martes, 27 de enero de 2026

LA TRAVIATA, CON PRETTY YENDE, EN LA ROYAL OPERA HOUSE


 La traviata. Ópera en tres actos. Música de Giuseppe Verdi (1813-1883). Libreto de Francesco Maria Piave, basada en La dama de las camelias, de Alexandre Dumas hijo. Royal Opera House. 22 de enero, 2026. Cast alternativo.

Estrenada en el Teatro La Fenice de Venecia el 6 de marzo de 1853

Director de escena, Richard Eyre, (estrenada en noviembre de 1994), revisión de Simon Iorio

Diseños, Bob Crowley

Iluminación, Jean Kalman

Movimiento escénico, Jane Gibson

Reparto

Violetta Valéry, Pretty Yende

Alfredo Germont, Bekhzod Davronov

Giorgio Germont, Amartuvshin Enkhbat

Annina, Renata Skarelyte

Doctor Grenvil, Barnaby Rea

Flora Bervoix, Jingwen Cai

Barón Douphol, Siphe Kwani

Gastone de Letorières, Emyr Lloyd Jones

Marqués d'Obigny, Freddie Tong

Giuseppe, Luke Price

Mensajero, Dawid Kimberg

Sirviente, Thomas Barnard

Orquesta de la Royal Opera House

Concertino Invitado Principal, Vasko Vassilev

Coro de la Royal Opera House

Director de coro, William Spaulding

Director de orquesta, Giacomo Sagripanti

La Traviata es probablemente una de las partituras verdianas y líricas en general más populares: ¿quién no conoce el preludio del Acto I o el dúo famoso de los protagonistas con coro y otros participantes del "Libiamo ne' lieti calici" con Violetta, Alfredo y coro? En este caso, quedó el conjunto algo deslucido. Le faltaba vigor, entusiasmo, esa alegría chispeante que proporciona el champán, también el interior, el personal y de grupo. Una especie de falso festejo donde todo está mal hilvanado y empiezan a descubrirse las costuras, que no se sostienen.

Pretty Yende, la soprano sudafricana, que ya lleva muchas temporadas triunfando en los teatros, se movía animadamente- tal vez demasiado- por entre los decorados y los cantantes y Alfredo, el tenor Bekhzod Davronov, no terminaba de encontrar su lugar. Sin embargo, posee un bello instrumento y cuando consiga más empaque y relajación, estará mucho más cómodo y armonizado interior y vocalmente y podría disfrutar más y transmitir a la audiencia ese bienestar.

La protagonista, con un vestido blanco precioso con crinolina y estrellas, la cabellera recogida al estilo de la Sissi emperatriz pintada por Winterhalter. Yende no tuvo posiblemente su mejor función, hubo alguna duda de legato y afinación, aunque mejor en los agudos. Pero tiene una excelente técnica y disposición. En la actuación, es de un temperamento proactivo y optimista y no siempre sostuvo la atmósfera que exige una Violetta en el París de Alejandro Dumas hijo, filtrado por Piave y Verdi.

De todos modos y para no repetir elementos y relatos de todos conocido con Verdi y esta ópera, que agotan y no son necesarios, habría que decir que cada cual tiene “su” Traviata, igual que se imagina o se sublima un Hamlet, un Quijote o a Dante. Todo es opinable.

La voz, pequeña, sin embargo, del tenor estuvo a la altura, pero seguramente le habrá parecido menos eficaz a los públicos que se acostumbraron a la excelencia de un Kraus, (con Callas en Lisboa, famosa actuación), un Pavarotti, Domingo, Carreras y un colmado repertorio de tenores de bandera de décadas atrás, muchos italianos, sin olvidarse del norteamericano Richard Tucker, muy aplaudido en su día. De todas formas, se vive en esta época y se recuerdan otras, con nostalgia, pero estamos hoy, aquí.

El Acto II cuenta con uno de los personajes más atrabiliarios del universo de la ópera y la literatura: Germont “père”, un Amartuvshin Enkhbat ya visto en otras salas, solvente de instrumento, y desagradable como manda el rol, pero tal vez con alguna falta de “nuances” en su discurso musical, duro, desalmado, retrógrado, egoísta, conservador: la lista de adjetivos podría ser interminable.

A destacar, además, sin embargo, la dulzura y la seducción de pasajes como "Pura siccome un angelo” en el dúo de Germont y Violetta. Y el delicioso, melódico "Di Provenza il mar, il suol", siempre del barítono.

El III Acto rompe unos momentos el dramático clima anterior pero la fiesta ya no es la misma, a pesar de la presentación en forma de baile de los toros, las gitanas y los toreros, que se vanaglorian de su matanza en la plaza: "Di Madride noi siamo i mattadori" y el coro, que acompaña las hazañas de una España de charanga y pandereta falsamente idealizada y declinada a peor, con lo más superficial, más decadente y la conocida y agotada colección de tópicos.

Para el final, "Teneste la promessa" con Violetta y la conmovedora "Addio, del passato bei sogni ridenti" de Violetta. Hay un último momento de paz en "Parigi, o cara” en el dúo terminal de Alfredo y Violetta y la lúcida declaración de la protagonista moribunda en "Gran Dio! Morir sì giovane".

La producción que se vio en el Roya Opera House de Londres, un teatro enmarcado en un barrio con un pasado significativo, Covent Garden (¿quién no recuerda a Eliza Dolittle y al profesor Higgins de Bernard Shaw ¿) y una historia musical, también en ballet, fantástica, como en las temporadas en que se disfrutaba de la pareja de Nureyev con Margot Fonteyn o de un Plácido Domingo fresco y joven, cantando una preciosa Fanciulla del West y recibiendo a la audiencia entre bambalinas y descamisado. Eran otros tiempos.

Bien el coro, a cargo de William Spaulding, aunque la dirección del maestro Sagripanti se percibió en general como un poco deslavazada: desde los preludios hasta el sonido de los violines, los vientos y la percusión, que hubieran necesitado más control y exigencia así como la conexión con los cantantes.

La producción es de noviembre de 1994, mítica y preciosita, de Richard Eyre, comisariada ahora por Simon Iorio. Los decorados, lujosos, el vestuario, delicado, detallista y con mucho tiempo de confección por parte de los equipos del teatro. El primer acto, ambientado en una geografía más inglesa que parisina, destacable en oros, beiges y marrones, muchos complementos emblemáticos que se encuentran en mansiones o museos ingleses, el segundo, con un fondo pastel que en la exitosa exposición actual en el Victoria and Albert Museum de Marie Antoinette, consideran propios de La Durée, la conocida casa que inspira los macarrons franceses. Implicados el diseñador Bob Crowley, la iluminación de Jean Kalman y la directora de movimiento, Jane Gibson.

La fiesta en casa de Flora, más tradicional en lo teatral y en los vestidos, con profusión de rojos y brillos, aunque Violetta, de luto, ya presagia el amargo final, redondeado por su ruptura con un Alfredo siempre desconocedor de la verdad de la intervención paterna. Más familiar y convencional también el final. Este reparto alternativo tuvo mucha menos difusión en la prensa inglesa que el que abandera Ermonela Jaho y sus compañeros, y es injusto y una pena, porque a pesar de algún fallo, es evidente la implicación de todos los participantes. Hay que destacar el entusiasmo con el que acudieron a esta representación, aunque luego puedan surgir los imponderables.

Muy adecuados en sus papeles de contención vocal y escénica, la Annina de Renata Skarelyte, algo atropellada, el Doctor Grenvil, Barnaby Rea, conocido de la casa, la Flora Bervoix de Jingwen Cai, el antipático pero elegantísimo y eficaz Barón Douphol que elaboró Siphe Kwani, los muy correctos Gastone de Letorières, Emyr Lloyd Jones, el Marqués d'Obigny, Freddie Tong, el Giuseppe con Luke Price y el Mensajero dibujado por Dawid Kimberg. Había también niños en la representación, actores y el ballet del acto III.

Las retinas agradecen el clasicismo del planteamiento teatral y escénico, y la ausencia de presentaciones colmadas de nada, con el vacío barato con el que a veces se intenta proponer-vanamente- producciones “vanguardistas” o “diferentes”. Fue un placer. El público aplaudió, complacido. La sala, poblada de personas de todos los orígenes, vestidas de todas las maneras posibles, hablando en innumerables lenguas, porque, aunque estemos en épocas poco gloriosas, de conflictos y de desastres naturales y políticos, con pocas esperanzas vitales, Londres, of course, sigue siendo Londres.

Alicia Perris



VERSION AL ITALIANO

UNA TRAVIATA DIVERSA CON LA VIOLETTA DI PRETTY YENDE, ALLA ROYAL OPERA HOUSE

La traviata. Opera in tre atti. Musica di Giuseppe Verdi (1813-1883). Libretto di Francesco Maria Piave, basato su La dama delle camelie di Alexandre Dumas figlio. Royal Opera House. 22 gennaio 2026. Cast alternativo.

Prima rappresentazione al Teatro La Fenice di Venezia il 6 marzo 1853

Regia, Richard Eyre (prima nel novembre 1994), revisione di Simon Iorio

Scenografie, Bob Crowley

Luci, Jean Kalman

Movimenti scenici, Jane Gibson

Cast

Violetta Valéry, Pretty Yende

Alfredo Germont, Bekhzod Davronov

Giorgio Germont, Amartuvshin Enkhbat

Annina, Renata Skarelyte

Dottor Grenvil, Barnaby Rea

Flora Bervoix, Jingwen Cai

Barone Douphol, Siphe Kwani

Gastone de Letorières, Emyr Lloyd Jones

Marchese d'Obigny, Freddie Tong

Giuseppe, Luke Price

Messo, Dawid Kimberg

Servo, Thomas Barnard

Orchestra della Royal Opera House

Concertino ospite principale, Vasko Vassilev

Coro della Royal Opera House

Maestro del coro, William Spaulding

Direttore d'orchestra, Giacomo Sagripanti

La Traviata è probabilmente una delle partiture verdiane e liriche più popolari in assoluto: chi non conosce il preludio dell’Atto I o il famoso duetto dei protagonisti con coro e altri partecipanti del “Libiamo ne’ lieti calici” con Violetta, Alfredo e coro? In questo caso, l’insieme è risultato un po’ opaco. Mancava vigore, entusiasmo, quella gioia frizzante che regala lo champagne, anche interiore, personale e collettiva. Una sorta di falsa festa dove tutto è mal cucito e cominciano a scoprirsi le cuciture che non tengono.

Pretty Yende, il soprano sudafricano, che da molte stagioni trionfa nei teatri, si muoveva vivacemente – forse troppo – tra le scenografie e i cantanti, mentre Alfredo, il tenore Bekhzod Davronov, non riusciva del tutto a trovare il suo posto. Possiede però un bel timbro e, quando acquisterà maggiore maturità e rilassatezza, sarà più a suo agio e armonizzato interiormente e vocalmente, potendo così godere di più e trasmettere al pubblico quel benessere.

La protagonista, con un bellissimo abito bianco con crinolina e stelle, i capelli raccolti nello stile di Sissi imperatrice dipinta da Winterhalter. Yende non ha avuto forse la sua migliore serata; qualche dubbio sul legato e sull’intonazione, migliore negli acuti. Tuttavia, ha un’ottima tecnica e disposizione. Nella recitazione, è di temperamento proattivo e ottimista, ma non sempre ha sostenuto l’atmosfera che richiede una Violetta nella Parigi di Alexandre Dumas figlio, filtrata da Piave e Verdi.

In ogni caso, per non ripetere elementi e racconti noti a tutti su Verdi e quest’opera, che stancano e non sono necessari, bisogna dire che ognuno ha la “sua” Traviata, così come si immagina o si sublima un Amleto, un Don Chisciotte o un Dante. Tutto è opinabile.

La voce, piccola, tuttavia del tenore, è stata all’altezza, ma sarà sembrata meno efficace a un pubblico abituato all’eccellenza di un Kraus (con Callas a Lisbona, famosa esecuzione), un Pavarotti, Domingo, Carreras e al ricco repertorio di tenori di bandiera di decenni fa, molti italiani, senza dimenticare l’americano Richard Tucker, molto applaudito a suo tempo. In ogni caso, si vive in quest’epoca e si ricordano altre, con nostalgia, ma siamo qui, oggi.

L’Atto II presenta uno dei personaggi più irascibili dell’universo dell’opera e della letteratura: Germont “padre”, un Amartuvshin Enkhbat già visto in altre sale, solido vocalmente e sgradevole come il ruolo richiede, ma forse con qualche mancanza di nuances nel suo discorso musicale: duro, spietato, retrivo, egoista, conservatore; la lista degli aggettivi potrebbe essere infinita.

Da sottolineare comunque la dolcezza e la seduzione di passaggi come “Pura siccome un angelo” nel duetto Germont-Violetta. E il delizioso, melodico “Di Provenza il mar, il suol” del baritono.

Il III Atto rompe per un momento il clima drammatico precedente, ma la festa non è più la stessa, nonostante la presentazione in forma di danza dei toreri, delle zingare e dei mattadori, che si vantano delle loro uccisioni in arena: “Di Madride noi siamo i mattadori” e il coro che accompagna le gesta di una Spagna di tamburelli e pifferi falsamente idealizzata, declinata in peggio, superficiale e decadente, con la solita e logora raccolta di cliché.

Per il finale, “Teneste la promessa” con Violetta e la commovente “Addio, del passato bei sogni ridenti” di Violetta. C’è un ultimo momento di pace in “Parigi, o cara”, nel duetto finale di Alfredo e Violetta, e la lucida dichiarazione della protagonista morente in “Gran Dio! Morir sì giovane”.

La produzione vista alla Royal Opera House di Londra, teatro situato in un quartiere dal passato significativo, Covent Garden (chi non ricorda Eliza Doolittle e il professor Higgins di Bernard Shaw?) e con una storia musicale, anche nella danza, straordinaria, come nelle stagioni in cui si ammiravano le coppie Nureyev-Fonteyn o un Plácido Domingo giovane e fresco, che cantava una meravigliosa Fanciulla del West e accoglieva il pubblico tra le quinte, a torso nudo. Erano altri tempi.

Coro ben preparato da William Spaulding, anche se la direzione del maestro Sagripanti è apparsa nel complesso un po’ disarticolata: dai preludi al suono dei violini, dei fiati e delle percussioni, che avrebbero richiesto maggiore controllo ed esigente connessione con i cantanti.

La produzione, datata novembre 1994, mitica e preziosa, di Richard Eyre, ora curata da Simon Iorio. Le scenografie, sontuose; i costumi, delicati, dettagliati e frutto di un lungo lavoro delle squadre del teatro. Il primo atto, ambientato in una geografia più inglese che parigina, dominato da ori, beige e marroni, con molti elementi emblematici delle dimore o dei musei britannici. Il secondo, con un fondo pastello che nella riuscita mostra attuale al Victoria and Albert Museum su Maria Antonietta, viene considerato tipico di La Durée, la celebre casa che ispira i macarons francesi. Coinvolti il designer Bob Crowley, le luci di Jean Kalman e la direttrice dei movimenti, Jane Gibson.

La festa in casa di Flora, più tradizionale nel teatro e nei costumi, con abbondanza di rossi e lucentezze, mentre Violetta, in lutto, già presagiva l’amaro finale, accentuato dalla rottura con un Alfredo sempre ignaro della verità sull’intervento paterno. Anche il finale, più familiare e convenzionale. Questo cast alternativo ha avuto molta meno visibilità nella stampa inglese rispetto a quello guidato da Ermonela Jaho e dai suoi colleghi, ed è ingiusto e un peccato, perché, nonostante qualche errore, è evidente il coinvolgimento di tutti i partecipanti. Da sottolineare l’entusiasmo con cui hanno affrontato questa rappresentazione, anche se poi possono sorgere gli imprevisti.

Molto adeguati nei loro ruoli di contenimento vocale e scenico: l’Annina di Renata Skarelyte, un po’ frettolosa, il Dottor Grenvil di Barnaby Rea, volto noto del teatro, la Flora Bervoix di Jingwen Cai, l’antipatico ma elegantissimo e incisivo Barone Douphol di Siphe Kwani, i corretti Gastone de Letorières di Emyr Lloyd Jones, Marchese d'Obigny di Freddie Tong, Giuseppe interpretato da Luke Price e il Messo delineato da Dawid Kimberg. Erano presenti anche bambini in scena, attori e il balletto del terzo atto.

Gli occhi ringraziano il classicismo dell’impostazione teatrale e scenica, e l’assenza di proposte piene di nulla, con quel vuoto a buon mercato con cui talvolta si tenta – inutilmente – di proporre produzioni “d’avanguardia” o “diverse”. È stato un piacere. Il pubblico ha applaudito, compiaciuto. La sala, gremita di persone di tutte le origini, vestite nei modi più diversi, parlando in innumerevoli lingue, perché, anche se viviamo tempi poco gloriosi, tra conflitti e disastri naturali e politici, con poche speranze vitali, Londra, of course, resta sempre Londra.

Alicia Perris


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