«Le Moulin de la Galette», de Pablo Picasso, en el Museo Guggenheim
Bilbao -
EFE. PABLO PAZOS
Al acceder a la sala 305 del Museo Guggenheim Bilbao, ahí está
Picasso. «Le Moulin de la Galette», pintado en 1900, da la bienvenida al
visitante de la exposición «Panoramas de la ciudad. La Escuela de
París, 1900-1945», que la pinacoteca vasca
albergará hasta el próximo 23 de octubre. «Es una colección, no pretende ser la
exposición definitiva sobre la escuela de París, es esta idea de mirar al
nacimiento del "Avant Garde”», advierte Lauren Hinkson, curator adjunta de
colecciones del Solomon R. Guggenheim Museum de Nueva York, tras explayarse
largo y tendido sobre cada una de las obras de la exposición de la que es
comisaria.
«Observé cuáles eran las relaciones entre los artistas y quise mostrar a
algunos en profundidad», explica. «Aunque podría haber elegido una obra de cada
artista, elegí no hacer eso, quería
mostrar las diferencias en el proceso y el desarrollo. Era una oportunidad
también de mostrar cómo se creó la colección, que es profunda y no
enciclopédica», describe los fondos con los que cuenta la institución.
Pablo Picasso, Georges Braque, Robert Delaunay, Constantin Brancusi, Amedeo
Modigliani, Jean Arp, Vasily Kandinsky, Alexander Calder... Nombres que abarcan
medio siglo de creación, en cuadros y esculturas, todos atraídos por la luz de
la Ciudad de la Luz. París. «Hay un espíritu y una energía increíbles en todos
los trabajos, y un deseo de crear algo nuevo y diferente y revolucionario», asegura Hinkson.
Innovación, experimentación, colaboración
¿Cómo resumiría el espíritu de la exposición? Medita la respuesta y
desgrana tres sustantivos: «Innovación, experimentación y colaboración». El
recorrido de la exposición, que abarca desde los albores del siglo pasado hasta
la conclusión de la Segunda Guerra Mundial, es también una suerte de viaje
cronológico en el tiempo, del cubismo al surrealismo. «Muchos de estos artistas
se movieron entre grupos, y no siempre se llevaban bien, perodialogaban, escribían sobre su
trabajo, exponían juntos», detalla Hinkson. Sus palabras sugieren la impresión de que también entre
las obras se suscita una suerte de diálogo.
Desde el cuadro de Picasso que refleja la sugerente vida parisina anterior
a la Primera Gran Guerra, se despliega una sucesión de trabajos referenciales,
como el «Piano y mandora» de Braque; las distintas visiones de la Torre Eiffel,
tan polémica en su momento, de Delaunay, quien sí supo apreciar de inmediato su
impulso como motor de avance; el famoso «Violinista» de Chagall; y así hasta
llegar al «Rómulo y Remo» que Calder mantuvo durante años en el olvido hasta que fue afortunadamente rescatado.
Vestigios de un pasado que difícilmente volverá: «Vivimos en una época en la que no
hay capital [del arte]. Lo que es diferente de la Escuela de París es que todo el mundo acudía al
mismo lugar», relata la comisaria de la exposición. «Ahora hay exhibiciones y
producción artística en todo el mundo. Y dado que podemos viajar, y gracias a
la tecnología podemos observarla, ya no hay un único lugar».
La exposición, según Hinkson, no se queda en un mero recorrido nostálgico.
«Creo que tenemos muchas dificultades en el mundo ahora mismo, y mirar hacia
atrás, a nuestra historia, y entender de dónde venimos y a dónde vamos, es realmente importante», sentencia.
http://www.abc.es/cultura/arte/abci-guggenheim-asoma-escuela-paris-201604212137_noticia.html
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