lunes, 16 de marzo de 2026

ESPECTACULAR ÚLTIMA REPRESENTACIÓN DE GIULIO CESARE DE HAENDEL, EN EL PALAU DE LES ARTS DE VALENCIA

 GIULIO CESARE IN EGITTO. Georg Friedrich Händel 1685-1759. Ópera en tres actos. Libreto de Nicola Francesco Haym, basado en la obra de Giacomo Francesco Bussoni. Palau de les Arts. Viernes 13 de marzo, 2026

Estreno 20 de febrero de 1724. King’s Theatre, Londres.

Producción de la ópera de Colonia.

DIRECCIÓN MUSICAL   Marc Minkowski

DIRECCIÓN DE ESCENA    Vincent Boussard

ESCENOGRAFÍA   Frank Philipp Schlößmann

VESTUARIO   Christian Lacroix

ILUMINACIÓN   Andreas Grüter

VÍDEO   Nicolas Hurtevent

DRAMATURGIA   Svenja Gottsmann

Julio César  Aryeh Nussbaum Cohen

CLEOPATRA  Marina Monzó

CORNELIA  Sara Mingardo

SESTO  Arianna Vendittelli

TOLOMEO  Cameron Shahbazi

ACHILLA   Jean-Philippe McClish

 CURIO   Bryan Sala+ 

NIRENO   Lora Grigorieva++

Orquestra de la Comunitat Valenciana

+Alumni Centre de Perfeccionament      ++Centre de Perfeccionament

Según establecen las notas al programa de mano en código BIDI, Georg Friedrich Händel presentaba en 1724 su undécimo título operístico -de un total de 36- ante un público londinense que no terminaba de entender el discurso musical continuado sobre un drama -o una comedia- completa.

El compositor de Sajonia recuperaba de esta forma un libreto de Francesco Bussani escrito según el modelo veneciano, variado de personajes y abundante en situaciones contrastantes. Un libreto inspirado a su vez en la tragedia de Pierre Corneille, La mort de Pompée (1642), ya compuesto en 1676 por Sartorio y con intervención posterior de Nicola Haym, para ofrecer a la audiencia británica aquella variedad escénico-musical que tanto disfrutaba.

Así, Giulio Cesare, en no pocas cosas precursor de Gluck o Mozart, dejaba para la posteridad una reflexión final histórica sobre la importancia del Oriente mediterráneo en la historia de Occidente. Ninguna situación geopolítica podría estar de más inquietante y dramática actualidad que esta misma.

Marc Minkowski al frente de la OCV, consiguió un enorme éxito en Les contes d’Hoffmann y el director parisino regresa con la imperecedera ópera de Händel, uno de los compositores con el que más elogios y prestigio ha cosechado en su carrera.

Todos los cantantes en les Arts, con una exigencia esperable en partituras compuestas para el lucimiento de gargantas como la de Gaetano Berenstadt, el castrato que en tiempos de Haendel defendió el rol de Ptolomeo, o el de Senesino, llamado realmente Francesco Bernardi, que descolló en su día como Julio César. Esta ópera se convirtió inmediatamente en un éxito y fue representada (con algunos cambios) en 1725, 1730, y 1732 y estrenada también en París, Hamburgo y Brunswick, pero al igual que otras óperas serias de Händel, Julio César cayó en el olvido durante todo el siglo XIX.

Los papeles de César y Cleopatra, cantados por el castrato Senesino y la famosa soprano Francesca Cuzzoni respectivamente, y que abarca ocho arias y dos recitativos accompagnati cada una, agotaban completamente las capacidades vocales de los cantantes. Cornelia y Sesto son más estáticos debido a que están totalmente inmersos en sus emociones primarias, ella con el dolor debido a la muerte de su esposo y constantemente obligada a defenderse de Achilla y Tolomeo, y él consumido por la venganza por la muerte de su padre. De hecho, esta partitura podría haberse llamado también (El duelo por) la muerte de Pompeyo, ya que es un argumento que corre en paralelo a la otra, más conocida y declinada sobre los amores y la alianza política de la reina Lágida y el general romano que escribió La Guerra de las Galias y Vercingétorix.

Cleopatra cuenta con destacadas arias de inmensa intensidad emocional, como “Se pietà di me non sentí” y “Piangerò la sorte mia”. El carácter sensual es descrito magníficamente en el aria” V’adoro, pupille”, en la que Cleopatra, disfrazada de Lidia, se aparece a César rodeada por las musas del Parnaso.

Otros pasajes dignos de mención son, "Tu la mia stella sei" - Cleopatra en Acto I, escena 9 ,"Va tacito e nascosto" - Giulio Cesare en Acto I, escena 9; Che Perde Un Momento" - Nireno en Acto II, escena 1; "L'angue offeso mai riposa" - Sesto en Acto II, escena 6; "Al lampo dell'armi" Giulio Cesare en Acto II, escena 8;  "La giustizia ha già sull'arco" - Sesto en Acto III, escena 6 o, finalmente, pero no los únicos que se podrían destacar,  "Da tempeste il legno infranto" - Cleopatra en Acto III, escena 7 y "Non ha più che temere" - Cornelia en Acto III, escena 9.

Históricamente, Cleopatra VII Thea Filopátor —en griego antiguo, Κλεοπᾰ́τρᾱ Φιλοπάτωρ, romanizado: Kleopátrā Philopátōr​ (69 a. C.-10 o 12 de agosto de 30 a. C.)​ fue la última gobernante de la dinastía ptolemaica del Antiguo Egipto en libertad. Diplomática, lingüista y escritora de tratados médicos.​ Era descendiente de Ptolomeo I Sóter, fundador de la dinastía, general de origen macedonio ​de Alejandro Magno. Su lengua materna era la koiné griega y junto a Marco Antonio, heredero político de César después de su asesinato, dibujan uno de los tríos más formidables de la Historia antigua.

La Cleopatra del Palau es Marina Monzó, elegante, espigada, cantante de fuste, que inauguraba su carrera en el Barroco. Demostró sensibilidad, buen gusto y seguridad, con un instrumento fácil en las agilidades y coloratura, importante fiato y una técnica que le permite afianzarse en su viaje no solo por el escenario, sino también, recorriendo graciosa el patio de butacas mientras canta y luce un magnífico vestido ce Christian Lacroix negro, con peluca, encajes, brillos, calados y agregados fantasiosos de todo tipo. El público, sorprendido, maravillado, mientras un pequeño sector de instrumentos desgajado de la gran Orquesta de la Comunidad Valenciana, dirigido por Clément Poltier- excelente y numerosa aquella- la acompaña, creando el efecto de eco y de refuerzo de la gran formación central en el foso. Sin olvidarse por supuesto de la impecable y perfecta ejecución de la trompa solista y sus maravillosos pasajes.

Julio César, el del paso del Rubicón, gran conquistador, arúspice, mago, demiurgo que fascinó a su época, se atrevió a entreabrir las puertas del Imperio y fue asesinado por ello, cerrando farragosamente el periodo de la República romana, diferente y fundacional. Aquí contratenor, es el norteamericano Aryeh Nussbaum Cohen quien encarna con soltura el papel del “imperator” (“general en jefe”, que no emperador). Posee un registro majestuoso, con notables graves y agudos fáciles y habilidad para las florituras que se le suponen a una tesitura como la suya en los tiempos de los famosos castrati. Su voz es robusta como él mismo, habitado por un ropaje con una toga al final, en capas, que lo acalora desde la suavidad espesa de un abrigo camel.

También se deslizó por entre las filas de platea, acariciando a parte de la audiencia, y mantuvo un espectacular duelo cómplice con el violinista Stephan Rouger, que, en la pose y la evocación del Capriccio de Paganini, trasladó a algunos de los oyentes, a la magnífica entrada del teatro italiano Carlo Felice de Genova, que recibe a los visitantes con una estatua de Paganini tocando, que parece haber copiado el músico del Palau en el medio del escenario.

La mezzosoprano Sara Mingardo, tan conocida, firmó una Cornelia llorosa, contenida, que nunca pierde el norte de los sentimientos, está dentro y fuera de la trama, con una voz, delicada, cálida y plena, llena de matices. Consigue excelentes dúos con el Sesto de Arianna Vendittelli, animosa y eficaz, a pesar de arrastrar un espadón voluminoso a lo largo de la ópera, lo que subraya si cabe más, su fragilidad, pero también su determinación.

El contratenor persa-canadiense Cameron Shahbazi, lleno de amaneramientos, como tal vez fuera el original, enmarca una psiquis retorcida, que aprovecha la situación confusa de su país, todo contado con bellas intervenciones- dentro del peculiar rol que desempeña-. Muy bien además unos acompañantes indispensables como Jean-Philippe Mcclish como Achilla, Lora Grigorieva que es Nireno y Bryan Sala, Curio.

Hay que decir cuanto antes que esta producción no hubiera sido la misma sin la dirección de un maestro experimentadísimo en repertorio barroco como Marc Minkowski, (a menudo acompañado de Les musiciens du Louvre) sus músicos ad hoc y los de la Orquestra de la Comunitat Valenciana a pleno rendimiento y su coro, aunque de escasa presencia aquí.

Y por supuesto, la dirección de escena creativa y brillante, muy contemporánea sin forzar a los clásicos y la coherencia teatral, de Vincent Broussard, que hace girar todo con magia en una concepción de cine dentro del cine.

A la manera de La rosa púrpura del Cairo, cuyo reparto saltaba del celuloide de la pantalla a la sala, incorporando actuaciones de teatro japonés, saltimbanquis y acrobacias y elementos discordantes de atrezzo, como una silla con ruedas de oficina, que sin embargo encajan a la perfección. Algunos objetos devienen símbolos, como la caja roja con la cabeza de Pompeyo, reutilizada luego para guardar sus cenizas, que Cornelia y su hijo señalarán reiteradamente para señalar su luto (impermeable negro y tules) y su propósito de venganza. Y los ibis, aves sagradas de Egipto.

La escenografía, integrada en el corpus lírico, es inspiración de Frank Philipp Schlößmann, acompañado por la iluminación de Andreas Grüter. A recordar además, el vídeo de Nicolas Hurtevent y la coreografía de Svenja Gottsmann.

Christian Lacroix (Arlés, 1951), ya citado, establece dos niveles de ropa: la de los egipcios y la de los romanos, más seria y menos dispersa que la anterior, divertida, colorista e ingeniosa. El conjunto es maravilloso y nuevo, pero no choca, no entorpece la acción ni la música y enamora y maravilla.

Son veinte años de la institución ya cumplidos y vividos con excelencia, buscando siempre el pliegue por donde se puede mejorar u ofrecer al público, todavía más y mejor. El Palau de les Arts se ha convertido en un buque insignia de la lírica en España, sin alharacas ni pretensiones, sin proponer precios estratosféricos únicamente pensados para las élites, en cambio sí para todos los públicos y todas las sensibilidades.

Como dice en la escena I del Acto I, el Giulio Cesare de Haendel, “Venne, e vide e vinse”. O mejor, en el original latino, dirigiéndose a los optimates (patricios) del Senado romano, “Veni, vidi, vici”, en el año 47 a.C., a propósito de su victoria reciente sobre Farnaces II, rey del Ponto, en la batalla de Zela.   Per molts anys i gràcies a tothom.

Alicia Perris

Fotos de escena, Miguel Lorenzo y Mikel Ponce

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