sábado, 26 de marzo de 2016

GUSTAVO DUDAMEL CON LA ORQUESTA FILARMÓNICA DE LOS ANGELES EN EL BARBICAN CENTER DE LONDRES

Paisajes sonoros americanos. Autores: Williams, Ginastera, Norman, Copland y Herrmann. Los Angeles  Philarmonic  Orchestra. Dirige Gustavo Dudamel. Barbican Center. 22 de Marzo, 2016.
Programa
Soundings (2003), de John Williams (1932), Piano Concerto No. 1 (1961), de Alberto Ginastera (1916-83), Play: Level 1 (2013), estreno en Inglaterra, de Andrew Norman (1979). Appalachian Spring (1943-4), Suite (1945), de Aaron Copland (1900-90), también estreno en Inglaterra.

Londres siempre ha sido una ciudad melómana y cuenta con muchas salas dedicadas a la ópera, los conciertos y todo tipo de manifestaciones artísticas, incluso en algunas iglesias tienen lugar audiciones musicales.
El Barbican Center, enorme complejo cultural, fue diseñado a partir de un proyecto de los arquitectos Chamberlin, Powell y Bon, como parte de una visión utópica para transformar un área de Londres que seguía conservando las heridas de los bombardeos de la II Guerra Mundial. Fue inaugurado por la reina Isabel II en 1982, con el fin de descubrir e inspirar el amor a las artes. El Barbican empuja las fronteras de la danza, el cine, la música y las artes visuales. Por sus puertas pasan más de 1.8 millones de personas al año y recibe la inspiración de artistas y creadores de todo el planeta, que vienen a interactuar en este universo único gestionado por la Corporación de la ciudad capital de Inglaterra.
Una noche de un día dramáticamente luctuoso, en el que un nuevo atentado llama a las puertas de las capitales de Europa. El maestro Dudamel dedicó la velada a todas las víctimas del atentado en Bruselas, que, con un resultado negro en muertos y heridos y desconsuelo, había golpeado a la ciudad belga esa misma mañana.

Precioso programa sin embargo, brillante y vitalista que comenzó con una première inglesa: Los Soundings de John Williams, pensada por el Walt Disney Concert Hall, según declaró el propio compositor.
Un “in crescendo” colosal, comenzado por cuerdas y vientos, que va aunando la potencia de la percusión de una orquesta, la Filarmónica de Los Angeles, que tiene un sello propio y único. La pieza consta de cinco secciones, durante la última de las cuales, el Walt Disney Hall “se regocija” en un alarde de alegría y externalización de sentimientos, traducidos a pentagrama.
Alberto Ginastera es un compositor argentino que, junto a Carlos Guastavino y Astor Piazzolla (en otro tipo de creaciones, más en la tradición del tango experimental a partir de las fuentes de este tipo de música de Buenos Aires) posiblemente sean los más citados y escuchados en los coliseos de concierto del mundo entero. A partir de raíces autóctonas, se elevan hacia sonoridades de gran plenitud dentro de la música considerada clásica, patrimonio de todos.
Ginastera, que compuso con brillantez en todos los géneros- conciertos, canciones, cuartetos, música para piano y sus conocidas óperas, Don Rodrigo, Beatrix Cenci y especialmente Bomarzo (la historia del duque que construyó el hechizado Parco dei  Monstri cerca de Roma, narrado de manera superlativa por el novelista Manuel Mujica Láinez, “Manucho”, en la ciudad homónima, presenta con Dudamel su Piano Concerto no. 1, en cuatro partes (rompiendo el esquema habitual de un concierto): Cadenza e varianti, Scherzo alucinante, Adagissimo y Toccata concertata.
Según escribió el propio compositor: “Hay aquí constantes elementos argentinos, como fuertes y obsesivos ritmos y adagios meditativos que sugieren la quietud de las Pampas, el mágico, misterioso universo de la críptica naturaleza del país”.
Sergio Tiempo es un lujo de pianista para esta obra. Nacido en Venezuela, como Gustavo Dudamel, es uno de los más brillantes de su generación y trabajó con artistas como Murray Perahia o Dietrich Fischer- Dieskau, siendo además, alumno de Martha Argerich, la pianista argentina, Nelson Freire y Nikita Magaloff.
Responsable de comprometerse con una lección de virtuosismo, deja muy alto el listón de técnica y calidad interpretativa, consiguiendo una compenetración absoluta con el maestro Dudamel, que le indica sin faltar ni una vez las entradas y está pendiente, también, de su fantástica orquesta y de un solista no menos sorprendente.
Andrew Norman, el joven compositor que estaba presente esa noche en el Barbican y saludó con el director de orquesta, propuso en su Play: Level 1, en estreno inglés, una creación a menudo inspirada en modelos y texturas provenientes de una geografía visual. Está interesado en manifestar un lenguaje, potente y nuevo, de una forma nada lineal, con técnicas que toma prestadas de la narrativa cinematográfica, de la televisión y los juegos de vídeo, que interactúan con formas sinfónicas más tradicionales.
Graduado en la universidad del Sur de California, también fue alumno de Martha Argerich, Donald Crockett, Stewart Gordon y otros importantes virtuosos.
La orquesta de Los Ángeles dirigida por Dudamel, que hasta tiene una serie de televisión novelada dedicada a sus avatares, es una especie de constante descubrimiento: un solo aliento para una multiplicidad de recreaciones y hallazgos sonoros, que permiten distinguir cada paño, cada pliegue, todos los componentes que modulan esta formación fuera de serie, que funciona como un metrónomo incansable, pero con alma.


La última composición prevista antes de la propina, fue la Primavera en los Apalaches (Appalachian Spring), de Aaron Copland, escrita durante los años de la II Guerra Mundial y la Depresión, una trilogía de danza a partir del espíritu de frontera americano.
La partitura fue encargada por Elisabeth Sprague Coolidge para Martha Graham e intenta  reafirmar, como escribió Copland, “el espíritu primigenio americano, vinculado a la juventud y la primavera, el optimismo y la esperanza”. Nunca nadie podría haber expresado estas verdades tan bien, en la noche en que otra vez, Europa se cubre de luto.
Siguiendo con el paisaje americano de norte a sur, Gustavo Dudamel anunció para cerrar el concierto, un regalo de otro conocido compositor americano de Los Ángeles, especializado en música para el cine, Bernard Herrmann y terminó con un anticlímax, lo que podríamos llamar un “diminuendo emocional” con un extracto de “Vértigo”, una de las películas míticas (otra, ¿cuál no lo es?) de Alfred Hitchcock.
El maestro venezolano, al principio de la velada, deseó enviar al público “un mensaje de belleza, amor y paz”. Lo consiguió con creces. Los aplausos, no hace falta explicitarlo, cayeron, como un torrente en una enorme cascada, a pesar de la tristeza del día, en un deseo y un anuncio de tiempos mejores para todos.

Alicia Perris

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