Producción del Teatro de la Zarzuela (2019), 10 funciones en
2024. Estrenada en el Apolo de Madrid, el 17 de octubre de 1923. Coproducción
del T. de la Zarzuela, el Gran Teatre del Liceu y la Ópera de Lausanne (2019).
Premio Max a la mejor producción lírica (2020).
Ficha Artística
Dirección musical, GUILLERMO GARCÍA CALVO
Dirección de escena y textos hablados, LLUÍS PASQUAL
Escenografía y vestuario, ALEJANDRO ANDÚJAR y ayudantes
diversos: repetidores, de luces, coreografía, vestuario, dirección de escena,
musical, etc.
Iluminación, PASCAL MERAT
Audiovisuales, CELESTE CARRASCO
Coreografía, NURIA CASTEJÓN
Reparto
Doña Francisquita, SABINA PUÉRTOLAS
Fernando, ISMAEL JORDI,
Aurora, la Beltrana, ANA IBARRA
Cardona, ENRIQUE FERRER
Doña Francisca, MILAGROS MARTÍN,
Don Matías, SANTOS ARIÑO,
Lorenzo Pérez, ISAAC GALÁN
Con la participación especial de GONZALO DE CASTRO
(actor/conductor) y LUCERO TENA (castañuelas).
Orquesta de la Comunidad de Madrid. Titular del Teatro de La
Zarzuela, Guillermo García Calvo. Rondalla Lírica de Madrid, “Manuel Gil”,
dirección Antonio ortega
Coro del Teatro de La Zarzuela dirigido por Antonio Faurò,
25 actores/cantantes del Coro Titular de la Zarzuela y bailarines y figurantes.
Con casi tres horas de duración, la última función de Doña Francisquita que cierra la temporada lírica en el Teatro de la Zarzuela, ofrecía una animación sin precedentes: teatro al completo, ni una entrada para ninguna de las funciones y una algarabía general entre asistentes, dentro de la sala y en la plazuela exterior, el personal de sala fantástico como siempre, atento y entregado y un programa de mano corto, suficiente, con otro muy exhaustivo, con artículos de Lluís Pasqual, el director de escena y María Nagore, especialista.
Doña Francisquita es una partitura, probablemente una de las
más notables obras del género grande. El libreto, frecuente: amores
desencontrados, el viejo pretendiente en competencia con el hijo (muchos
ejemplos en la comedia francesa del Molière del siglo XVII), los dos modelos
femeninos, la bailaora/cantaora, mujer de rompe y rasga, desinhibida y libre y
“la discreta”, modosita, casadera, con madre mandona y “chaperonne”, que quiere
pero teme dar el paso, hasta que se decide. Se trata de una geografía sentimental
y psicológica delicada, aunque contundente, de la que se desprende un manantial
de frescura.
Se aprecia el gran genio de Amadeo Vives al reflejar
en su música el alma de Madrid, al crear grandes páginas líricas como la
«Canción del ruiseñor» o la romanza «Por el humo se sabe», o el conocido
fandango del baile de cuchilleros.
La acción dramática original se trastoca porque el
consagrado hombre de teatro Lluís Pasqual la dota de muchas diferencias,
actualizando la propuesta: tres actos en distintos lugares y épocas, siempre in
crescendo la acción y la emoción que despierta el transcurso de la obra y sus personajes.
Puede distorsionar a los defensores de la ortodoxia pero contiene audiovisuales
interesantes y referencias cinematográficas, aunque escasa escenografía,
vestuario del siglo XIX y actuales al final, que no fuerzan ni contrarían en
origen el texto o la música. Poquísimos párrafos hablados y un conductor y
narrador del todo en la voz y actuación de Gonzalo de Castro, omnipresente.
La primera parte transcurre en los años treinta, (con bromas a la fluctuación de gobiernos, república/monarquía) en un estudio de grabación. Algunos podrían pensar que se configura así una versión concierto de facto. El segundo visita los años sesenta y se desenvuelve durante una grabación para la televisión. (Aquí en cambio los chascarrillos son sobre la caza, el dictador y el Pardo). Y el tercero, elegante, hermoso y vibrante tiene el corazón en un estudio de ballet, amplio y al descubierto el escenario, con imágenes al fondo que no disturban sino que complementan el resto.
Se incluyeron imágenes en esta producción de una versión
cinematográfica de Doña Francisquita (1934, firmada por Hans Behrendt, Ibérica
Films) aunque habría que mencionar que además en su día se filmó otra versión. (1952,
Ladislao Vajda, Producciones Benito Perojo).
Fue esta producción de una mirada diferente. Sin embargo
muchas veces el público o la crítica olvidan (les reconforta y tranquiliza
reencontrarse con lo ya vivido, con lo de siempre, con lo esperado) que también
es en el fondo, una cuestión de gustos y de paradigmas la apreciación y la
aprobación o el rechazo de un proyecto teatral o lírico.
Hay mucho de idiosincrático en la factura y en el disfrute a
mitad de camino entre los creadores y la audiencia. Sería más creativo y
realista olvidarse de las posturas monolíticas y unidireccionales, insistiendo
siempre en los mismo enfoques historicistas o tradicionalistas, que son obvios
y no llevan más que la queja fútil e improductiva. Tal vez en el fondo de todo
está la voluntad por parte de los creadores de hoy, de que antiguos discursos o
sociedades sigan teniendo vigencia o se puedan descifrar en estos tiempos de
rapidez y valoraciones epidérmicas.
Puede haber una conexión (y ahí se produce la magia, el placer) o un abismo (y entonces viene el desconcierto o la protesta). Y también debería tejerse cada vez, un margen de confianza, empatía y entrega por ambas partes, algo así como un encuentro amoroso probable cuando se asiste a un espectáculo. Y además hay una labor ímproba detrás de un montaje, a menudo, infravalorada.
En lo que se refiere al baile, precioso, ajustados y bellos
bailarines bien compuestos y fornidos, ágil el paso y la evolución por el
escenario, complejo el ajuste del movimiento entre todos, una coreografía
pensada por Nuria Castejón, siempre en su puesto, con solvencia.
Los textos son francos y en general hay poco disimulo en la
expresión del deseo como motor de la historia: En la Introducción y escena: «¡El
lañador! ¡El que tenga tinaja que componer!» o en el terceto de Fernando,
Cardona y Francisquita: «Peno por un hombre, madre»
Muy en su puesto la Orquesta de la Comunidad, con Guillermo García Calvo al frente, que siempre hace una lectura amable, sin tensiones, musical, intentando compenetrarse y ensamblar todas las variables que hay en escena y en el foso. Igual de cumplidor el Coro de la Zarzuela, con un equilibrado maestro Antonio Fauró, que siempre sabe lo que tiene que hacer y cuál es su lugar en una partitura superpoblada de elementos.
Sabina Puértolas, estamos hablando del primer reparto (hubo dos) es una soprano lírica ligera con facilidad para los agudos y la expresividad actoral, elegante componiendo su personaje, seductora presencia escénica, bella voz y excelente técnica, muy reconocida por los presentes en su romanza del ‘Ruiseñor’ y en los aplausos finales. Estuvo a punto de un bis.
Ismael Jordi siempre se dibuja a sí mismo como un poco torero, en el rol del enamorado volátil pero prudente con el padre. Fiato solvente, gracia, entrega, cantó sin obstáculos una parte compleja, variable, que al alguno les evocaría sin duda a su maestro Alfredo Kraus, siempre citado y recordado.
La mezzo Ana Ibarra tiene empaque vocal y escénico y
defiende muy bien un rol socialmente menos agradecido que el de Francisquita,
pero mueve la acción y tiene seductora presencia por ejemplo, en su traje de
rojos y fucsias “dégradés”. Y se marcó
un “rap” inesperado y genial detrás del fandango, más canónico.
A todos se les pudo comprender lo que decían (casi un
milagro) en un español a menudo castizo y resabiado, divertido, casi olvidado
desgraciadamente. Era un poco la esencia de Madrid. Como la figura del sereno,
que guardaba la llave de todas las puertas y al que había que llamar Con palmas
cuando se volvía tarde por la noche a casa (¡las señoras acompañadas, por
supuesto!) Único, vigilante y conocedor de todo, garantizaba el “orden”
callejero y vecinal durante los años de la dictadura.
El Don Matías del barítono Santos Ariño, fue digno, conservador y lúcido y su voz transmitió con seguridad ese convencimiento. En cuanto al Cardona del tenor Enrique Ferrer, eterno cómplice del protagonista, tuvo un vibrato un tanto excesivamente perceptible, pero acompañó muy adecuadamente en una actuación no muy extensa. Y “fina estampa”.
La Doña Francisca de Milagros Martín, fue una
maravilla de construcción teatral y psicológica, la típica madre pendiente de
todo lo concerniente a su hija y también de sí misma y sus intereses. Martín enarboló
maravillosamente un abanico muy español en los saludos. Bien también y cumplido
aunque breve, Isaac Galán como Lorenzo Pérez.
Al término de la función hubo también flores y homenaje a un
trabajador del Teatro que termina sus colaboraciones por jubilación, porque en
la Zarzuela se comparte y se festeja siempre todo. Se trataba del corista Carlos
Bru: con los mejores auspicios de futuro.
Un gran equipo artístico- siempre hay que insistir y
recordarlo- detrás de los primeros papeles, que apoyó y redondeó un espectáculo
como los que suele brindar el Teatro de La Zarzuela, que cambió en
noviembre de dirección, al frente de la cual está a partir de las temporadas
venideras Isabel María (Isamay) Benavente Ferreras (la Línea, 1965),
licenciada en Derecho por la Universidad de Sevilla y gestora cultural. Estuvo
anteriormente al frente del Teatro Villamarta de Jerez como responsable
artística.
Seguramente- todo
parece ir sobre ruedas- seguirá trayendo a esta sala todos las alegrías y la fascinación
que ejerce en todo tipo de públicos: habituales, expertos, primerizos,
“amateurs”, turistas y amigos del género de todo el espectro de edades. Este
Teatro de la Zarzuela es un compendio de buen hacer de todos y el público
habitual y el ocasional suele salir de las funciones, como esta vez, con
felicidad. Como debe ser, hasta septiembre, muy impacientes, y “con cuerpo de
jota”.
Alicia Perris
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