Ópera en cuatro actos de Giuseppe
Verdi (1813-1901). Libreto de Antonio
Ghislanzoni y Camille du Locle, inspirado en un texto del egiptólogo francés
Auguste Mariette “Bey”. 23 de junio de 2026, primer elenco.
Estreno el 24 de diciembre de 1871 en el Teatro de Ópera
del Jedive de El Cairo
CASA RICORDI S.R.l.,
DI MILANO
Dirección musical Daniele
Callegari
Dirección de escena, escenografía
e iluminación Paco Azorín
Dirección de movimiento y
dramaturgia: Carlos Martos de la Vega
Diseño de vestuario: Ana Garay
Diseño de vídeo: Pedro Chamizo
Real Orquesta Sinfónica de
Sevilla
Coro Teatro de la Maestranza dirección, Íñigo Sampil
Nueva producción del Teatro de la Maestranza en coproducción con ABAO
Bilbao Ópera, Auditorio de Tenerife, Teatro Municipal de
Santiago
de Chile y Teatro Nacional de São Carlos de Lisboa. Con la participación del
Festival Perelada
Elenco
El Rey
Manuel Fuentes
Amneris,
su hija Ketevan Kemoklidze
Aida,
esclava etíope Marigona Qerkezi
Radamès, capitán de los
ejércitos Alejandro Roy
Ramfis,
sumo sacerdote Insung Sim
Amonasro, rey de Etiopía, padre de Aida Ernesto Petti
Un
mensajero Néstor Galván
La gran
sacerdotisa Patricia Calvache
Odiseo
(funambulista) David Marco
“Verdi es el autor
más popular, en el mundo. Y es el compositor que ha sido más traicionado en el
mundo”. Entrevista de Martín Liut, La Nación, a Riccardo Muti en Argentina, 1 de septiembre, 2001
Esta nueva
“construcción” de Aída, literal, tiene lugar en El Teatro de la Maestranza, con
seis funciones y dos elencos. Se trata de la sede de la ópera de Sevilla y
sirve como sede permanente de la Real Orquesta Sinfónica de esa ciudad (ROSS),
inaugurada en 1991. El edificio constituye uno de los más singulares de la
ciudad, ubicado junto a la Torre del Oro y a la Plaza de toros de la Real
Maestranza, cerca del río Guadalquivir. Es obra de los arquitectos Aurelio del
Pozo y Luis Marín. Heredera del Teatro de San Fernando, que abrió en 1847 y fue
derribado en 1973. Fue inaugurada el 2 de mayo de 1991 y a partir de entonces
han pasado por él grandes figuras de la música internacional como Montserrat
Caballé, Plácido Domingo, Alfredo Kraus o Luciano Pavarotti entre otros.
La sala principal
tiene forma cilíndrica con una capacidad para 1800 espectadores, poseyendo una
cúpula de 47,20 metros y una boca de escena de 18,9 por 9,5 metros. Se
distribuye en platea, dos terrazas, un balcón y paraíso. Gracias a su acústica
variable, se pueden representar distintos espectáculos, desde óperas hasta
conciertos de música clásica y recitales, pasando por flamenco, ballet y
zarzuelas.
El complejo contiene
salas de teatro experimental, exposiciones, conferencias y un centro de
investigaciones culturales. Es de destacar la sala Manuel García, en la que se
representan óperas de cámara y pequeño formato. La Real Orquesta Sinfónica de
Sevilla (ROSS) no solo participa habitualmente en las representaciones
operísticas, sino que a lo largo de la temporada desarrolla aquí una intensa
temporada de conciertos.
No hay que reiterar
información sobre esta notable y apabullante partitura del maestro Verdi,
conocida a la perfección por la crítica, los artistas y el gran público. Aida
fue estrenada en el Teatro de Ópera del Jedive en El Cairo el 24 de diciembre
de 1871, dirigida por Giovanni Bottesini. Este nombre se popularizó tras el
éxito de la ópera, ya que no era tradicional y quizá esté inspirado en la
palabra árabe عايدة, que significa
‘visitante’ o ‘que regresa’. Un erudito ha señalado que fue escrita por Temistocle
Solera y no por Auguste Mariette. El libreto de Metastasio Nitteti (1756) fue
una fuente principal de la trama.
Habría que destacar,
sin embargo, brevemente, que Aida cosechó un gran éxito cuando finalmente se
estrenó en El Cairo el 24 de diciembre de 1871. Verdi se acercó con ella al
género de la Grand Opéra, creando una obra espectacular, de gran despliegue
escénico (grandes coros y escenas, efectos especiales). El vestuario, los
accesorios y el escenario para el estreno fueron diseñados por Auguste
Mariette. La corona que ceñía Amneris era de oro macizo y las armas de Radamés
de plata. Era otra época.
Expertos en el tema
señalan que, aunque Verdi no acudió al estreno en El Cairo, estuvo muy
insatisfecho con el hecho de que la audiencia estuviera formada por
dignatarios, políticos y críticos, pero no miembros del público en general. Por
lo tanto, consideró el estreno en Italia (y, por lo tanto, en Europa), el que
tuvo lugar en La Scala de Milán el 8 de febrero de 1872. La ópera no especifica
de manera muy precisa el periodo histórico en que se desarrolla, de manera que
es difícil ubicarla de manera precisa dentro del Reino Antiguo.
Los roles despliegan
fragmentos celebérrimos del universo lírico: Radamès, el general de los
ejércitos egipcios canta «("Celeste Aida")». Se trata de una página
en cuyo recitativo «se quel guerrier io fossi…”se trasluce toda la concepción
verdiana. Amneris, la hija del faraón, por su parte, se define desde el
principio por sus intereses amorosos: Quale insolita gioia nel tuo sguardo /
"En tu mirada veo una alegría insólita") o Vieni, o diletta,
appressati / "Ven, querida mía, acércate"). Igualmente, por parte de
la protagonista, el Ritorna vincitor / "Regresa vencedor", haciendo
suyas las palabras con que los egipcios saludan a Radamés, deseándole la
victoria. Los coros son páginas inmortales y apasionadas, únicas, de una enorme
fuerza. Cada acto, cada cuadro, dejan una estela de talento, de musicalidad
fina, esmerada, con destacados rasgos orientales muy inspirados.

Esta producción en
el Maestranza se caracteriza por una significada e intervencionista
amplificación de la interpretación escénica y teatral de la composición del
compositor, no muy atenta a sus planteamientos originales o históricos. En tiempos estuvieron de moda los directores
musicales tiranos, los cantantes y las cantantes mandones, este parece ser
desde hace tiempo- un momento muy largo e interminable- la época de la
preeminencia de los directores de escena ad libitum. La ópera es teatro, pero
la columna vertebral sigue siendo la música.

De hecho, los
aspectos visuales interfieren a menudo con la palabra, el canto o la evolución
de la historia. La frase «Que
hablen de mí, aunque sea mal» deriva de una célebre cita del escritor
irlandés Oscar Wilde, mientras que la versión popular en español suele
atribuirse al pintor español Salvador Dalí. Es perfecta para referirse a este
montaje peculiar, que ya dio qué contar a los especialistas y a la audiencia,
que no paraba de comentar la labor de Paco Azorín, iluminador, escenógrafo
y director de escena de esta Aída en el entreacto. En la sala no había una sola localidad disponible
y el público resultó ferviente y agradeció a los artistas, a algunos más que a
otros. Según las convenciones disponibles…

No se comentarán
aquí las exhaustivas intervenciones de este “regista” murciano, ni las de
periodistas especializados que acompañan un programa de mano con el texto en
español de la partitura y argumento en castellano e inglés, porque en pocos
días, desde el estreno, esto se ha hecho profusamente. También hubo código QR para
la mayoría presente.
El caso es que
Azorín, enamorado al parecer de Stanley Kubrick, recreó en este espectáculo “Un
viaje. Un tránsito hacia otras realidades del que regresamos transformados, más
conscientes, más sensibles…una experiencia de descubrimiento”. La cuestión
es que, parece no haberlo conseguido para muchos espectadores. Se da un
protagonismo fuera de toda lógica a un personaje inventado, Odiseo (¡recordado
y admirado Homero!), en las artes del funambulista David Marco, auténtico héroe
omnipresente de la representación, aunque no tiene nada que ver con ella. De
hecho, distorsiona el esfuerzo de los cantantes para desarrollar una obra muy
compleja y exigente en lo vocal y en lo teatral. De principio a fin, los pies y
la gestualidad del artista circense escoltan a Radamés, Aída o Amneris, en la
vida y en la muerte, ante la estupefacción de la audiencia.

Muy dramáticos y violentos
los pasajes en que los prisioneros de los vencedores egipcios pueblan el
escenario. Con artefactos luminosos galácticos ad hoc, empalan y agreden a unos
prisioneros no solo martirizados, sino que se describen habiéndoles quitado
todo signo de humanidad. Es verdad que estas desgracias se siguen día a día en
las televisiones de todo el planeta, donde se reviven las guerras demenciales
de Oriente Medio o de la propia Europa, pero la ópera no es un telediario, es
otra cosa. La supuesta demostración del incumplimiento del derecho
internacional civilizado en Gaza o en el Líbano (¡a saber!) no contribuyen a la
causa de la justicia humanitaria donde debería circunscribirse el siglo XXI.
Otros elementos escenográficos se mezclan con
vídeos de dioses egipcios, pirámides (muchas), algunos bonitos, factura de
Pedro Chamizo y el vestuario de
Ana
Garay de los sacerdotes evoca a los
ortodoxos, siempre de negro hasta arriba, con gorros y toscos sayales, más que
a las pinturas de templos y pirámides. No hubiera sobrevivido el clero egipcio
con estos ropajes y esas temperaturas nilóticas. Sin embargo, acertada la
escena con túnicas color pastel con las que juegan Aída y Amneris.
Radamés va vestido
con una levita que no le sienta, mientras que canta Celeste Aída, levantándose
y arrodillándose todo el tiempo (habría que volver al porte relevante de
Bergonzi, Pavarotti o Domingo o Massi más presente en la pupila, bien
cuadrados, los pies separados y firmes, mientras cantaban), tal vez por
indicación de Carlos Martos de la
Vega, a cargo de la dirección de
movimiento y dramaturgia.
Sin embargo, la
envolvente creación de Verdi se salva aquí milagrosamente o por buen hacer. Los
pentagramas y el Egipto que desfilan ante nuestro palacio de la memoria
mientras recordamos el país de siempre, total, oceánico y verdadero. También el
imaginado y soñado de un Terenci
Moix, el de Mika Waltari y su Sinuhé, el egipcio (1945) Christian Jacq o Pauline Gedge, conocida por La dama del Nilo, un brillante relato sobre la reina
Hatshepsut, entre muchos otros, pero no solo este. Por no citar a la decana de
toda esta narrativa, Agatha Christie y su recordada y filmada Muerte en el
Nilo.
Daniele Callegari, el director musical, presente por primera
vez en el Maestranza, no perdió su saber hacer pese al tráfago del escenario.
Dirigió como sabe, atento a los matices, a los planos sonoros, a
los tutti y al desempeño de los solistas y el coro. Sensible fue su lectura de
la obra, sin grandes pretensiones reinterpretativas, pero canónica y ortodoxa.
Muy bien la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla (ROSS), perfectamente integrada en su cometido,
arduo y exigente. El Coro de la
Maestranza, dirigido por Íñigo Sampil, demostró una versatilidad y una destreza que casó con la ROSS y su
eficacia conocida como en Gloria
all’Egitto.
Entre los cantantes,
el tenor spinto Alejandro Roy como Radamès, fue asentándose a lo largo de
la noche, y pudo compaginar en belleza su último dúo con Aída. Se esforzó
claramente durante toda la velada.
La soprano kosovar
Marigona Qerkezi, primera vez también en el Maestranza, se lució en los fragmentos en que
cantó sola, con Amonasro, su padre, Amneris o Radamés. Agotadora prestación
intimista, sutil, con poderoso instrumento, lleno de armónicos y elegancia.
Vibrantes agudos y unos pianissimi muy inspirados. Qerkezi tiene un espléndido
fiato y una técnica evidente. Fantástica en O patria mia, fue muy aplaudida. El
barítono italiano
Ernesto Petti, también debutante en esta sala, fue un
Amonasro robusto y temible que evolucionó sin problemas y cumpliendo sobradamente
con un rol poco positivo.
Amneris fue
defendida por la mezzosoprano Ketevan
Kemoklidze, de un desempeño teatral
muy apreciable y dignísimo en un papel complicado, brumoso psicológicamente, la
del “tercero en discordia” poco amable. Excelente presencia física en el
escenario.
Hay que citar además
al bajo español Manuel Fuentes, de breve intervención como el faraón (el
“rey” aquí) y al surcoreano Insung
Sim como sumo sacerdote Ramfis, algo
envarado, pero con una vocalidad más suelta y también a la soprano Patricia Calvache (la gran sacerdotisa). El último, pero no el
menos importante, el tenor Néstor
Galván el mensajero.
Sevilla es una
ciudad inigualable, para soñar, para enamorarse, para olvidar, para revivir, en
todos los sentidos. Soleada y luminosa. “Noches de luna y clavel”, “entre
palma y fandango” cantó Carlos Cano. Los que vamos a Sevilla no la
perdemos, como dice el conocido refrán, la ganamos. Parece un reclamo
turístico, pero puede ser también arquetípica. Antropológica.
El Maestranza
combinó esta magia, también la del río Guadalquivir (enfrente justo del Maestranza)
con una revisitación de Egipto- la enésima pero nunca la última- de recorridos,
de encuentros, con Zahi Hawass, el arqueólogo, con los magníficos hoteles como
el Winter Palace de Luxor o el Old Cataract de Asuán, míticos, solo para un
café, también por sus narradores como Bettany Hughes, con gentes cálidas,
interesadas, vivas, expectantes. Con el legado de Jean-François
Champollion y los jeroglíficos.

Egipto es icónico,
fundacional y eterno. Con sus falukas, sus dahabiyas, sus papiros y las palmeras,
las telas teñidas en algodón multicolor, los aromas embriagantes como los
collares de jazmines paseados entre las grandes avenidas, y sus burritos, y
esas orillas que parecen fugarse hacia el infinito. La fertilidad extrema de
sus tierras generosas a pesar de la pobreza frecuente de muchos de sus pobladores.
Su magia y las emociones que transmite son para tantos únicas, inenarrables, compañeras
de vida, de sueños, de recuerdos. Como la Aída de Verdi, el gran demiurgo, para
siempre, el Maestro. El alquimista. ¡Más papiro!
Alicia Perris
Fotos. Guillermo Mendo