La traviata. Ópera en tres actos. Música de Giuseppe Verdi
(1813-1883). Libreto de Francesco Maria Piave, basada en La dama de las
camelias, de Alexandre Dumas hijo. Royal Opera House. 22 de enero, 2026. Cast
alternativo.
Estrenada en el Teatro La Fenice de Venecia el 6 de marzo de
1853
Director de escena, Richard Eyre, (estrenada en noviembre de
1994), revisión de Simon Iorio
Diseños, Bob Crowley
Iluminación, Jean Kalman
Movimiento escénico, Jane Gibson
Reparto
Violetta Valéry, Pretty Yende
Alfredo Germont, Bekhzod Davronov
Giorgio Germont, Amartuvshin Enkhbat
Annina, Renata Skarelyte
Doctor Grenvil, Barnaby Rea
Flora Bervoix, Jingwen Cai
Barón Douphol, Siphe Kwani
Gastone de Letorières, Emyr Lloyd Jones
Marqués d'Obigny, Freddie Tong
Giuseppe, Luke Price
Mensajero, Dawid Kimberg
Sirviente, Thomas Barnard
Orquesta de la Royal Opera House
Concertino Invitado Principal, Vasko Vassilev
Coro de la Royal Opera House
Director de coro, William Spaulding
Director de orquesta, Giacomo Sagripanti
La Traviata es probablemente una de las partituras verdianas
y líricas en general más populares: ¿quién no conoce el preludio del Acto I o
el dúo famoso de los protagonistas con coro y otros participantes del
"Libiamo ne' lieti calici" con Violetta, Alfredo y coro? En este
caso, quedó el conjunto algo deslucido. Le faltaba vigor, entusiasmo, esa
alegría chispeante que proporciona el champán, también el interior, el personal
y de grupo. Una especie de falso festejo donde todo está mal hilvanado y
empiezan a descubrirse las costuras, que no se sostienen.

Pretty Yende, la soprano sudafricana, que ya lleva
muchas temporadas triunfando en los teatros, se movía animadamente- tal
vez demasiado- por entre los decorados y los cantantes y Alfredo, el tenor Bekhzod
Davronov, no terminaba de encontrar su lugar. Sin embargo, posee un bello
instrumento y cuando consiga más empaque y relajación, estará mucho más cómodo
y armonizado interior y vocalmente y podría disfrutar más y transmitir a la
audiencia ese bienestar.
La protagonista, con un vestido blanco precioso con
crinolina y estrellas, la cabellera recogida al estilo de la Sissi emperatriz
pintada por Winterhalter. Yende no tuvo posiblemente su mejor función, hubo
alguna duda de legato y afinación, aunque mejor en los agudos. Pero tiene una
excelente técnica y disposición. En la actuación, es de un temperamento
proactivo y optimista y no siempre sostuvo la atmósfera que exige una Violetta
en el París de Alejandro Dumas hijo, filtrado por Piave y Verdi.
De todos modos y para no repetir elementos y relatos de
todos conocido con Verdi y esta ópera, que agotan y no son necesarios, habría
que decir que cada cual tiene “su” Traviata, igual que se imagina o se sublima
un Hamlet, un Quijote o a Dante. Todo es opinable.
La voz, pequeña, sin embargo, del tenor estuvo a la altura,
pero seguramente le habrá parecido menos eficaz a los públicos que se
acostumbraron a la excelencia de un Kraus, (con Callas en Lisboa, famosa
actuación), un Pavarotti, Domingo, Carreras y un colmado repertorio de tenores
de bandera de décadas atrás, muchos italianos, sin olvidarse del norteamericano
Richard Tucker, muy aplaudido en su día. De todas formas, se vive en esta época
y se recuerdan otras, con nostalgia, pero estamos hoy, aquí.
El Acto II cuenta con uno de los personajes más
atrabiliarios del universo de la ópera y la literatura: Germont “père”, un Amartuvshin
Enkhbat ya visto en otras salas, solvente de instrumento, y desagradable
como manda el rol, pero tal vez con alguna falta de “nuances” en su discurso
musical, duro, desalmado, retrógrado, egoísta, conservador: la lista de
adjetivos podría ser interminable.
A destacar, además, sin embargo, la dulzura y la seducción
de pasajes como "Pura siccome un angelo” en el dúo de Germont y Violetta.
Y el delicioso, melódico "Di Provenza il mar, il suol", siempre del
barítono.
El III Acto rompe unos momentos el dramático clima anterior
pero la fiesta ya no es la misma, a pesar de la presentación en forma de baile
de los toros, las gitanas y los toreros, que se vanaglorian de su matanza en la
plaza: "Di Madride noi siamo i mattadori" y el coro, que acompaña las
hazañas de una España de charanga y pandereta falsamente idealizada y declinada
a peor, con lo más superficial, más decadente y la conocida y agotada colección
de tópicos.
Para el final, "Teneste la promessa" con Violetta
y la conmovedora "Addio, del passato bei sogni ridenti" de Violetta.
Hay un último momento de paz en "Parigi, o cara” en el dúo terminal de
Alfredo y Violetta y la lúcida declaración de la protagonista moribunda en
"Gran Dio! Morir sì giovane".
La producción que se vio en el Roya Opera House de Londres,
un teatro enmarcado en un barrio con un pasado significativo, Covent Garden
(¿quién no recuerda a Eliza Dolittle y al profesor Higgins de Bernard Shaw ¿) y
una historia musical, también en ballet, fantástica, como en las temporadas en
que se disfrutaba de la pareja de Nureyev con Margot Fonteyn o de un Plácido
Domingo fresco y joven, cantando una preciosa Fanciulla del West y recibiendo a
la audiencia entre bambalinas y descamisado. Eran otros tiempos.
Bien el coro, a cargo de William Spaulding, aunque la
dirección del maestro Sagripanti se percibió en general como un poco
deslavazada: desde los preludios hasta el sonido de los violines, los vientos y
la percusión, que hubieran necesitado más control y exigencia así como la
conexión con los cantantes.
La producción es de noviembre de 1994, mítica y preciosita,
de Richard Eyre, comisariada ahora por Simon Iorio. Los
decorados, lujosos, el vestuario, delicado, detallista y con mucho tiempo de
confección por parte de los equipos del teatro. El primer acto, ambientado en
una geografía más inglesa que parisina, destacable en oros, beiges y marrones,
muchos complementos emblemáticos que se encuentran en mansiones o museos
ingleses, el segundo, con un fondo pastel que en la exitosa exposición actual
en el Victoria and Albert Museum de Marie Antoinette, consideran propios de La
Durée, la conocida casa que inspira los macarrons franceses. Implicados el
diseñador Bob Crowley, la iluminación de Jean Kalman y la
directora de movimiento, Jane Gibson.
La fiesta en casa de Flora, más tradicional en lo teatral y
en los vestidos, con profusión de rojos y brillos, aunque Violetta, de luto, ya
presagia el amargo final, redondeado por su ruptura con un Alfredo siempre
desconocedor de la verdad de la intervención paterna. Más familiar y
convencional también el final. Este reparto alternativo tuvo mucha menos
difusión en la prensa inglesa que el que abandera Ermonela Jaho y sus
compañeros, y es injusto y una pena, porque a pesar de algún fallo, es evidente
la implicación de todos los participantes. Hay que destacar el entusiasmo con
el que acudieron a esta representación, aunque luego puedan surgir los
imponderables.
Muy adecuados en sus papeles de contención vocal y escénica,
la Annina de Renata Skarelyte, algo atropellada, el Doctor Grenvil, Barnaby
Rea, conocido de la casa, la Flora Bervoix de Jingwen Cai, el
antipático pero elegantísimo y eficaz Barón Douphol que elaboró Siphe Kwani,
los muy correctos Gastone de Letorières, Emyr Lloyd Jones, el Marqués
d'Obigny, Freddie Tong, el Giuseppe con Luke Price y el Mensajero
dibujado por Dawid Kimberg. Había también niños en la representación,
actores y el ballet del acto III.
Las retinas agradecen el clasicismo del planteamiento
teatral y escénico, y la ausencia de presentaciones colmadas de nada, con el
vacío barato con el que a veces se intenta proponer-vanamente- producciones
“vanguardistas” o “diferentes”. Fue un placer. El público aplaudió, complacido.
La sala, poblada de personas de todos los orígenes, vestidas de todas las
maneras posibles, hablando en innumerables lenguas, porque, aunque estemos en
épocas poco gloriosas, de conflictos y de desastres naturales y políticos, con
pocas esperanzas vitales, Londres, of course, sigue siendo Londres.
Alicia Perris
VERSION AL ITALIANO
UNA TRAVIATA DIVERSA CON LA VIOLETTA DI PRETTY YENDE, ALLA
ROYAL OPERA HOUSE
La traviata. Opera in tre atti. Musica di Giuseppe Verdi
(1813-1883). Libretto di Francesco Maria Piave, basato su La dama delle camelie
di Alexandre Dumas figlio. Royal Opera House. 22 gennaio 2026. Cast
alternativo.
Prima rappresentazione al Teatro La Fenice di Venezia il 6
marzo 1853
Regia, Richard Eyre (prima nel novembre 1994), revisione di
Simon Iorio
Scenografie, Bob Crowley
Luci, Jean Kalman
Movimenti scenici, Jane Gibson
Cast
Violetta Valéry, Pretty Yende
Alfredo Germont, Bekhzod Davronov
Giorgio Germont, Amartuvshin Enkhbat
Annina, Renata Skarelyte
Dottor Grenvil, Barnaby Rea
Flora Bervoix, Jingwen Cai
Barone Douphol, Siphe Kwani
Gastone de Letorières, Emyr Lloyd Jones
Marchese d'Obigny, Freddie Tong
Giuseppe, Luke Price
Messo, Dawid Kimberg
Servo, Thomas Barnard
Orchestra della Royal Opera House
Concertino ospite principale, Vasko Vassilev
Coro della Royal Opera House
Maestro del coro, William Spaulding
Direttore d'orchestra, Giacomo Sagripanti
La Traviata è probabilmente una delle partiture verdiane e
liriche più popolari in assoluto: chi non conosce il preludio dell’Atto I o il
famoso duetto dei protagonisti con coro e altri partecipanti del “Libiamo ne’
lieti calici” con Violetta, Alfredo e coro? In questo caso, l’insieme è
risultato un po’ opaco. Mancava vigore, entusiasmo, quella gioia frizzante che
regala lo champagne, anche interiore, personale e collettiva. Una sorta di
falsa festa dove tutto è mal cucito e cominciano a scoprirsi le cuciture che
non tengono.
Pretty Yende, il soprano sudafricano, che da molte stagioni
trionfa nei teatri, si muoveva vivacemente – forse troppo – tra le scenografie
e i cantanti, mentre Alfredo, il tenore Bekhzod Davronov, non riusciva del
tutto a trovare il suo posto. Possiede però un bel timbro e, quando acquisterà
maggiore maturità e rilassatezza, sarà più a suo agio e armonizzato
interiormente e vocalmente, potendo così godere di più e trasmettere al
pubblico quel benessere.
La protagonista, con un bellissimo abito bianco con
crinolina e stelle, i capelli raccolti nello stile di Sissi imperatrice dipinta
da Winterhalter. Yende non ha avuto forse la sua migliore serata; qualche
dubbio sul legato e sull’intonazione, migliore negli acuti. Tuttavia, ha
un’ottima tecnica e disposizione. Nella recitazione, è di temperamento
proattivo e ottimista, ma non sempre ha sostenuto l’atmosfera che richiede una
Violetta nella Parigi di Alexandre Dumas figlio, filtrata da Piave e Verdi.
In ogni caso, per non ripetere elementi e racconti noti a
tutti su Verdi e quest’opera, che stancano e non sono necessari, bisogna dire
che ognuno ha la “sua” Traviata, così come si immagina o si sublima un Amleto,
un Don Chisciotte o un Dante. Tutto è opinabile.
La voce, piccola, tuttavia del tenore, è stata all’altezza,
ma sarà sembrata meno efficace a un pubblico abituato all’eccellenza di un
Kraus (con Callas a Lisbona, famosa esecuzione), un Pavarotti, Domingo,
Carreras e al ricco repertorio di tenori di bandiera di decenni fa, molti
italiani, senza dimenticare l’americano Richard Tucker, molto applaudito a suo
tempo. In ogni caso, si vive in quest’epoca e si ricordano altre, con nostalgia,
ma siamo qui, oggi.
L’Atto II presenta uno dei personaggi più irascibili
dell’universo dell’opera e della letteratura: Germont “padre”, un Amartuvshin
Enkhbat già visto in altre sale, solido vocalmente e sgradevole come il ruolo
richiede, ma forse con qualche mancanza di nuances nel suo discorso musicale:
duro, spietato, retrivo, egoista, conservatore; la lista degli aggettivi
potrebbe essere infinita.
Da sottolineare comunque la dolcezza e la seduzione di
passaggi come “Pura siccome un angelo” nel duetto Germont-Violetta. E il
delizioso, melodico “Di Provenza il mar, il suol” del baritono.
Il III Atto rompe per un momento il clima drammatico
precedente, ma la festa non è più la stessa, nonostante la presentazione in
forma di danza dei toreri, delle zingare e dei mattadori, che si vantano delle
loro uccisioni in arena: “Di Madride noi siamo i mattadori” e il coro che
accompagna le gesta di una Spagna di tamburelli e pifferi falsamente
idealizzata, declinata in peggio, superficiale e decadente, con la solita e
logora raccolta di cliché.
Per il finale, “Teneste la promessa” con Violetta e la
commovente “Addio, del passato bei sogni ridenti” di Violetta. C’è un ultimo
momento di pace in “Parigi, o cara”, nel duetto finale di Alfredo e Violetta, e
la lucida dichiarazione della protagonista morente in “Gran Dio! Morir sì
giovane”.
La produzione vista alla Royal Opera House di Londra, teatro
situato in un quartiere dal passato significativo, Covent Garden (chi non
ricorda Eliza Doolittle e il professor Higgins di Bernard Shaw?) e con una
storia musicale, anche nella danza, straordinaria, come nelle stagioni in cui
si ammiravano le coppie Nureyev-Fonteyn o un Plácido Domingo giovane e fresco,
che cantava una meravigliosa Fanciulla del West e accoglieva il pubblico tra le
quinte, a torso nudo. Erano altri tempi.
Coro ben preparato da William Spaulding, anche se la
direzione del maestro Sagripanti è apparsa nel complesso un po’ disarticolata:
dai preludi al suono dei violini, dei fiati e delle percussioni, che avrebbero
richiesto maggiore controllo ed esigente connessione con i cantanti.
La produzione, datata novembre 1994, mitica e preziosa, di
Richard Eyre, ora curata da Simon Iorio. Le scenografie, sontuose; i costumi,
delicati, dettagliati e frutto di un lungo lavoro delle squadre del teatro. Il
primo atto, ambientato in una geografia più inglese che parigina, dominato da
ori, beige e marroni, con molti elementi emblematici delle dimore o dei musei
britannici. Il secondo, con un fondo pastello che nella riuscita mostra attuale
al Victoria and Albert Museum su Maria Antonietta, viene considerato tipico di
La Durée, la celebre casa che ispira i macarons francesi. Coinvolti il designer
Bob Crowley, le luci di Jean Kalman e la direttrice dei movimenti, Jane Gibson.
La festa in casa di Flora, più tradizionale nel teatro e nei
costumi, con abbondanza di rossi e lucentezze, mentre Violetta, in lutto, già
presagiva l’amaro finale, accentuato dalla rottura con un Alfredo sempre ignaro
della verità sull’intervento paterno. Anche il finale, più familiare e
convenzionale. Questo cast alternativo ha avuto molta meno visibilità nella
stampa inglese rispetto a quello guidato da Ermonela Jaho e dai suoi colleghi,
ed è ingiusto e un peccato, perché, nonostante qualche errore, è evidente il
coinvolgimento di tutti i partecipanti. Da sottolineare l’entusiasmo con cui
hanno affrontato questa rappresentazione, anche se poi possono sorgere gli
imprevisti.
Molto adeguati nei loro ruoli di contenimento vocale e
scenico: l’Annina di Renata Skarelyte, un po’ frettolosa, il Dottor Grenvil di
Barnaby Rea, volto noto del teatro, la Flora Bervoix di Jingwen Cai,
l’antipatico ma elegantissimo e incisivo Barone Douphol di Siphe Kwani, i
corretti Gastone de Letorières di Emyr Lloyd Jones, Marchese d'Obigny di
Freddie Tong, Giuseppe interpretato da Luke Price e il Messo delineato da Dawid
Kimberg. Erano presenti anche bambini in scena, attori e il balletto del terzo
atto.
Gli occhi ringraziano il classicismo dell’impostazione
teatrale e scenica, e l’assenza di proposte piene di nulla, con quel vuoto a
buon mercato con cui talvolta si tenta – inutilmente – di proporre produzioni
“d’avanguardia” o “diverse”. È stato un piacere. Il pubblico ha applaudito,
compiaciuto. La sala, gremita di persone di tutte le origini, vestite nei modi
più diversi, parlando in innumerevoli lingue, perché, anche se viviamo tempi
poco gloriosi, tra conflitti e disastri naturali e politici, con poche speranze
vitali, Londra, of course, resta sempre Londra.
Alicia Perris