GIULIO CESARE IN EGITTO. Georg Friedrich Händel 1685-1759. Ópera en tres actos. Libreto de Nicola Francesco Haym, basado en la obra de Giacomo Francesco Bussoni. Palau de les Arts. Viernes 13 de marzo, 2026
Estreno 20 de febrero de 1724. King’s Theatre, Londres.
Producción de la
ópera de Colonia.
DIRECCIÓN MUSICAL
Marc Minkowski
DIRECCIÓN DE
ESCENA Vincent Boussard
ESCENOGRAFÍA Frank Philipp Schlößmann
VESTUARIO Christian Lacroix
ILUMINACIÓN Andreas Grüter
VÍDEO Nicolas Hurtevent
DRAMATURGIA Svenja Gottsmann
Julio César Aryeh Nussbaum Cohen
CLEOPATRA Marina Monzó
CORNELIA Sara Mingardo
SESTO Arianna Vendittelli
TOLOMEO Cameron Shahbazi
ACHILLA Jean-Philippe McClish
CURIO Bryan
Sala+
NIRENO Lora Grigorieva++
Orquestra de la
Comunitat Valenciana
+Alumni Centre de
Perfeccionament ++Centre de
Perfeccionament
Según establecen
las notas al programa de mano en código BIDI, Georg Friedrich Händel
presentaba en 1724 su undécimo título operístico -de un total de 36- ante un
público londinense que no terminaba de entender el discurso musical continuado
sobre un drama -o una comedia- completa.
El compositor de Sajonia recuperaba de esta forma un libreto de Francesco Bussani escrito según el modelo veneciano, variado de personajes y abundante en situaciones contrastantes. Un libreto inspirado a su vez en la tragedia de Pierre Corneille, La mort de Pompée (1642), ya compuesto en 1676 por Sartorio y con intervención posterior de Nicola Haym, para ofrecer a la audiencia británica aquella variedad escénico-musical que tanto disfrutaba.
Así, Giulio
Cesare, en no pocas cosas precursor de Gluck o Mozart, dejaba para la
posteridad una reflexión final histórica sobre la importancia del Oriente
mediterráneo en la historia de Occidente. Ninguna situación geopolítica podría
estar de más inquietante y dramática actualidad que esta misma.
Marc Minkowski al frente de la OCV, consiguió un enorme
éxito en Les contes d’Hoffmann y el director parisino regresa con la
imperecedera ópera de Händel, uno de los compositores con el que más elogios y
prestigio ha cosechado en su carrera.
Todos los cantantes en les Arts, con una exigencia esperable en partituras compuestas para el lucimiento de gargantas como la de Gaetano Berenstadt, el castrato que en tiempos de Haendel defendió el rol de Ptolomeo, o el de Senesino, llamado realmente Francesco Bernardi, que descolló en su día como Julio César. Esta ópera se convirtió inmediatamente en un éxito y fue representada (con algunos cambios) en 1725, 1730, y 1732 y estrenada también en París, Hamburgo y Brunswick, pero al igual que otras óperas serias de Händel, Julio César cayó en el olvido durante todo el siglo XIX.
Los papeles de César y Cleopatra, cantados por el castrato Senesino y la famosa soprano Francesca Cuzzoni respectivamente, y que abarca ocho arias y dos recitativos accompagnati cada una, agotaban completamente las capacidades vocales de los cantantes. Cornelia y Sesto son más estáticos debido a que están totalmente inmersos en sus emociones primarias, ella con el dolor debido a la muerte de su esposo y constantemente obligada a defenderse de Achilla y Tolomeo, y él consumido por la venganza por la muerte de su padre. De hecho, esta partitura podría haberse llamado también (El duelo por) la muerte de Pompeyo, ya que es un argumento que corre en paralelo a la otra, más conocida y declinada sobre los amores y la alianza política de la reina Lágida y el general romano que escribió La Guerra de las Galias y Vercingétorix.
Cleopatra cuenta con destacadas arias de inmensa intensidad emocional, como “Se pietà di me non sentí” y “Piangerò la sorte mia”. El carácter sensual es descrito magníficamente en el aria” V’adoro, pupille”, en la que Cleopatra, disfrazada de Lidia, se aparece a César rodeada por las musas del Parnaso.
Otros pasajes dignos de mención son, "Tu la mia stella
sei" - Cleopatra en Acto I, escena 9 ,"Va tacito e nascosto" -
Giulio Cesare en Acto I, escena 9; Che Perde Un Momento" - Nireno en Acto
II, escena 1; "L'angue offeso mai riposa" - Sesto en Acto II, escena
6; "Al lampo dell'armi" Giulio Cesare en Acto II, escena 8; "La giustizia ha già sull'arco" -
Sesto en Acto III, escena 6 o, finalmente, pero no los únicos que se podrían
destacar, "Da tempeste il legno
infranto" - Cleopatra en Acto III, escena 7 y "Non ha più che
temere" - Cornelia en Acto III, escena 9.
Históricamente, Cleopatra VII Thea Filopátor —en griego
antiguo, Κλεοπᾰ́τρᾱ Φιλοπάτωρ, romanizado: Kleopátrā Philopátōr (69 a. C.-10 o
12 de agosto de 30 a. C.) fue la última gobernante de la dinastía ptolemaica
del Antiguo Egipto en libertad. Diplomática, lingüista y escritora de tratados
médicos. Era descendiente de Ptolomeo I Sóter, fundador de la dinastía,
general de origen macedonio de Alejandro Magno. Su lengua materna era la koiné
griega y junto a Marco Antonio, heredero político de César después de su
asesinato, dibujan uno de los tríos más formidables de la Historia antigua.
La Cleopatra del Palau es Marina Monzó, elegante,
espigada, cantante de fuste, que inauguraba su carrera en el Barroco. Demostró
sensibilidad, buen gusto y seguridad, con un instrumento fácil en las
agilidades y coloratura, importante fiato y una técnica que le permite
afianzarse en su viaje no solo por el escenario, sino también, recorriendo
graciosa el patio de butacas mientras canta y luce un magnífico vestido ce Christian
Lacroix negro, con peluca, encajes, brillos, calados y agregados
fantasiosos de todo tipo. El público, sorprendido, maravillado, mientras un
pequeño sector de instrumentos desgajado de la gran Orquesta de la Comunidad Valenciana,
dirigido por Clément Poltier- excelente y numerosa aquella- la acompaña,
creando el efecto de eco y de refuerzo de la gran formación central en el foso.
Sin olvidarse por supuesto de la impecable y perfecta ejecución de la trompa
solista y sus maravillosos pasajes.
Julio César, el del paso del Rubicón, gran conquistador, arúspice, mago, demiurgo que fascinó a su época, se atrevió a entreabrir las puertas del Imperio y fue asesinado por ello, cerrando farragosamente el periodo de la República romana, diferente y fundacional. Aquí contratenor, es el norteamericano Aryeh Nussbaum Cohen quien encarna con soltura el papel del “imperator” (“general en jefe”, que no emperador). Posee un registro majestuoso, con notables graves y agudos fáciles y habilidad para las florituras que se le suponen a una tesitura como la suya en los tiempos de los famosos castrati. Su voz es robusta como él mismo, habitado por un ropaje con una toga al final, en capas, que lo acalora desde la suavidad espesa de un abrigo camel.
También se deslizó por entre las filas de platea,
acariciando a parte de la audiencia, y mantuvo un espectacular duelo cómplice
con el violinista Stephan Rouger, que, en la pose y la evocación del
Capriccio de Paganini, trasladó a algunos de los oyentes, a la magnífica
entrada del teatro italiano Carlo Felice de Genova, que recibe a los visitantes
con una estatua de Paganini tocando, que parece haber copiado el músico del
Palau en el medio del escenario.
La mezzosoprano Sara Mingardo, tan conocida, firmó una Cornelia llorosa, contenida, que nunca pierde el norte de los sentimientos, está dentro y fuera de la trama, con una voz, delicada, cálida y plena, llena de matices. Consigue excelentes dúos con el Sesto de Arianna Vendittelli, animosa y eficaz, a pesar de arrastrar un espadón voluminoso a lo largo de la ópera, lo que subraya si cabe más, su fragilidad, pero también su determinación.
El contratenor persa-canadiense Cameron Shahbazi, lleno de
amaneramientos, como tal vez fuera el original, enmarca una psiquis retorcida,
que aprovecha la situación confusa de su país, todo contado con bellas
intervenciones- dentro del peculiar rol que desempeña-. Muy bien además unos
acompañantes indispensables como Jean-Philippe Mcclish como Achilla, Lora
Grigorieva que es Nireno y Bryan Sala, Curio.
Hay que decir cuanto antes que esta producción no hubiera
sido la misma sin la dirección de un maestro experimentadísimo en repertorio
barroco como Marc Minkowski, (a menudo acompañado de Les musiciens du Louvre) sus
músicos ad hoc y los de la Orquestra de la Comunitat Valenciana a pleno
rendimiento y su coro, aunque de escasa presencia aquí.
Y por supuesto, la dirección de escena creativa y brillante,
muy contemporánea sin forzar a los clásicos y la coherencia teatral, de Vincent
Broussard, que hace girar todo con magia en una concepción de cine dentro
del cine.
A la manera de La rosa púrpura del Cairo, cuyo reparto saltaba del celuloide de la pantalla a la sala, incorporando actuaciones de teatro japonés, saltimbanquis y acrobacias y elementos discordantes de atrezzo, como una silla con ruedas de oficina, que sin embargo encajan a la perfección. Algunos objetos devienen símbolos, como la caja roja con la cabeza de Pompeyo, reutilizada luego para guardar sus cenizas, que Cornelia y su hijo señalarán reiteradamente para señalar su luto (impermeable negro y tules) y su propósito de venganza. Y los ibis, aves sagradas de Egipto.
La escenografía, integrada en el corpus lírico, es
inspiración de Frank Philipp Schlößmann, acompañado por la iluminación
de Andreas Grüter. A recordar además, el vídeo de Nicolas Hurtevent y
la coreografía de Svenja Gottsmann.
Christian Lacroix (Arlés, 1951), ya citado, establece dos
niveles de ropa: la de los egipcios y la de los romanos, más seria y menos
dispersa que la anterior, divertida, colorista e ingeniosa. El conjunto es
maravilloso y nuevo, pero no choca, no entorpece la acción ni la música y
enamora y maravilla.
Son veinte años de la institución ya cumplidos y vividos con
excelencia, buscando siempre el pliegue por donde se puede mejorar u ofrecer al
público, todavía más y mejor. El Palau de les Arts se ha convertido en un buque
insignia de la lírica en España, sin alharacas ni pretensiones, sin proponer
precios estratosféricos únicamente pensados para las élites, en cambio sí para
todos los públicos y todas las sensibilidades.
Como dice en la escena I del Acto I, el Giulio Cesare de
Haendel, “Venne, e vide e vinse”. O mejor, en el original latino, dirigiéndose a
los optimates (patricios) del Senado romano, “Veni, vidi, vici”, en el año 47 a.C.,
a propósito de su victoria reciente sobre Farnaces II, rey del Ponto, en la
batalla de Zela. Per molts anys i
gràcies a tothom.
Alicia Perris
Fotos de escena, Miguel Lorenzo y Mikel Ponce


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