera rubia levantaba murmullos entre las mujeres de riguroso luto, que se tapaban las cabezas con un pañuelo igualmente negro. Hoy, las excursionistas venidas de toda Europa visten minishort que enseñan más que ocultan sus atractivos.
El recorrido de la arista cimera se adereza con las rítmicas explosiones, que encogen el ánimo de los excursionistas. Cuando se alcanza la cumbre es noche cerrada. Media hora se permanece en lo alto. Tiempo suficiente para ver ladera abajo las heridas del gigante vomitar sus entrañas incandescentes. Doscientos metros bajo la cima se abren los tres cráteres. Entre ellos serpentea la Sciara di Fuogo, el río de Fuego, enorme herida por la que descienden hasta el mar los bloques y el caudal de magma hirvientes. «Un semicírculo de lava roja lo envolvía, parecido a un labio ensangrentado, el cono humeante, mientras una enorme cascada de piedras abre una oscura rodadura hacia abajo», escribió Bergman en su diario.
El regreso se realiza por las empinadas coladas de cenizas acumuladas en el lado sur del cono volcánico. Es un descenso alucinante en mitad de la negrura, donde el polvo que se levanta impide ver otra cosa que el débil resplandor de la linterna de quien te precede. La tenue luz, un par de metros por debajo, guía los pasos en la ladera casi vertical por la que más que bajar, se cae en medio de una nube de polvo volcánico en el que te hundes hasta los muslos.
Tras la estancia en Strómboli, Bergman y Rossellini permanecieron juntos en Italia. Las continuas críticas fueron deteriorando su relación. El director fue acusado de banalizar su cine social al elegir una actriz tan glamurosa. Sus películas fueron un fracaso de público y crítica. El contrato de la sueca con Jean Renoir para filmar Elena y los hombres en 1957 fue el desencadenante del divorcio. Atrás quedaron ocho años, cuatro películas y tres hijos, uno de los cuales, Isabella, gemela de Isotta y ambas hermanas de Robertino, continuó la senda cinematográfica de sus progenitores. Aunque sobre todo quedó una obra maestra que plasma la esencia del ser humano y su lucha contra la fuerza telúrica de la naturaleza, contra Dios y contra sí mismo.

http://www.elmundo.es/cronica/2014/09/28/5426a81022601d1b548b4572.html

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