jueves, 25 de junio de 2026

AÍDA DE VERDI, SUCULENTO FINAL DE LA TEMPORADA DEL TEATRO DE LA MAESTRANZA DE SEVILLA

Ópera en cuatro actos de Giuseppe Verdi (1813-1901). Libreto de Antonio Ghislanzoni y Camille du Locle, inspirado en un texto del egiptólogo francés Auguste Mariette “Bey”. 23 de junio de 2026, primer elenco.

Estreno el 24 de diciembre de 1871 en el Teatro de Ópera del Jedive de El Cairo

CASA RICORDI S.R.l., DI MILANO



 



Dirección musical Daniele Callegari

Dirección de escena, escenografía e iluminación Paco Azorín

Dirección de movimiento y dramaturgia: Carlos Martos de la Vega

Diseño de vestuario: Ana Garay

Diseño de vídeo: Pedro Chamizo

Real Orquesta Sinfónica de Sevilla  

Coro Teatro de la Maestranza   dirección, Íñigo Sampil

Nueva producción del Teatro de la Maestranza en coproducción con ABAO Bilbao Ópera, Auditorio de Tenerife, Teatro Municipal de

Santiago de Chile y Teatro Nacional de São Carlos de Lisboa. Con la participación del Festival Perelada

Elenco

El Rey Manuel Fuentes

Amneris, su hija Ketevan Kemoklidze

Aida, esclava etíope Marigona Qerkezi

Radamès, capitán de los ejércitos Alejandro Roy

Ramfis, sumo sacerdote Insung Sim

Amonasro, rey de Etiopía, padre de Aida Ernesto Petti

Un mensajero Néstor Galván

La gran sacerdotisa Patricia Calvache

Odiseo (funambulista) David Marco

 

“Verdi es el autor más popular, en el mundo. Y es el compositor que ha sido más traicionado en el mundo”. Entrevista de Martín Liut, La Nación, a Riccardo Muti en Argentina, 1 de septiembre, 2001

Esta nueva “construcción” de Aída, literal, tiene lugar en El Teatro de la Maestranza, con seis funciones y dos elencos. Se trata de la sede de la ópera de Sevilla y sirve como sede permanente de la Real Orquesta Sinfónica de esa ciudad (ROSS), inaugurada en 1991. El edificio constituye uno de los más singulares de la ciudad, ubicado junto a la Torre del Oro y a la Plaza de toros de la Real Maestranza, cerca del río Guadalquivir. Es obra de los arquitectos Aurelio del Pozo y Luis Marín. Heredera del Teatro de San Fernando, que abrió en 1847 y fue derribado en 1973. Fue inaugurada el 2 de mayo de 1991 y a partir de entonces han pasado por él grandes figuras de la música internacional como Montserrat Caballé, Plácido Domingo, Alfredo Kraus o Luciano Pavarotti entre otros.

La sala principal tiene forma cilíndrica con una capacidad para 1800 espectadores, poseyendo una cúpula de 47,20 metros y una boca de escena de 18,9 por 9,5 metros. Se distribuye en platea, dos terrazas, un balcón y paraíso. Gracias a su acústica variable, se pueden representar distintos espectáculos, desde óperas hasta conciertos de música clásica y recitales, pasando por flamenco, ballet y zarzuelas.

El complejo contiene salas de teatro experimental, exposiciones, conferencias y un centro de investigaciones culturales. Es de destacar la sala Manuel García, en la que se representan óperas de cámara y pequeño formato. La Real Orquesta Sinfónica de Sevilla (ROSS) no solo participa habitualmente en las representaciones operísticas, sino que a lo largo de la temporada desarrolla aquí una intensa temporada de conciertos.

No hay que reiterar información sobre esta notable y apabullante partitura del maestro Verdi, conocida a la perfección por la crítica, los artistas y el gran público. Aida fue estrenada en el Teatro de Ópera del Jedive en El Cairo el 24 de diciembre de 1871, dirigida por Giovanni Bottesini. Este nombre se popularizó tras el éxito de la ópera, ya que no era tradicional y quizá esté inspirado en la palabra árabe عايدة, que significa ‘visitante’ o ‘que regresa’. Un erudito ha señalado que fue escrita por Temistocle Solera y no por Auguste Mariette. El libreto de Metastasio Nitteti (1756) fue una fuente principal de la trama.

Habría que destacar, sin embargo, brevemente, que Aida cosechó un gran éxito cuando finalmente se estrenó en El Cairo el 24 de diciembre de 1871. Verdi se acercó con ella al género de la Grand Opéra, creando una obra espectacular, de gran despliegue escénico (grandes coros y escenas, efectos especiales). El vestuario, los accesorios y el escenario para el estreno fueron diseñados por Auguste Mariette. La corona que ceñía Amneris era de oro macizo y las armas de Radamés de plata. Era otra época.

Expertos en el tema señalan que, aunque Verdi no acudió al estreno en El Cairo, estuvo muy insatisfecho con el hecho de que la audiencia estuviera formada por dignatarios, políticos y críticos, pero no miembros del público en general. Por lo tanto, consideró el estreno en Italia (y, por lo tanto, en Europa), el que tuvo lugar en La Scala de Milán el 8 de febrero de 1872. La ópera no especifica de manera muy precisa el periodo histórico en que se desarrolla, de manera que es difícil ubicarla de manera precisa dentro del Reino Antiguo.

Los roles despliegan fragmentos celebérrimos del universo lírico: Radamès, el general de los ejércitos egipcios canta «("Celeste Aida")». Se trata de una página en cuyo recitativo «se quel guerrier io fossi…”se trasluce toda la concepción verdiana. Amneris, la hija del faraón, por su parte, se define desde el principio por sus intereses amorosos: Quale insolita gioia nel tuo sguardo / "En tu mirada veo una alegría insólita") o Vieni, o diletta, appressati / "Ven, querida mía, acércate"). Igualmente, por parte de la protagonista, el Ritorna vincitor / "Regresa vencedor", haciendo suyas las palabras con que los egipcios saludan a Radamés, deseándole la victoria. Los coros son páginas inmortales y apasionadas, únicas, de una enorme fuerza. Cada acto, cada cuadro, dejan una estela de talento, de musicalidad fina, esmerada, con destacados rasgos orientales muy inspirados.

Esta producción en el Maestranza se caracteriza por una significada e intervencionista amplificación de la interpretación escénica y teatral de la composición del compositor, no muy atenta a sus planteamientos originales o históricos.  En tiempos estuvieron de moda los directores musicales tiranos, los cantantes y las cantantes mandones, este parece ser desde hace tiempo- un momento muy largo e interminable- la época de la preeminencia de los directores de escena ad libitum. La ópera es teatro, pero la columna vertebral sigue siendo la música.

De hecho, los aspectos visuales interfieren a menudo con la palabra, el canto o la evolución de la historia. La frase «Que hablen de mí, aunque sea mal» deriva de una célebre cita del escritor irlandés Oscar Wilde, mientras que la versión popular en español suele atribuirse al pintor español Salvador Dalí. Es perfecta para referirse a este montaje peculiar, que ya dio qué contar a los especialistas y a la audiencia, que no paraba de comentar la labor de Paco Azorín, iluminador, escenógrafo y director de escena de esta Aída en el entreacto. En  la sala no había una sola localidad disponible y el público resultó ferviente y agradeció a los artistas, a algunos más que a otros. Según las convenciones disponibles…

No se comentarán aquí las exhaustivas intervenciones de este “regista” murciano, ni las de periodistas especializados que acompañan un programa de mano con el texto en español de la partitura y argumento en castellano e inglés, porque en pocos días, desde el estreno, esto se ha hecho profusamente. También hubo código QR para la mayoría presente.

El caso es que Azorín, enamorado al parecer de Stanley Kubrick, recreó en este espectáculo “Un viaje. Un tránsito hacia otras realidades del que regresamos transformados, más conscientes, más sensibles…una experiencia de descubrimiento”. La cuestión es que, parece no haberlo conseguido para muchos espectadores. Se da un protagonismo fuera de toda lógica a un personaje inventado, Odiseo (¡recordado y admirado Homero!), en las artes del funambulista David Marco, auténtico héroe omnipresente de la representación, aunque no tiene nada que ver con ella. De hecho, distorsiona el esfuerzo de los cantantes para desarrollar una obra muy compleja y exigente en lo vocal y en lo teatral. De principio a fin, los pies y la gestualidad del artista circense escoltan a Radamés, Aída o Amneris, en la vida y en la muerte, ante la estupefacción de la audiencia.

Muy dramáticos y violentos los pasajes en que los prisioneros de los vencedores egipcios pueblan el escenario. Con artefactos luminosos galácticos ad hoc, empalan y agreden a unos prisioneros no solo martirizados, sino que se describen habiéndoles quitado todo signo de humanidad. Es verdad que estas desgracias se siguen día a día en las televisiones de todo el planeta, donde se reviven las guerras demenciales de Oriente Medio o de la propia Europa, pero la ópera no es un telediario, es otra cosa. La supuesta demostración del incumplimiento del derecho internacional civilizado en Gaza o en el Líbano (¡a saber!) no contribuyen a la causa de la justicia humanitaria donde debería circunscribirse el siglo XXI.

 Otros elementos escenográficos se mezclan con vídeos de dioses egipcios, pirámides (muchas), algunos bonitos, factura de Pedro Chamizo y el vestuario de Ana Garay de los sacerdotes evoca a los ortodoxos, siempre de negro hasta arriba, con gorros y toscos sayales, más que a las pinturas de templos y pirámides. No hubiera sobrevivido el clero egipcio con estos ropajes y esas temperaturas nilóticas. Sin embargo, acertada la escena con túnicas color pastel con las que juegan Aída y Amneris.

Radamés va vestido con una levita que no le sienta, mientras que canta Celeste Aída, levantándose y arrodillándose todo el tiempo (habría que volver al porte relevante de Bergonzi, Pavarotti o Domingo o Massi más presente en la pupila, bien cuadrados, los pies separados y firmes, mientras cantaban), tal vez por indicación de Carlos Martos de la Vega, a cargo de la dirección de movimiento y dramaturgia.

Sin embargo, la envolvente creación de Verdi se salva aquí milagrosamente o por buen hacer. Los pentagramas y el Egipto que desfilan ante nuestro palacio de la memoria mientras recordamos el país de siempre, total, oceánico y verdadero. También el imaginado y soñado de un Terenci Moix, el de Mika Waltari y su Sinuhé, el egipcio (1945) Christian Jacq o Pauline Gedge, conocida por La dama del Nilo, un brillante relato sobre la reina Hatshepsut, entre muchos otros, pero no solo este. Por no citar a la decana de toda esta narrativa, Agatha Christie y su recordada y filmada Muerte en el Nilo.

Daniele Callegari, el director musical, presente por primera vez en el Maestranza, no perdió su saber hacer pese al tráfago del escenario. Dirigió como sabe, atento a los matices, a los planos sonoros, a los tutti y al desempeño de los solistas y el coro. Sensible fue su lectura de la obra, sin grandes pretensiones reinterpretativas, pero canónica y ortodoxa.

Muy bien la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla (ROSS), perfectamente integrada en su cometido, arduo y exigente. El Coro de la Maestranza, dirigido por Íñigo Sampil, demostró una versatilidad y una destreza que casó con la ROSS y su eficacia conocida como en Gloria all’Egitto.

Entre los cantantes, el tenor spinto Alejandro Roy como Radamès, fue asentándose a lo largo de la noche, y pudo compaginar en belleza su último dúo con Aída. Se esforzó claramente durante toda la velada. 

La soprano kosovar Marigona Qerkezi, primera vez también en el Maestranza, se lució en los fragmentos en que cantó sola, con Amonasro, su padre, Amneris o Radamés. Agotadora prestación intimista, sutil, con poderoso instrumento, lleno de armónicos y elegancia. Vibrantes agudos y unos pianissimi muy inspirados. Qerkezi tiene un espléndido fiato y una técnica evidente. Fantástica en O patria mia, fue muy aplaudida. El barítono italiano Ernesto Petti, también debutante en esta sala, fue un Amonasro robusto y temible que evolucionó sin problemas y cumpliendo sobradamente con un rol poco positivo.

Amneris fue defendida por la mezzosoprano Ketevan Kemoklidze, de un desempeño teatral muy apreciable y dignísimo en un papel complicado, brumoso psicológicamente, la del “tercero en discordia” poco amable. Excelente presencia física en el escenario.

Hay que citar además al bajo español Manuel Fuentes, de breve intervención como el faraón (el “rey” aquí) y al surcoreano Insung Sim como sumo sacerdote Ramfis, algo envarado, pero con una vocalidad más suelta y también a la soprano Patricia Calvache (la gran sacerdotisa). El último, pero no el menos importante, el tenor Néstor Galván el mensajero.

Sevilla es una ciudad inigualable, para soñar, para enamorarse, para olvidar, para revivir, en todos los sentidos. Soleada y luminosa. “Noches de luna y clavel”, “entre palma y fandango” cantó Carlos Cano. Los que vamos a Sevilla no la perdemos, como dice el conocido refrán, la ganamos. Parece un reclamo turístico, pero puede ser también arquetípica. Antropológica.

El Maestranza combinó esta magia, también la del río Guadalquivir (enfrente justo del Maestranza) con una revisitación de Egipto- la enésima pero nunca la última- de recorridos, de encuentros, con Zahi Hawass, el arqueólogo, con los magníficos hoteles como el Winter Palace de Luxor o el Old Cataract de Asuán, míticos, solo para un café, también por sus narradores como Bettany Hughes, con gentes cálidas, interesadas, vivas, expectantes. Con el legado de Jean-François Champollion y los jeroglíficos.

 

Egipto es icónico, fundacional y eterno. Con sus falukas, sus dahabiyas, sus papiros y las palmeras, las telas teñidas en algodón multicolor, los aromas embriagantes como los collares de jazmines paseados entre las grandes avenidas, y sus burritos, y esas orillas que parecen fugarse hacia el infinito. La fertilidad extrema de sus tierras generosas a pesar de la pobreza frecuente de muchos de sus pobladores. Su magia y las emociones que transmite son para tantos únicas, inenarrables, compañeras de vida, de sueños, de recuerdos. Como la Aída de Verdi, el gran demiurgo, para siempre, el Maestro. El alquimista. ¡Más papiro!

Alicia Perris   

Fotos. Guillermo Mendo

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