Recital de Juan Diego Flórez con el pianista Vicente Scalera. Auditorio Nacional 11de marzo, 2026
Primera parte
Wolfgang Amadeus Mozart
«Misero! O sogno… Aura che intorno» K. 431
«Del più sublime soglio», de La clemenza di Tito
«Se all’impero, amici Dei!», de La clemenza di Tito
Gioachino Rossini
Une bagatelle, de Péchés de vieillesse (para piano solo)
«Le Sylvain»
«Quell’alme pupille», de La pietra del paragone
François-Adrien Boieldieu
«Viens, gentille dame», de La dame blanche
Segunda parte
Ruperto Chapí
«Flores purísimas», de El milagro de la virgen
Amadeo Vives
«Por el humo se sabe dónde está el fuego», de Doña
Francisquita
José Serrano
«Te quiero morena, de El trust de los tenorios
Ernesto Lecuona
Mazurka Glissando (para piano solo)
Jules Massenet
«Pourquoi me réveiller?», de Werther
Charles Gounod
«Quel trouble inconnu me pénètre?… Salut! Demeure chaste
et pure», de Fausto
Franz Liszt
Consolation No. 3 (para piano solo)
Franz List
Giuseppe Verdi
«La mia letizia infondere… Come poteva un angelo», de I Lombardi
“Y es que es el hijo del sol, el Perú mío…” (Vals de
Chabuca Granda)
El 11 de marzo causa siempre escalofríos en la capital,
debido al recuerdo de los terribles atentados terroristas que dejaron multitud
de muertos y heridos y sembraron la estupefacción y la incomprensión de
políticos y ciudadanía en general. Así que, por esta noche, acudir a revisar el
potencial de este cantante criollo, refuerza los ánimos trayendo la luz y la
esperanza al escenario del Auditorio por mediación de Impactarte, siempre y
otra vez con excelentes propuestas.
La velada comenzó con suavidad. Es de sabios que los artistas den tiempo a la voz para calentarse y para poder captar la esencia de la audiencia, siempre diferente. El clima se prepara de a poco pues. Tal vez porque Flórez prueba de todos los manjares y para demostrar que puede recorrer muchos repertorios, comienza con fragmentos de La clemencia de Tito de Mozart, ópera a la que el maestro Muti ha dedicado tiempo y esto ha hecho que volviera a los teatros, declinada con el mejor genio mozartiano. Entonces, el cantante siempre sabe lo que hace y qué canta. Meditado comienzo, introspectivo y calmo, introductorio claramente en el contexto de la noche.
Péchés de vieillesse ("Pecados de la vejez") es
una colección de 150 piezas para piano, música de cámara y solista del
compositor Gioachino Rossini, conocido principalmente por sus óperas. Esta
elección incluyó la posibilidad de que el pianista Vicente Scalera
comenzara a dibujar, aunque perfectamente encuadrada dentro del acompañamiento,
su propia actuación, mostrando su técnica, su saber hacer y estar con un eximio
artista, que sin embargo le deja su espacio personal de lucimiento. Una
colaboración de muchos años, varias piezas jalonarán la prestación de Flórez,
permitiéndole al tenor un momento fuera de escena y demostrando la habilidad de
Scalera para cambiar de época, desde un precioso y fielmente romántico Liszt,
hasta la juguetona y exigente Mazurka Glissando del compositor cubano Ernesto
Lecuona en la segunda parte.
Rossini es fundacional para el tenor, porque fue en el ROF
(Festival de Rossini) de Pesaro, donde conoció a Luciano Pavarotti, que
lo llamaba “campione” y lo reconoció como sucesor y pasó de cover y secundario a
cantar el protagonista de Matilde de Shabran y de ahí a la consagración
internacional cuando tenía 23 años. Han pasado tres décadas, por las que ha
paseado su experiencia, su constante contacto con su país de origen, Perú,
donde también fundó y mantiene funcionando el proyecto de Sinfonía del Perú para
niños con escasos recursos, que llevó a cabo una gira europea hace poco tiempo.
Como dijo en una entrevista: “para crear Belleza, por la integración y en
contra del miedo al diferente”
La solidaridad, el buen humor y la empatía, junto con una
vida familiar estable en Viena, seguramente han contribuido a que el cantante
conserve esa lozanía vocal y de espíritu, la jovialidad, esa- parece- eterna
juventud, esa disponibilidad habitual que sorprende a todos. Además, hasta este
año por lo menos y desde 2021 sigue siendo director artístico del ROF y
participando en él como cantante.
"Viens, gentille dame" es un aria célebre del
segundo acto de la ópera La dama blanca (1825) de François-Adrien Boieldieu,
que expresa la espera y el placer del encuentro con la misteriosa Dama.
Está considerada como una obra importante de la ópera francesa, cuyos
compositores y partituras enamoran al tenor, muy adherido desde siempre a
ellas.
Finalizó así la primera sección de la velada, continuada por
tres ejemplos de zarzuela española, muy conocidos por el público local, por lo
que hay que ser muy valiente para abordarlas con la confianza y la seguridad
que el cantante desplegó en El milagro de la virgen, de Ruperto Chapí,
Doña Francisquita de Amadeo Vives y la inefable Te quiero morena, de José
Serrano.
Al final de esta triple ofrenda a la tradición madrileña y
otras, contenida la respiración, la sala se desborda en aplausos y vítores, que
encarrilan a Flórez hacia un espacio más íntimo y personal, con las referencias
a sus más grandes éxitos, esos que sus seguidores han escuchado sin cansarse: “Pour-quoi
me réveiller?”, del Werther de Massenet y “Quel trouble inconnu me pénètre?”,
del Fausto de Gounod. Las respuestas a estas preguntas retóricas líricas, las
dio el público una y otra vez, con su aprobación y su entusiasmo.
Un cierre a esta parte “formal” de la gala se puso con el
infaltable maestro Giuseppe Verdi y su la mia letizia infondere…come
poteva un angelo, de I Lombardi. Lo aguerrido se funde aquí con un territorio
emocional por el que el cantante se desliza sin problemas y como la seda, de un
fragmento más sentimental a otro de bravura.
Después de un éxito previsible pero siempre agradable,
realmente comienza la auténtica entrega de Juan Diego Flórez. La geografía
conocida pero esperadísima de los “encore”. Las propinas, siempre diferentes,
nos hacen revivir como si fuéramos niños chicos, en un interminable “déjà vu,
entendu”, (“ya visto, ya escuchado”, el placer de la repetición de lo conocido
y doblemente paladeado, por familiar y por la excelencia reiterada.
Hasta ocho participaciones entrando y saliendo del escenario, con su guitarra, con la que a veces se compromete por contrato a cerrar sus intervenciones en los teatros, el artista es más que nunca él mismo.
Cuando todos esperaban los valses de Chabuca, se arranca con
"I te vurria vasà", canción napolitana del creador de "O sole
mio". Eduardo di Capua (1865-1917), la compuso en 1900 sobre texto
del poeta Vincenzo Russo. Es autobiográfica y fue interpretada por cantantes de
música ligera, así como de famosos de la lírica como Caruso, Di Stefano,
Domingo, Pavarotti, Carreras...y ahora Flórez. Usando la guitarra a modo de
mandolina, buceó en las profundidades del desarraigo amoroso, que ya no
abandonaría hasta el final de la noche.
Siguieron los valses de Chabuca Grande, proteica
artista peruana y alma mater del cantante, junto con sus padres, músicos
también, y el propio Perú, un país lleno de historia sudamericana. A ella, a
Chabuca, la rescató gracias a la técnica contemporánea junto a su guitarrista, Oscar
Avilés, y los tres dieron a luz, Trialogando, que remite, como este
repertorio del concierto, a las marineras limeñas, los zapateos, al Perú negro,
los guaínos, la geografía andina, al baile de las tijeras, a los barrios de
Lima: la Victoria, el Callao, Montserrate. A un folklore ancestral bordado con
amor y con sangre.
Porque los valses de Chabuca, “se dicen, no se cantan”, como los piropos que le lanzaron al peruano los integrantes de su comunidad en la sala: “Viva Perú”, “Eres un orgullo, para Perú”. En efecto, enlazó una melodía con otra, y así llegaron Bello durmiente, La flor de la canela, y Fina estampa, con golpecitos de caja incluidos.
Con Cucurrucucú paloma (canción mexicana de estilo huapango,
de Tomás Méndez (1954)) dio hizo una exhibición única de fiato, interminable,
como su capacidad de saltar de un idioma a otro, con todas las pronunciaciones
cuidadas, excelentes, porque conoce los textos y su significado. Después de
mucho teatro, de ir y venir, de acá para allá, Flórez continuaba desgranando
música: ¡No podía faltar “La fille du régiment”, de Donizetti, que le dio la
celebridad también con el Ah, mes amis! Y sus nueve dos de pecho. Una furtiva
lagrima, del Elixir también de Donizetti, un “must” de Pavarotti.
Cuando todos pensaban en que, definitivamente había que irse a casa, Juan Diego Flórez colapsó las manos y los vivas del público con otra alhaja: Amapola, de José María Lacalle, español, (1924), grabada por primera vez por el tenor también español Miguel Fleta, el año siguiente. Y así se fueron yendo todos de la sala y el Auditorio guardó para siempre los armónicos fantásticos de un Flórez único. No solo por su capacidad de empatizar con todas las músicas y todos los públicos, sino también por su genialidad, su talento, sus agilidades, fáciles, sus pianissimi, geniales y esa ternura que hace soñar, tan personal, que transmite derrochando generosidad y entrega en cada una de sus intervenciones.
Con un rango vocal de dos octavas, que incluye un mi bemol
sobreagudo, como escribió el crítico francés Daniel Ditilleul, tiene un “timbre
rico y colorista, y un fraseo sutil y dulce”. El cantante saludó a
izquierda y derecha, atrás, a los bancos del coro y tribuna y proyectando,
hacia la platea, lo compartido por todos los presentes. Y acompañó con sus
manos, preciosas, la voz con su cuerpo, indicando, seguramente de forma
inconsciente, por dónde iba discurriendo la columna de voz. Viajó con
delicadeza por su abdomen, el corazón y pecho. Muy elegante, de oscuro,
chaqueta larga y figura grácil e impecable, zapatos de charol, como siempre.
Gestualizó, dio vida a sus efímeros personajes, tan distintos, saludó muchas
veces, solo y junto a Scalera y…enamoró. Hizo evadirse al público y lo
transportó a otras esferas.
Con su excelencia vocal y teatral, su gentileza y elegancia
frente a la audiencia, su preocupación por el Otro desvalido, siempre, Juan
Diego Flórez, en estos tiempos de guerras, de violencia y de ira que no parecen
tener fin, como una catastrófica Caja de Pandora donde no se vislumbra al final
esta vez, la recompensa de la esperanza, dio una lección de canto para el
entendimiento y la piedad entre los pueblos, todos. Ejemplar.
Alicia Perris
Fotos: Borja Gonzalez ( IMPACTA)
Version Italiano
JUAN DIEGO FLÓREZ, FULGURANTE ÉXITO Y TEATRO LLENO CON
IMPACTARTE, EN EL AUDITORIO NACIONAL DE MADRID
Recital di Juan Diego Flórez con il pianista Vincenzo Scalera. Auditorio
Nacional, 11 marzo 2026
Prima parte
Wolfgang Amadeus Mozart
«Misero! O sogno… Aura che intorno» K. 431
«Del più sublime soglio», da La clemenza di Tito
«Se all’impero, amici Dei!», da La clemenza di Tito
Gioachino Rossini
Une bagatelle, da Péchés de vieillesse (per pianoforte solo)
«Le Sylvain»
«Quell’alme pupille», da La pietra del paragone
François-Adrien Boieldieu
«Viens, gentille dame», da La dame blanche
Seconda parte
Ruperto Chapí
«Flores purísimas», da El milagro de la virgen
Amadeo Vives
«Por el humo se sabe dónde está el fuego», da Doña Francisquita
José Serrano
«Te quiero morena», da El trust de los tenorios
Ernesto Lecuona
Mazurka Glissando (per pianoforte solo)
Jules Massenet
«Pourquoi me réveiller?», da Werther
Charles Gounod
«Quel trouble inconnu me pénètre?… Salut! Demeure chaste et pure», da Faust
Franz Liszt
Consolation n. 3 (per pianoforte solo)
Giuseppe Verdi
«La mia letizia infondere… Come poteva un angelo», da I Lombardi
“Y es que es el hijo del sol, el Perú mío…” (valzer di
Chabuca Granda)
Un concerto del tenore peruviano lirico-leggero, sebbene a
volte frequenti altri territori oltre a quello che si considererebbe il suo
registro, è sempre un avvenimento. La Spagna è un paese che visita spesso e,
quando lo fa, gira per vari teatri di provincia, ogni volta con un repertorio
diverso, anche se ha le sue predilezioni chiaramente definite.
L’11 marzo provoca sempre brividi nella capitale, per il
ricordo dei terribili attentati terroristici che causarono una moltitudine di
morti e feriti e seminarono lo sgomento e l’incomprensione di politici e
cittadini in generale. Perciò, in questa serata, andare a verificare il
potenziale di questo cantante criollo rinforza gli animi, portando luce e
speranza sul palcoscenico dell’Auditorio grazie alla mediazione di Impactarte,
ancora una volta con proposte eccellenti.
La serata è iniziata con dolcezza. È segno di saggezza che
gli artisti diano tempo alla voce per scaldarsi e per poter cogliere l’essenza
del pubblico, sempre diversa, preparando così a poco a poco il clima del
concerto. Forse perché Flórez ama assaggiare tutti i “piatti” e dimostrare di
poter attraversare molti repertori, inizia con frammenti de La clemenza di Tito
di Mozart, opera alla quale il maestro Muti ha dedicato molto tempo,
favorendone il ritorno nei teatri nella sua declinazione di più puro genio
mozartiano. Il cantante sa sempre ciò che fa e ciò che canta: un inizio
meditato, introspettivo e calmo, chiaramente introduttivo al contesto della
serata.
Péchés de vieillesse (“Peccati della vecchiaia”) è una
raccolta di 150 pezzi per pianoforte, musica da camera e voce solista del
compositore Gioachino Rossini, conosciuto principalmente per le sue opere
liriche. Questa scelta ha permesso al pianista Vincenzo Scalera di iniziare a
“disegnare”, sebbene perfettamente inserito nell’accompagnamento, una propria
esibizione, mostrando tecnica, mestiere e il suo modo di stare accanto a un
artista eccelso, che tuttavia gli lascia uno spazio personale di brillantezza.
Una collaborazione di molti anni: diversi brani punteggeranno l’esibizione di
Flórez, concedendo al tenore un momento fuori scena e dimostrando l’abilità di
Scalera nel passare da un’epoca all’altra, da un Liszt preziosamente e
fedelmente romantico fino alla giocosa ed esigente Mazurka Glissando del
compositore cubano Ernesto Lecuona nella seconda parte.
Rossini è fondamentale per il tenore, perché fu al ROF
(Rossini Opera Festival) di Pesaro che conobbe Luciano Pavarotti, che lo
chiamava “campione”, lo riconobbe come suo successore e lo fece passare da
cover e comprimario a protagonista in Matilde di Shabran, lanciandolo così
verso la consacrazione internazionale a 23 anni. Sono passati tre decenni,
durante i quali ha diffuso la propria esperienza mantenendo un costante legame
con il suo paese d’origine, il Perù, dove ha fondato e mantiene vivo il progetto
“Sinfonía del Perú” per bambini con scarse risorse, che ha realizzato una
tournée europea poco tempo fa. Come ha dichiarato in un’intervista: “per creare
Bellezza, per l’integrazione e contro la paura del diverso”.
La solidarietà, il buon umore e l’empatia, insieme a una
vita familiare stabile a Vienna, hanno certamente contribuito a far sì che il
cantante conservi quella freschezza vocale e spirituale, la giovialità, quella
che sembra un’eterna giovinezza, e la solita disponibilità che sorprende tutti.
Inoltre, almeno fino a quest’anno e dal 2021, continua a essere direttore
artistico del ROF e a parteciparvi come cantante.
"Viens, gentille dame" è un’aria celebre del
secondo atto dell’opera La dame blanche (1825) di François-Adrien Boieldieu,
che esprime l’attesa e il piacere dell’incontro con la misteriosa Dama. È
considerata un’opera importante del repertorio lirico francese, i cui
compositori e le cui partiture fanno innamorare il tenore, da sempre molto
legato a questo universo.
Così si è conclusa la prima sezione della serata, proseguita
con tre esempi di zarzuela spagnola, molto conosciuti dal pubblico locale, che
quindi richiedono grande coraggio per essere affrontati con la sicurezza e la
fiducia sfoggiate dal cantante in El milagro de la virgen di Ruperto Chapí,
Doña Francisquita di Amadeo Vives e l’ineffabile Te quiero morena di José
Serrano.
Al termine di questa triplice offerta alla tradizione
madrilena e non solo, trattenendo il respiro, la sala è esplosa in applausi e
ovazioni che hanno guidato Flórez verso uno spazio più intimo e personale, con
riferimenti ai suoi più grandi successi, quelli che i suoi ammiratori non si
stancano mai di ascoltare: “Pourquoi me réveiller?” dal Werther di Massenet e
“Quel trouble inconnu me pénètre?” dal Faust di Gounod. Le risposte a queste
domande retoriche e liriche le ha fornite il pubblico, più volte, con il
proprio consenso e il proprio entusiasmo.
La chiusura di questa parte “formale” della serata è stata
affidata all’immancabile maestro Giuseppe Verdi, con La mia letizia infondere…
come poteva un angelo, da I Lombardi. L’elemento battagliero qui si fonde con
un territorio emotivo sul quale il cantante scivola senza difficoltà e con
estrema morbidezza, passando da un frammento più sentimentale a uno di bravura.
Dopo un successo prevedibile ma sempre gradevole, inizia
davvero la vera “consegna” di Juan Diego Flórez: la geografia conosciuta ma
attesissima dei bis. Le propine, sempre diverse, ci fanno rivivere come se
fossimo bambini, in un interminabile “déjà vu, entendu” (“già visto, già
ascoltato”), il piacere della ripetizione di ciò che è conosciuto e doppiamente
assaporato, perché familiare e perché offerto con eccellenza reiterata.
Fino a otto interventi, entrando e uscendo di scena con la
sua chitarra, con la quale a volte si impegna contrattualmente a chiudere le
sue esibizioni nei teatri, l’artista è più che mai se stesso.
Quando tutti si aspettavano i valzer di Chabuca, attacca con
"I’ te vurria vasà", canzone napoletana del creatore di "’O sole
mio". Eduardo Di Capua (1865-1917) la compose nel 1900 su testo del poeta
Vincenzo Russo. È autobiografica ed è stata interpretata da cantanti di musica
leggera così come da celebri voci liriche come Caruso, Di Stefano, Domingo,
Pavarotti, Carreras… e ora Flórez. Usando la chitarra come se fosse un
mandolino, ha scavato nelle profondità dello sradicamento amoroso, che non
avrebbe più abbandonato fino alla fine della serata.
Poi sono arrivati i valzer di Chabuca Granda, artista
peruviana proteiforme, anima mater del cantante insieme ai suoi genitori,
anch’essi musicisti, e allo stesso Perù, un paese colmo di storia sudamericana.
Ha potuto “ritrovare” Chabuca grazie alle tecnologie contemporanee, insieme al
suo chitarrista Oscar Avilés, e i tre hanno dato vita a Trialogando, che
rimanda, come questo repertorio del concerto, alle marineras limeñas, agli
zapateos, al Perú negro, agli huaynos, alla geografia andina, al baile de las
tijeras, ai quartieri di Lima: La Victoria, El Callao, Montserrate. A un
folklore ancestrale ricamato con amore e con sangue.
Perché i valzer di Chabuca “si dicono, non si cantano”, come
i complimenti lanciati al peruviano dai membri della sua comunità presenti in
sala: “Viva Perú”, “Eres un orgullo para Perú”. Di fatto, ha intrecciato una
melodia con l’altra e così sono arrivati Bello durmiente, La flor de la canela
e Fina estampa, con colpetti di cajón inclusi.
Con Cucurrucucú paloma (canzone messicana in stile huapango
di Tomás Méndez, 1954) ha offerto un’esibizione unica di fiato, apparentemente
interminabile, come la sua capacità di passare da una lingua all’altra, con
tutte le pronunce curate ed eccellenti, perché conosce i testi e il loro
significato. Dopo tanto teatro, tanto andare e venire, Flórez continuava a
disseminare musica: non poteva mancare La fille du régiment di Donizetti, che
gli diede celebrità anche grazie all’Ah! mes amis e ai suoi nove do di petto.
Una furtiva lagrima, dall’Elisir d’amore, sempre di Donizetti, un “must” di
Pavarotti.
Quando tutti pensavano che fosse davvero ora di andare a
casa, Juan Diego Flórez ha fatto crollare le mani e i “viva” del pubblico con
un altro gioiello: Amapola, di José María Lacalle, spagnolo (1924), registrata
per la prima volta dal tenore spagnolo Miguel Fleta l’anno successivo. Così,
poco a poco, tutti hanno lasciato la sala e l’Auditorio ha conservato per
sempre i fantastici armonici di un Flórez unico. Non solo per la sua capacità
di entrare in empatia con tutte le musiche e tutti i pubblici, ma anche per la
sua genialità, il suo talento, le sue agilità disinvolte, i suoi pianissimi
straordinari e quella tenerezza così personale che fa sognare e che trasmette
profusamente, con generosità e dedizione in ogni sua esibizione.
Con un’estensione vocale di due ottave, che include un mi
bemolle sovracuto, come ha scritto il critico francese Daniel Ditilleul,
possiede un “timbro ricco e colorato e un fraseggio sottile e dolce”. Il
cantante ha salutato a sinistra e a destra, verso il fondo, verso i posti del
coro e della tribuna, e ha proiettato verso la platea ciò che era stato
condiviso da tutti i presenti. Ha accompagnato con le sue mani, bellissime, la
voce e il corpo, indicando, probabilmente in modo inconscio, il percorso della colonna
sonora vocale: ha viaggiato con delicatezza attraverso l’addome, il cuore e il
petto. Elegantissimo, in scuro, con giacca lunga e figura snella e impeccabile,
scarpe di vernice, come sempre. Ha gesticolato, ha dato vita ai suoi effimeri
personaggi, tanto diversi, ha salutato molte volte, da solo e insieme a
Scalera, e… ha fatto innamorare. Ha fatto evadere il pubblico, trasportandolo
in altre sfere.
Con la sua eccellenza vocale e teatrale, la sua gentilezza
ed eleganza davanti al pubblico, la sua costante preoccupazione per l’Altro più
fragile, sempre, Juan Diego Flórez, in questi tempi di guerre, violenza e ira
che non sembrano avere fine, come una catastrofica scatola di Pandora in cui
stavolta non si intravede alla fine la ricompensa della speranza, ha dato una
lezione di canto per la comprensione e la pietà tra i popoli, tutti. Esemplare.
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