Ficha Artística
Dirección musical JOSÉ
MIGUEL PÉREZ-SIERRA
Dirección de escena CHRISTOF
LOY
Escenografía MANUEL
LA CASTA
Vestuario ROBBY
DUIVEMAN
Iluminación ALBERT
FAURA
Movimiento escénico MÓNICA
DOMÍNGUEZ
Reparto
Juanillo BORJA QUIZA
Soleá MIREN
URBIETA-VEGA
Rafael RAFAEL
HUMBERTO ROJAS
Frasquita MILAGROS MARTÍN
Gitana MARÍA LUISA
CORBACHO
Padre Antón MANEL
ESTEVE
Hormigón GERARDO
BULLÓN
Loliya ADRIANA VIÑUELA*
Caireles PABLO
GÁLVEZ
Pezuño ALONSO
GABARRÚS
Recalcao ALBERTO
CAMÓN*
Pastorcillo SARA
ROSIQUE/PATRICIA ILLERA*
Vendedor JAVIER
ALONSO*
Alguacilillo ALBERTO
CAMÓN *
Peones JOAQUÍN
CÓRDOBA / PEDRO PRIOR / DAVID VILLEGAS*
(* Integrantes del Coro Titular del Teatro de la Zarzuela)
Orquesta de la Comunidad de Madrid, Titular del Teatro de La
Zarzuela
Director José Miguel
Pérez-Sierra
Coro del Teatro de La Zarzuela. Director Antonio Fauró
Pequeños Cantores de la ORCAM. Directora: Ana González
Se escribe que la ópera española “El gato Montés” tuvo
diferentes versiones en producciones históricas con artistas como Miguel Roa y
Emilio Sagi, con cantantes de la talla de Plácido Domingo o puestas, más
recientemente con Óliver Díaz o Cristóbal Soler y José Carlos Plaza.
La que se propone este año y que finaliza el “curso” del Teatro antes de la pausa estival, cuenta con el frecuentado y de moda director de escena alemán Christof Loy, sobre todo presente en nuestro territorio, en el Teatro Real. Se la había encomendado en su día Daniel Bianco, el anterior director artístico del Teatro de la Zarzuela.
Los expertos de la sala de la plazuela de Teresa Berganza,
la consideran una propuesta ambiciosa, apuesta clara de Penella por la ópera
popular española. El celebérrimo pasodoble con el que muchos diestros enhebran
su paseíllo en las plazas casi oculta la existencia de la gran obra del artista.
Forma parte de la estructura emocional y atávica de los españoles. Es icónico.
Una vez más la tauromaquia, no como arte, sino como ceremonial truculento del sacrificio del toro.
Penella llevó su partitura por España y América —desde Argentina a Estados Unidos— con un considerable éxito. Ahora vuelve a este escenario, perfumada a partir del ambiente decimonónico de la Carmen de Georges Bizet, aunque la del maestro valenciano es una respuesta local, la que muchos interpretaron como una construcción más realista de las tragedias patrias con dama, torero y galán multiforme frente a la Carmen concebida por la pluma de Mérimée, más idealizada y romántica.
El Gato Montés es una síntesis dramática y estética que se
instala en el tenebrismo español y enlaza melodías con gran vuelo a lo largo de
sus tres actos y cinco cuadros.
Se trata de la primera producción que Christof Loy va a hacer en el Teatro de la Zarzuela. Cualquier artista tiene al alcance de su psiquis y su talento, la interpretación y plasmación de realidades diferentes a las suyas propias o a las de su cultura. En este caso, con Loy se echa de menos la descripción de una España donde faltan los trajes de lunares, las rejas, los balcones, las peinetas y los geranios, los trajes de luces de los matadores, la algarabía- en fin- por poner solo unos ejemplos trillados. Y claro está, “La niña que riega la albahaca” (si hubiera que hacer un guiño amoroso y entregado a Federico). La pasión, esta vez, parece un comportamiento aprendido no el torrente sanguíneo que fluye desde las arterias de un individuo o de un pueblo.
La abstracción germanizante casa bien con un Wagner o un
Ricahrd Strauss pero congela en parte esa alma andaluza donde se fragua esta
tragedia, a pesar del lenguaje del sur que se quiere evocar de modo genérico y
falto de matices (la desaparición de consonantes, la falta de pronunciación de
la “Z” …). En la primera escena, se piensa en Federico García Lorca y sus
mujeres: contraídas, rígidas, inmersas en un entorno asfixiante y
predeterminado por el lugar y la época. Los hombres imponen el orden patriarcal
(el marido, el amante, el novio o el cura), pero siempre una función, una geografía
lírica, deberían verse con una mirada opinable. Hay para todos los gustos.
Porque se encuentra mucho de subjetivo en el placer y la apreciación de una obra de arte. Hay comunicabilidad, empatía, proyección del oyente y el espectador, o no la hay. En cualquier caso, no falta el “sensucht” (anhelo, añoranza, nostalgia) del que hablaba el musicólogo Carlos Suffern (de conmovida memoria) y eso sí lo puede ofrecer la narrativa alemana. Muy a menudo, como decía Jean Paul Sartre en su obra teatral Huis Clos (1944), L´enfer, c´est les autres” (“El infierno son los otros”).
La escenografía de Manuel la casta, fría, en blancos
rotos, grises o tonos oscuros, concuerda muy bien con el imaginario de Loy, así
como el vestuario algo anodino e intemporal de Robby Duiveman y la
iluminación de Albert Faura, que sin embargo aporta positividad al
corpus, al igual que el movimiento escénico de Mónica Domínguez. Hay como
un toque helado del máximo exponente del paisajismo alemán, Caspar David Friedrich
(1774-1840) en la escena, pero la música, con la orquesta y los cantantes, le
devuelven el calor, la temperatura vital.
Un aparte para el programa- joya de pago, exhaustivo y
cuidadísimo, como todos los de La Zarzuela y la aportación de uno más breve que
no obliga a la audiencia a rastrear el código habitual por los pasillos del
teatro.
La Orquesta de la Comunidad de Madrid estuvo a la
altura del empuje de una batuta sabia y conocedora de la obra y sus
particularidades como la de José Miguel Pérez-Sierra, siempre admirado y
esperado, confiable, franco en el pedir homogeneidad y delicadeza a los
músicos, con una interpretación aquilatada y sensible del ambiente operístico,
atendiendo al equilibrio sonoro-complicado- con los cantantes.
El Coro Titular del Teatro de la Zarzuela, dirigido por Antonio Fauró, continúa escandiendo zarzuelas y óperas con una facilidad que proviene de una labor concienzuda y constante de las voces, atenta. Muy bien. Lo mismo podría comentarse del trabajo incansable de la directora Ana González, al frente del Coro de los Pequeños Cantores de la ORCAM, a punto, en orden y con una dedicación extrema a la hora de captar climas y descifrar atmósferas musicales.
Borja Quiza, barítono, es en el segundo elenco, Juanillo,
el Gato Montés. Nacido en Ortigueira, La Coruña, ha actuado en grandes teatros
de ópera nacionales e internacionales. En el Teatro de la Zarzuela es muy
conocido y apreciado (ver “El barberillo de Lavapiés” o “Pan y toros” y “La
verbena de la Paloma”). Frente a otras interpretaciones del rol en apariencia más
robustas o viriles, su Gato tiene mucho de doliente, de resignado, de
profundamente humano. No hay ferocidad en él sino una herida original profunda
y grande. Y un interminable lamento. Ese que se llevó al monte.
La voz de Quiza es de una galanía evidente, y la dota de
todos los claroscuros que su capacidad de captar un personaje pone a su
disposición.
Miren Urbieta-Vega, soprano lírica vasca, compone una
Soleá dulce y algo melancólica, muy lejana de aquella Carmen francesa que
caracoleaba en ese mundo de gitanos, toreadores y soldadesca. “Hay mucha
presencia vocal y frases muy líricas y amplias”, que resuelve Miren con
facilidad y elegancia. Es segura y convence plenamente. Premiada además en los
concursos Francesc Viñas (2014), Premios Líricos Campoamor (2015), Concurso
Internacional de Bilbao (2012) y Concours Bordeaux Médoc Lyrique (2016).
Rafael Humberto Rojas, es un torero versátil, con temperamento y conciencia de su posición en la vida y en el ruedo. Religioso, como suelen serlo los toreros, quiere claridad en las cuestiones personales y cuando la situación se oscurece vuelve al refugio sempiterno y freudiano de la figura materna. Mexicano, cuenta con un timbre y una emisión claras, un instrumento fresco. Sobre su papel expresó:” Es sumamente complejo y difícil de interpretar. Al acercarse a ese perfil hay que tener en cuenta esos fantasmas de a donde se puede llegar cuando uno no está en contacto con ese tipo de maneras de expresar una masculinidad”.
La gitana María Luisa Corbacho, buena voz,
(igual que la Soleá protagonista, pero más racial y arquetípica) lee las cartas
con malos augurios mientras se desliza cautamente entre la concurrencia. Cumple
con un rol, un oficio, no por conocido menos afilado y conseguido.
Milagros Martín, mezzosoprano, interpreta a una madre andaluza reconocible, un modelo y se trata de una cantante habitual en el Teatro de la calle de Jovellanos: su repertorio es amplísimo. Desempeña siempre una labor vocal y teatral sin fallas.
El Padre Antón que declinó el barítono catalán Manel Esteve fue de una pieza, el único elemento luminoso y paciente en una ópera donde casi todos van traspasando los límites y corriendo hacia la muerte sin remedio. Bella y sedosa voz baritonal. Excelentes el madrileño Gerardo Bullón como Hormigón y acertados en sus apariciones más cortas Adriana Viñuela como Loliya, Pablo Gálvez, Caireles, Alonso Gabarrús, el Pezuño, Alberto Camón, Recalao y los pastorcillos Sara Rosique y Patricia Illera.
Hubo muchos aplausos y la sala estaba al completo, organizada
la distribución de asientos y de los tiempos en el intervalo, como siempre, por
los responsables de sala que hacen su labor como si fuera su primer día. El Teatro
de La Zarzuela- ya se dijo reiteradamente- es habitualmente un proyecto de
equipo, no solo musical y teatral, sino además humano. Fina y sutil
arquitectura de encajes y puntillas. Gracias a todos y excelente verano.
Alicia Perris








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