Teatro Auditorio de San Lorenzo de El Escorial. Escena
Escorial 2026. Festival Internacional de Artes Escénicas. Grigory Sokolov,
piano. Varios autores. 15 de agosto, 2026
El Monasterio de El Escorial se construyó en el siglo XVI. Dos siglos después surgieron un caserío en las inmediaciones del edificio que daría lugar, en el siglo XIX al actual municipio, donde, desde hace muchas temporadas, hay una variedad importante de citas también con la música, en el histórico Teatro Carlos III y en el Teatro Auditorio, en el que brilló este verano el pianista Grigory Sokolov, dentro de la programación de la Fundación ORCAM. El conjunto, con una organización perfecta. Y la decoración de cuadrados luminosos del techo del Auditorio, azul Klein.
La Fundación ORCAM (Orquesta y Coro de la Comunidad de
Madrid) impulsa Escena Escorial. Festival internacional de artes
escénicas, una nueva cita cultural que, bajo la dirección artística de Alondra
de la Parra, se celebra del 28 de agosto al 19 de septiembre de 2026 en el
Teatro Auditorio San Lorenzo de El Escorial y otros espacios emblemáticos del
municipio. Concebido como un festival multidisciplinar, reunirá música, danza y
teatro en una programación diversa que combina grandes obras del repertorio con
propuestas contemporáneas. Y la esperadísima presencia del maestro argentino
Daniel Barenboim con su Orquesta West-Eastern Divan.
El concierto que inaugura la primera edición de Escena Escorial
fue presentado por su directora, Alondra de la Parra al comienzo de la función,
quien se refirió a todas las oportunidades que esta propuesta brinda a los
veraneantes, turistas y habituales del Real Sitio, para paliar los efectos de
un verano complicado (muchos incendios, altas temperaturas) para seguir
disfrutando como se hace habitualmente en una gran capital.
Grigori Lípmanovich Sokolov (en ruso Григо́рий
Ли́пманович Соколо́в) que nació en Leningrado, 18 de abril de 1950) es un
pianista ruso, también nacionalizado español (desde 2022).
Sokolov comenzó sus estudios de piano a la edad de cinco años. En más de cincuenta años de carrera, ha tocado con las mayores orquestas mundiales y con más de doscientos directores, aunque desde hace varios años ha disminuido sensiblemente su actividad con orquesta, concentrándose en los recitales en solitario. En 2008, participa en el «Festival pianístico internacional» de Brescia y Bergamo donde se le asignó el premio «Arturo Benedetti Michelangeli».
Sokolov es un artista que prefiere las actuaciones en vivo y
da lo mejor de sí mismo en concierto. Su breve discografía está casi toda
registrada en directo, ya que opina que: «Los discos no son fieles. No dan
la posibilidad de valorar realmente la ejecución como la interpretación en
directo».
Escriben los ilustrados ad hoc, que fue Influido en sus
comienzos por el estilo sólido de ejecución de Emil Guilels y con los años se
ha ido decantando por un estilo más fluido, próximo al más etéreo de Vladímir
Sofronitski. Actualmente, está considerado sin duda como uno de los mayores
pianistas vivientes (para muchos grandes críticos sería el mejor). «The
greatest pianist alive today», según International Piano.
Cuenta el icónico músico con un enorme dominio técnico del
instrumento y un fraseo amplio y de impresionante potencia con uso muy natural
del legato y se confía: «La interpretación es un proceso que solo se da
durante el concierto o el recital. Es algo muy cambiante y está en continua
evolución. Varía después de cada concierto. Cada día cambio y evoluciono como
artista, y así también mi forma de interpretar las obras. Respecto a la
intuición, creo que esta se sitúa en un nivel superior si atendemos a cómo
funciona nuestro cerebro. La esencia de la interpretación es el amor profundo
que depositamos en una obra, adecuado a la libertad interior del intérprete».
Sokolov alumbra partituras colmadas de prodigios técnicos, pero
no hay en ellas desbordamientos de sensibilidad. En cambio, matiza con magia, y
su progresión a lo largo de sus interpretaciones de acordes, trinos, escalas y
arpegios, se diferencian de las conocidas capacidades de intérpretes al uso. Los
picados son etéreos y a la vez, cortantes, pero sin herir ni interrumpir el
conjunto de la obra. La utilización del pedal es sabia y discretísima. No
empasta, ni confunde: el manantial sonoro brota indemne, con una increíble
claridad. En cambio, no abusa de los rubatti ( imperceptibles).
Respecto a su elección de las obras, dice: «Me someto a
una única regla a la hora de elaborar un programa: solo toco la música que amo,
esas obras que me impulsan en este momento la necesidad de tocar. Un amor que
nace de forma automática y que desconozco de dónde procede. Sí que debe existir
una relación interna entre las obras, pero también es posible encontrar
conexiones dentro de los contrastes. Hay que comprender que los contrastes
pueden de igual forma establecer lazos de unión».
Ensaya en profundidad incluso el día del concierto, para
familiarizarse con el Steinway con el que deberá entrar en comunión. Y no tiene
secretos sobre su trabajo y cómo se prepara: «Normalmente ensayo durante
unas cuatro horas. Luego me voy al hotel, reposo una hora y regreso al teatro
para hacer el recital».
Esas circunstancias pudieron comprobarse la tarde del
recital, ya que podía verse en las pantallas del precioso lobby del Auditorio,
a un Sokolov diminuto mirando el piano, pensando y rodeado de varios asistentes
y técnicos. Luego, fundido en negro, hasta el comienzo del encuentro con el
público.
En el repertorio escogido para la primera parte de la
velada, La sonata para piano n.º 4 en mi bemol mayor, Op. 7 de 1796, dedicada a
la condesa Anna Luisa Barbara von Keglevich y una de las sonatas más largas del
maestro de Bonn.
El primer movimiento, Allegro molto e con brio, abre con
acordes palpitantes llenos de expectación, pero rápidamente da paso a una
melodía brillante y decidida que asciende y desciende por la escala.
Una gramática ideal para que el pianista se expansione en
esa contención y minuciosa y calma tensa, que recuerda la inquietante espera
del general Kutuzov ante la llegada de Napoleón a Moscú. Porque hay mucho de
esas vibraciones que nacionales y extranjeros consideran que es “el alma rusa”:
nostalgia, sabiduría ancestral, melancolía incurable, como tan bien reseñaron
en sus obras, Antón Chéjov, Fiódor Dostoeievski o León Tolstoi.
Vibra en este repertorio y en la propia ideación del intérprete de ese espíritu versátil y torturado que tiene, por ejemplo, la pléyade que dibujó de manera inmortal Pushkin en los personajes incandescentes de su Eugenio Oneguin. Sin olvidar los poemas alados de la pluma de Anna Ajnatova y sus amores. Sokolov respira interna e intensamente, muy hondo, el interminable abanico de todos los creadores talentosos rusos y sus pasiones. Se percibe con claridad en sus manifestaciones y en su forma de comunicar. No hay una carnalidad evidente en Sokolov, no hay sangre, hay sublimación. Y un largo y arcaico "spleen" baudelairiano.
El II movimiento, Largo, con gran espressione, es un ejemplo
temprano de los movimientos lentos señoriales que Beethoven llevaría más tarde
a extraordinarias cotas poéticas. Hay pausas en el tema principal que dotan a
la melodía de un aura de grandeza y un acompañamiento (que pasa de graves a
agudos) más staccato. El III movimiento, Allegro, no se aleja demasiado del
antiguo estilo minueto, aunque Beethoven, como es característico, crea una
melodía llena de vacilaciones y pequeñas desviaciones del camino armónico
esperado. Finalmente, el IV. Rondo. Poco allegretto e grazioso, también se
caracteriza por su ligereza, con un suave devaneo interrumpido por un único
episodio tormentoso casi al final. Casi dibujando “in dolcezza”.
Sin apenas saludar, Sokolov, retoma en el final de la
primera parte, las Six Bagateller, op. 126, que desde luego no son creaciones
al correr de la pluma, como señala su nombre, sino portentos beethovenianos que
permiten al pianista seguir desplegando su colección de cajitas chinas (¿rusas
se debería decir aquí?), para crear nuevos climas y un arcoíris interminable de
colores soberbios.
La segunda parte del concierto está dedicada a La Sonata
para piano n.º 21 en si bemol mayor D. 960, la vigesimoprimera y última sonata
para piano de Franz Schubert. Fue compuesta en septiembre de 1828, el año de su
muerte. Dividida en cuatro movimientos, Molto moderato, Andante sostenuto, Scherzo
, Allegro vivace con delicatezza y Allegro ma non troppo, se la considera a
menudo su mayor logro en esta forma y una de las más finas contribuciones a la
larga serie de sonatas para piano.
Marcel Schneider ve en ella un testamento musical en el que
Schubert se supera a sí mismo: "Así como finalmente logra en este mismo
año de 1828 extender el lied a las dimensiones de la sinfonía, con su Gran
Sinfonía en Do, también logra hacer de su última sonata una especie de canto
continuo, ilimitado, tan largo, tan variado, tan denso, a la vez tan particular
y general que da una impresión de infinito”.
Forma un todo con el instrumento, que es a la vez, su gran arma de comunicación con los que lo escuchan y su fetiche: ese símbolo que, escondido, escande sus más recónditos sentimientos y emociones. Un gran velo se descubre cuando toca, pero lo que siente, lo que imagina, seguirá siendo para él. Lo suyo es el eterno secreto de las formas y el incombustible hálito de su don, perfeccionista y muy suyo.
La audiencia se deshizo en elogios y aplausos, luego de, además, un buen número de “encore”, del generoso maestro, incólume, que incluyeron compositores como Brahms, Chopin, Bach o Scriabin, también grandes artistas para el piano, aunque no todos se quedaron a este colofón de regalos. Fueron tres horas de concierto.
Fuera, tarde, el cielo en parte desteñido y oscuro , acompañaba cierto frescor en el ambiente escurialense, porque había llovido, milagro irrepetible de los estíos mesetarios, que suele acudir puntualmente a la cita en torno o el mismo 15 de agosto. Todo impoluto.
Alicia Perris
Fotos, David Mudarra/Festival Escena Escorial


























