domingo, 29 de septiembre de 2013

PLACIDO DOMINGO & JONAS KAUFMANN: SER O NO SER

 
Sebastian Spreng Especial/El Nuevo Herald
Nunca tan vigente el ser o no ser en estos tiempos vertiginosos que impulsan y obligan a saltar fronteras. A propósito del bicentenario de Verdi no podían faltar dos recitales que invitan a recordar coincidencias entre sus intérpretes. Y reaparece la vieja controversia cada vez que Plácido Domingo canta como barítono y Jonas Kaufmann como tenor verdiano.
No es preciso recordar que el español es –quizá junto a Callas– el más versátil, popular y, en definitiva, asombroso cantante lírico del último medio siglo. Asombro que también aplica a su vigencia y envidiable estado vocal ya pasados los 70, récord que pocos pueden ostentar. Todoterreno tan irrepetible como inimitable, el “inoxidable” Domingo parecería querer finalizar su carrera tal como la empezó, es decir, en la cuerda de barítono de la que pronto se mudó hacia la de tenor para, sumándole notables condiciones histriónicas, tener pocos o ningún rival.
Pero esta suerte de válido retorno a sus raíces no está libre de escollos. Esencialmente porque Domingo no es un barítono y en consecuencia, el recital queda en la categoría de lo anecdótico. Sus incursiones escénicas se ven imbuidas de un oficio y magnetismo capaces de convencer a vastos sectores de la audiencia pero en disco la situación cambia. Siguen presentes sus “marcas de fábrica”: admirable línea de canto, fraseo que hace un recitativo tan importante como el aria, una lozanía vocal que no deja de sorprender sumada a la expresividad lograda en el Cortigiani o Eri tu. Con todo, no puede enmascarar ser un tenor tratando de cantar como barítono verdiano.
Si el público ha disfrutado y aceptado a sopranos que con el tiempo han devenido en mezzos con variables resultados y en todos los casos para seguir gozando de artistas de especial calibre artístico; en el renglón masculino no aplican las mismas reglas. En síntesis, debe verse como un gusto personal que se da el veteranísimo artista que cuenta con el impecable marco creado por Pablo Heras Casado y la orquesta de la comunidad valenciana. Ante esta nueva reinvención del ídolo, la audiencia seguirá dividida por un recital anecdótico como su imagen que en la portada “parafrasea” al famoso retrato de Verdi firmado por Boldini
Nadie esperaba que el cetro de Domingo no recayera en los candidatos promovidos como tales, menos aún en un tenor venido del otro lado de los Alpes: Jonas Kaufmann, hasta ahora, su más firme sucesor. Ambos han coincidido en personajes donde demostraron absoluto dominio –Siegmund, Werther, Lohengrin o Parsifal–; ambos han transitado caminos opuestos, Domingo incorporó Wagner en su madurez (intentó Lohengrin en 1968 pero decidió esperar 15 años) como ahora Kaufmann hace con Verdi.
Aquí tampoco se está frente al típico tenor verdiano. Quienes critiquen su emisión poco ortodoxa cuando no poco “italiana”, no podrán negar su soberbia expresividad y excepcional carga dramática. En ese recorrido por la galeria verdiana, el menos afortunado es el conde de Mantua seguido por una sucesión de formidables retratos desde Celeste Aida a Quando le sere al placido, saliendo también airoso como Don Carlo y Manrico. El muniqués maneja sabiamente una peculiar combinación de ternura y fiereza gracias a un metal que alterna con exquisitos claroscuros traducidos en espléndida media voz y pianísimos. 

Domingo se dio el gusto con Tristán, no estará lejos el día en que Kaufmann intente Otello. Cabe recordar que cuando el español debutó como el moro a los 35 años, se alzó un coro de voces agoreras –incluida la mismísima Renata Tebaldi –pronosticando el fin de una carrera. A los 44, Kaufmann espera por la oportunidad que no tardará en llegar. Mientras tanto, los dos momentos más reveladores del cedé son Dio Mi potevi scagliar y Niun mi tema, plenos de una declamación afilada, emoción controlada y apabullante intensidad que en timbre y color vuelve a evocar a Jon Vickers. Lo acompaña la orquesta del teatro de Piacenza bajo la dirección de Pier G. Morandi También la lírica vive tiempos difíciles, osados, irreverentes, fascinantes. Dos artistas en todo sentido diferentes, y por ende polémicos. Saben mantener en vilo a su audiencia y a raya a sus detractores. Vuelve a confirmarse el eterno desafío y la acuciante responsabilidad de ser o no ser.

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