lunes, 13 de abril de 2026

BÉRÉNICE EN LOS TEATROS DEL CANAL: LIBÉRRIMO CASTELLUCI, ADMIRADA HUPPERT Y CASI AUSENTE JEAN RACINE (1639-1699), EL AUTOR


Estreno en la Comunidad de Madrid

País: Italia y Francia

Idioma: francés (con sobretítulos en español)

Duración: 1 h 30 min

Aviso: luces estroboscópicas, desnudos integrales y máquina de humo

12 de abril, 2026. Teatros del Canal

Con Isabelle Huppert, la participación de Cheikh Kébé y Giovanni Armando Romano y la presencia de 12 intérpretes locales

Concepción y dirección: Romeo Castellucci

Música original: Scott Gibbons

Vestuario: Iris van HerpenUna producción de: Societas, Cesena; Printemps des Comédiens / Cité Européenne du Théâtre et des arts associés – Domaine d’O, Montpellier

Coproducción: Théâtre de La Ville Paris – France; Comédie de Genève, Switzerland; Ruhrtriennale, Germany; Les Théâtres de la Ville de Luxembourg; deSingel International Arts Center, Belgium; Festival Temporada Alta, Spain; Teatro di Napoli – Teatro Nazionale, Italy; Onassis Culture – Athens, Greece; Triennale Milano, Italy; National Taichung Theater, Taiwan; Holland Festival, Netherlands; LAC Lugano Arte e Cultura, Switzerland; TAP – Théâtre Auditorium de Poitiers, France; La Comédie de Clermont-Ferrand – Scène Nationale, France; Théâtre national de Bretagne – Rennes, France. Con el apoyo de la Fundación Hermès

Como escribe el mismo director de escena:

"Romeo Castellucci transforma una tragedia clásica en un monólogo protagonizado por una de las grandes figuras de la escena mundial: Isabelle Huppert. Un espectáculo sobre la locura, la verdad y la mentira de amar y ser amado.

Bérénice es probablemente la “tragedia” más inmóvil, estática y desconcertante jamás concebida. Y, sin embargo, Bérénice -podría decirse- soy yo. En escena, como una estrella fija, una sola actriz encarna a Bérénice: Isabelle Huppert, la sinécdoque del arte de la interpretación en el teatro occidental. Ella es la actriz, pero también la actriz, por definición. Es el teatro mismo, que se manifiesta en ella, incluso antes del significado que conlleva. Casi todos los sonidos de esta obra, tanto los oídos como los no oídos, son generados por su voz, procesada por el artista sonoro Scott Gibbon"s".

Así se expresa el responsable de la producción en sentido amplio, el artista italiano de Cesena, Castellucci, que sin duda tiene ideas propias sobre lo que significa una obra del siglo XVII francés, como las de Corneille o incluso Molière y se lanza a una recreación que despoja de todo significado el original, donde los preciosos alejandrinos se ven deslavazados o se oyen distorsionados, en la boca de una de las estrellas del cine y del teatro francés: Isabelle Huppert. Sucede desde hace décadas, que muchos registas traducen las obras a su universo y desde ahí no les queda hueco para la propia manifestación del autor o del compositor. Las audiencias se congratulan y la crítica aplaude. Hay algo de snobismo y tal vez de incultura en todo ello.

Aquí, la consagrada actriz francesa que a sus setenta y tres años continúa filmando y actuando profusamente, queda diluida en una escenificación de seguramente, algo diferente de la definición de Racine. La historia se difumina: la conquista romana de Tito en Judea- de la que quedó su arco con la menorah judía como trofeo incisa en el complejo del Foro, Palatino y Coliseo-, ahíto de turistas cada día, resulta un desencuentro entre antiguos enamorados por razones de estado, pero hubo y sigue habiendo en la región las cenizas incandescentes de aquellos fuegos. Se relevan los imperios, pero quedan los odios y la sed de venganza.

Hay desnudos integrales, actores y bailarines en un intermezzo desenfocado que no viene a cuento en la narrativa original, telas que envuelven y salen de una lavadora. Paseos vacuos por el escenario de unos y otros secundarios y un radiador al que se abraza la protagonista abandonada. También un supuesto busto del emperador ausente. Hay un grupo de senadores bien vestidos, al fondo del escenario.

Un monólogo femenino doloroso y a ratos, desencuadernado, acompañado de luces estroboscópicos, ruidos de todo tipo y humo, mucho humo en la sala, que trajo algunas toses y muchos estornudos. El corpus parece concebido ad maiorem gloriam de Huppert, pero no, es para ensalzar la figura aparentemente transgresora del "metteur en escène", que en realidad se aferra a trucos y elementos que ya estaban en boga en la década de los 70 y los ochenta, cuando aparecieron en Europa y sobre todo en España, las nuevas concepciones de un teatro transformador y reformista, en busca de nuevas soluciones escénicas y espaciales.

Se saca poco partido de una actriz que se vinculó siempre a roles de dominatrix, de mujeres fuertes de la Biblia, que no claudican, pero no esta vez, aunque a Bérénice no le falta capacidad de decisión ni una excelente valoración de la situación.

Quién no recuerda a la actriz favorita de Jean Racine en estos roles (nos lo cuentan los viejos escritores de otros tiempos), la Champmeslé (Marie Desmares), musa y amante suya, a Gabrielle Réjane, del siglo XIX y a Sarah Bernhardt y más modernamente, a María Casares, dando vida a la Sanseverina. Heroínas modestas, pero ¡qué talento! Sin contar con las fulgurantes estancias del Rodrigo que Pierre Corneille, otro grande junto a Racine del siglo XVII, brindó a un Gérard Philipe que nos las nos regaló para la eternidad. Sin decorados, el pecho hacia adelante y la mano en la espada. La voz angélica modulando sus imposibles amores con Jimena. La pasión, la conmoción, la violencia y la dulzura del verso, humano, muy humano.

Hubo muchos aplausos, algunas bajas durante la función. Las tres funciones con la sala completamente llena. A Isabelle Huppert, que en un momento de la representación cambió el nombre de Bérénice por el suyo propio, como para apropiarse totalmente del personaje, la preceden en Madrid, sobre todo sus películas, su genio y su longevidad artística. Sin embargo, todo es opinable, alguien susurró, sin reparos en las filas de atrás de la platea: "¿Vaya castaña!". Otro, francófilo o francés, bromeando con la famosa cita de Molière de su Les fourberies de Scapin, exclamó mientras iba hacia la salida: "Que diable allais-je faire dans cette galère?"

Alicia Perris  

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