miércoles, 20 de mayo de 2020

CON ISABELLA PALUMBO FOSSATI, VENECIA, EL CAFFÈ FLORIAN Y EL TEATRO DE LA FENICE Y OTRAS MEMORIAS

 Por Alicia Perris

Venecia es más que una ciudad famosa, soñada e imaginada a partir de un proyecto cosmopolita único, un estado de ánimo. Un alma sin confines. Una propuesta inmensa. Una respuesta cósmica y total.

Aún con las quejas de la superpoblación e invasión turísticas, en agosto pasado, parecía fantástica en su riqueza, con sus oropeles intactos, acuática sobre todo, en el ballet incesante pero formal de gentes y vaporettos. A pesar del gentío, todo se desenvolvía con la precisión de un reloj. Los monumentos, las calles vacías a medida que nos alejábamos de Piazza San Marco, los museos como el Fortuny, precioso y señorial, suntuoso. Venecia, otra Bizancio.

La esquina que invariablemente encuentro cuando vuelvo, donde se lee” Aquí vivió Casanova”. Mágico. Y los cafés, menos apreciados por los locales que por los paseantes temporales, únicos. Sin igual las orquestinas que tocan sin descanso, para los que se sientan a unas mesas llenas de luz y sonoridades, aún por la noche o para los que aprovechan, de paso, gratis, unos acordes.

En el Café Florian, la opulencia de una conexión íntima con los músicos, que pasa desapercibida para algunos, incluso para los camareros, hace que descubran de dónde vengo, mucho más allá del tiempo europeo, de la etapa perdida y siempre recobrada en un proustiano ejercicio de eterno retorno. La patria aquella argentina de mi padre y de mi madre, refugio de los inmigrantes del siglo XIX, también italianos.
Descubierta mi identidad por la orquesta, suena por supuesto la Cumparsita especialmente para mí y me maravillo de que todavía alguien capte mensajes cifrados en el aire nocturno, cerrado para todos, excepto para esos instrumentos, que, afinados al calor de la reincidencia y la premura, me ofrecen lo mejor que tienen: lo que no se puede comprar, lo que es de regalo, lo que es, sobre todo, generosidad en el encuentro cortísimo de una partitura de la que suena, generalmente, una especie de estribillo recobrado ad infinitum. Y también me dedican Piazzolla.
Los ojos de los músicos se me clavan en un intento de búsqueda de esa complicidad de la que sé que florece en pocos momentos de la vida, únicos e irrepetibles. La magia de Venecia y de sus gentes o de aquellos, que trabajando allí, la representan para los visitantes. Pero no es para todos, hay que conectar y estar al acecho de los sentimientos ocultos, escamoteados en el tráfago bárbaro de la actividad cotidiana que desarrollamos, a menudo, para nada, para nadie. Tan prescindible y vana…

En el alma y el núcleo de Venecia, la Fenice, teatro de teatros, renacido, una y otra vez de sus cenizas, restaurado, con la sangre del ave que vuelve cada vez, a retomar el vuelo.
Fundado en 1792, fue en el ochocientos, sede de numerosos estrenos absolutos de ópera de Rossini, Bellini, Donizetti y Giuseppe Verdi. En el último siglo, dirigió también la atención a proyectos contemporáneos con estrenos mundiales como The Rake´s Progress de Stravinski, Britten, El ángel de fuego de Prokoviev, Intolerancia de Luigi Nono, Hyperio de Bruno Maderna y recientemente El rapto de Mauricio Kagel, Medea de Adriano Guarnieri, el Signor Goldoni de Luca Mosca, o El killer de palabras de Claudio Ambrosini.

Como cuentan sus especialistas y gestores, fue concebido en 1789 (el año crucial de la Revolución Francesa, justamente) y se inauguró el 16 de mayo de 1792, convirtiéndose desde entonces en el Teatro de Venecia.
Renacido de fuegos inmisericordes, a veces voluntarios, delincuentes, reiterados, La Fenice es la res publica también y refleja su historia y el mito que la declina. Agua y luz, fuego y aire son los elementos que constituyen indisolublemente su majestad, esos cuatro galeones físicos y esotéricos.

Fue consagrado a Apolo en esa entrega rendida que hacen los griegos o los italianos a su propio origen fundacional e interminable, el mundo clásico de Grecia y Roma. Y en su cielo azul danzan las horas en medio de un bosquecillo, donde se sienta y siente el público que ocupa la platea. El león de San Marco, también iluminado en el Palco Real y en la propia ciudad de los canales, es un espejo que refleja una identidad única y definitiva.

“Hay otro pájaro sagrado, el fénix. Yo nunca lo he visto, pero aparece cada 500 años, como afirman los sacerdotes de Heliópolis y se deja ver, cuando se ha muerto el padre. Por dimensiones y por forma, si es realmente como lo describen, las plumas son doradas algunas y otras de color rojo intenso o púrpura y se parece mucho a un águila en su diseño y en la grandeza…Partiendo de Arabia, lleva al templo del Sol al padre, envuelto completamente en mirra y lo sepulta en ese santuario” (Historia de Herodoto).

El mito del ave fénix nos consuela, ese que todos conocen, el de la resurrección renovada después de cada muerte. Que así sea. Y que las vidas por vivir no sean por lo menos, peores que esta…
Lo primero que sorprende, a pesar de que es la segunda visita para El Barbero de Sevilla, (la primera fue el día anterior con Butterfly) es un foyer relativamente contenido y de líneas clásicas y paleta clara, que se absorbe perfectamente por la mirada. Hay escaleras y una librería bien surtida con un bar para golosos dependientes, habituales o de paso.
La sala, en cambio, se presenta en tonos pastel subidos, dinámica, inabarcable, casi un punto kitsch. La temperatura de los diseños y los matices, alta y sugerente. Las butacas, como suelen ser en los teatros italianos, un lujo, no un sacrificio. Ni un ahorro en el presupuesto. Terciopelo sedoso y confortable.

Y lo más sorprendente es la atención que prestan los acomodadores del lugar, sobre todo a los potenciales disruptores de la función. Son varios, muy estilosos, ágiles y determinados y desde una cámara vigilan los movimientos, las posibles grabaciones o fotos, para que nada perturbe el normal desarrollo de la escucha y la visibilidad de la ópera. No “están”  solo, como en otros coliseos, como estatuas sin gracia, sino que forman parte del proyecto.

Una noche en La Fenice va mucho más allá incluso de la propia ópera. Es una aventura casi oceánica, como diría Neruda, porque nos retrotrae al pasado de todas las veces que hemos gozado de la misma  música y nos pone en la pista de despegue, donde el futuro nos traerá reconocibles pero distintas percepciones. En un marco de fábula, porque la mejor puesta en escena es la propia sala, el inmenso corpus de su historia y su amplio y revisitado territorio pasional.

Las grandes salas de ópera y concierto del planeta, tienen sus propios relatores. Así, Gaston Leroux, inspirándose en personajes e historias anteriores, dio vida al “Fantasma de la ópera”, un mundo subterráneo de emociones y ansias, de imposibles, agotadoramente mostrado en musicales y películas. Pero Leroux no es inglés, ni americano, sino francés, y el teatro cuya aventura escribe, la inefable Ópera Garnier de París.

Por su parte, refiriéndose al Teatro Colón de Buenos Aires, María Elena Vigiliani de La Rosa, escribió sobre la novela El Gran teatro del argentino Manuel Mujica Láinez, Manucho: “Mujica, enfatizando esta idea de la comprensión, advierte que: “es agria la música más dulce cuando no se observan los tiempos y los acordes y lo mismo pasa con la música de las vidas humanas”. Analizando los Cuadernos de notas de El gran teatro, poco explorados por la crítica, se revelará que el relato del argentino es cita de citas, parodia de la última obra de Wagner que parodia a su vez el Parsifal de Chrétien de Troyes y de Von Eschenbach, autor medieval del 1200”.

A Manucho lo conocí personalmente de estudiante en una función de El Preceptor de Bertold Brecht. Era una sala de ensayo y Mujica Láinez se sentó a mi lado, en una grada improvisada, escoltado como solía por un efebo etéreo y su imbatible anillo opulento en una mano, con la que sostenía, además, su sempiterno bastón. Le comenté a mi madre, bajito, que me acompañaba, “Es Manucho, mamá” y todavía recuerdo las palpitaciones que descubrirlo tan cerca me aceleraban el pecho. Siempre fui una lectora fidelísima de sus historias y de Bomarzo, esa invención colosal mecida por el Parque de los monstruos.

“Retorno al pequeño Fortuny”, texto de Isabella Palumbo Fossati (1), esposa del actual Embajador de Francia en España, Excmo. Sr. Jean-Michel Casa, que tan gentilmente me lo cedió para su publicación.

“Si Venecia es mi punto de partida, mi casa de Santa María del Giglio, no lejos del Teatro La Fenice, casi un pequeño museo-Fortuny, es mi punto de llegada y el corazón de afectos y de estados de ánimo. Para quien vive lejos, cada vez más lejos con el transcurso de los años, el coraje del regreso vibra siempre más.

Los recuerdos y las sensaciones de la ciudad íntimamente amada se acumulan y se superponen, como las láminas dulces de un millefeuille: el olor de las glicinas en las noches de primavera en la fondamenta de la Toletta, la luz brillante de le Zattere, alegre como la dulce sonrisa de la amiga Cecilia que allí nació y allí vive, los paseos hacia la Salute en las primeras horas de las tardes de mayo,… y las calles secretas de alrededor que protegen y preservan a los jóvenes amantes venecianos.

El puente de la Accademia que cruzaba veloz yendo, con perenne retraso, a la secundaria que formó tantos venecianos desde la época de mi padre; tan rápida que una vez perdí un zapato que por suerte rodó hacia abajo pero no cayó en el Canal Grande… La vuelta al Lido al atardecer, en el vaporetto, lleno de madres y niños, el sol y la arena sobre la piel y las olas que rozan los jardines de la Bienal y la Riva degli Schiavoni.


Las luces bajas de la Fenice, antes del comienzo del espectáculo, su olor que trato de encontrar entre los palcos y la confitería del Colón. Pequeño opuesto a grande, intimo a extrovertido… Contrastes y afinidades. Venecia y Buenos Aires contrapuestas y al mismo tiempo paradójicamente parecidas, separadas por miles y miles de kilómetros pero por momentos cercanas. El verde intenso de nuestra laguna, obra maestra de equilibrio, y la semejanza con el Tigre, entre islas desparramadas y dúctiles, en donde la flora se expresa libremente.

Los silencios de las noches y del invierno veneciano, opuestos a la música en las casas. Y la risa de mi juventud, la despreocupación, las bromas, la ironía, que a veces se teñía de amargura.

La nostalgia, que encuentra en mi casa, mi pequeño palacio Fortuny, su apogeo. La casa, en capas también, que entrelaza objetos y recuerdos, en una acumulación de tejidos, tapices, estampas, pinturas, madreperla, que la luz hace vibrar. La luz del cielo gris que atenúa todo, pero se sabe, Venecia sabe recuperarse y regala de improviso días de loca luz dorada que horas antes parecían imposibles, mientras el viento sobre el Adriático barre las nubes y entonces pienso en mi Trieste natal, límpida e irreverente.

Los interiores de las casas venecianas, microcosmos, son un proyector que ilumina, como una linterna mágica, una sociedad que buscaba la calidad de la vida y de la cultura difundida entre muchos. Una ciudad que anticipaba modas y tendencias, como Londres hoy, que inventaba e innovaba técnicas y estilos.

Venecia, que no conoció enemigos internos ni invasiones. Punto de encuentro entre Oriente y Occidente, entre Norte y Sur, Flandes, Alemania e Italia, gran puerto del lujo, Nueva York de la época Renacentista, por eso acumuló en las casas grandes, pero también pequeñas, un inmenso capital de signos.

Ciudad reino de la imagen, urbs picta hacia el interior y hacia el exterior. Dado que, se sabe, ambos se confunden en Venecia que es finalmente una única grande casa. Ciudad perforada, con la Ca’ d Oro y palacio Van Axel y cientos de otros edificios. Encajes de piedra blanca. Ciudad de luz sutil y de colores fundidos. Ciudad de “cristal y crepúsculo”, como sintetiza genialmente Borges, al cual le es dedicado un laberinto en la isla de San Giorgio.

Mi pequeño Fortuny, casa abierta a los amigos de todos los confines por vocación y por elección, refleja todo esto. Ya pasaron años desde que Orhan Pamuk pasó allí algunas horas de la tarde acompañado por un precioso amigo, el grandísimo especialista en cultura turca Giampiero Bellingeri. Pamuk fotografió cada rincón de la morada, fascinado por los objetos, por la sedimentación de los recuerdos y de las generaciones que tanto habían participado en la historia de la ciudad. Quizás pensando en su Museo de la Inocencia, en las angostas calles de Cihangir en Instambul.

Estambul/Constantinopla, tan especular con Venecia, amiga/enemiga pero seguramente afín. En la tarde, en el Bancogiro di Rialto, se respira el aire de la polis…

El hilo común es la nostalgia. La de un pasado de plenitud, de vitalidad, de intercambios, de verdadero cosmopolitismo, de variedad, como era Venecia en los siglos pasados, de manera particular la nostalgia del otoño del Mil quinientos.

Ahora que el turismo de masa, la globalización, la falta de atención en los detalles y de respeto a todos los niveles y aún más por un contexto humano único hecho de piedras, maderas y agua, están desintegrando la esencia de la ciudad, esta añoranza se vuelve más intensa. Es cierto, la constante decadencia de Venecia es parte de la literatura, desde Thomas Mann hasta los futuristas. El temor surge al pensar que hemos llegado al final del recorrido.

Los sentimientos de nostalgia de la ciudad vital se mezclan con los de la casa con mis padres presentes, agudos, irónicos y apasionados, y con la nostalgia de la infancia y que cada rincón llama.

Vuelvo a Venecia, cada vez con el corazón suspendido y haciéndome la señal de la cruz sobre el puente de la Libertà. Para reencontrarme y reconstruirme en mi laberinto, para sentirme más viva y verdadera. Vuelvo para tratar de difundir por todos los medios una idea correcta de la historia y del presente de mi ciudad. Es casi una vocación, una importante vocación.

Por cierto, la vida me hizo conocer y amar muchas otras ciudades. París, Estambul, Jerusalén, Buenos Aires y otras más. Pero el corazón se queda entre los muros de mi casa, en donde consolido y vuelvo a trasmitir los afectos antiguos, uniéndolos a los nuevos encuentros y comunicándolos a mis familiares, que aman tanto la ciudad y los amigos procedentes de variados confines.
Para ellos la casa siempre está abierta.
Pour avoir eloigné, ce soir, des ombres…”


 Y también escribió esta vez,  y esto es un verdadero privilegio,” Qué representa para mí, veneciana, el Teatro La Fenice”

“He tenido la suerte de crecer a pocos pasos de uno de los más bellos teatros del mundo, que hace unos días festejó su cumpleaños, el 16 de mayo.
Mis padres me llevaban allí desde que era pequeña. Recuerdo con claridad la primera ópera, el Elisir d´amore, considerada fácil para una niña: los colores, los trajes, la ironía de la obra me encantaron.
La distancia era tan pequeña que dábamos un salto a casa durante el intervalo para refrescarnos y volvíamos a la sala apenas con el tiempo justo para que recomenzara la función. Adoraba ver cómo las luces se apagaban para sumergirme en el espectáculo. 
Siempre me encantó el reloj central dorado, el telón de terciopelo verde, el rosa un poco antiguo y gastado de las butacas y de los palcos. Año tras año, el recuerdo de las tardes y de las veladas en la Fenice formó una parte importante y feliz de mi cultura.

Hasta que un día de invierno de 1996, mientras navegábamos entre la costa turca, y Rodas me llamó por teléfono un gran amigo, el músico turco Mordo Dinar, que con la voz rota me avisó de que un terrible incendio había destruido completamente nuestro teatro.

Los amigos más cercanos me dijeron que habían intentado acercarse a mi casa, temiendo que las llamas la hubieran alcanzado, pero se encontraron obviamente con el acceso prohibido por las fuerzas del orden. Por fortuna el viento amainó, ya que de otra forma mi propio hogar y tantos otros, hubieran desaparecido”.

Espero poder regresar cuanto antes a Venecia, a su opulencia emocional y a su Fenice…

Alicia Perris/Isabella Palumbo Fossati Casa.
(1) Autora, entre otros, de Intérieurs vénitiens à la Renaissance, Éditions Michel de Maule, 2012 y  Dentro le case. Abitare Venezia nel Cinquecento. Gambier Keller, 2013.

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