lunes, 9 de febrero de 2015

PLÁCIDO DOMINGO, CARACTERIZADO DE MACBETH, EN BERLÍN.


 MARA EGGERT

Plácido Domingo triunfa en su debut como 'Macbeth', de Verdi, en versión de Barenboim

RUBÉN AMÓN Berlín
Veinte minutos de aplausos y el público en pie. La relación 'rutinaria' de Plácido Domingo con el triunfo carecería de valor informativo si no fuera por la dimensión inverosímil de su carrera. No ya por la edad, 73 años. Ni porque se encuentra a cuatro peldaños de los 150 papeles, sino por la autoridad con que resuelve los mayúsculos desafíos que él mismo se propone a semejanza de Hércules.
Fue en la Staatsoper de Berlín donde inició hace un lustro la mutación de tenor a barítono. Y ha sido en Berlín donde asumió anteanoche el papel supremo de los barítonos verdianos. Hablamos de 'Macbeth' y del mérito que revestía exponerse a un público estricto, por mucho que Domingo ejerza, como ejerce, un magnetismo y una capacidad de sugestión que lo preservan de los eventuales problemas vocales.
Es 'Macbeth' la décima ópera de Verdi y es 'Macbeth' la décima vez en que Domingo se realiza como barítono, consciente de que su identificación visceral y académica con la música verdiana le consiente desenvolverse entre líneas como si los papeles estuvieran escritos para él. También ahora, que el otoño de su carrera evoca el desenlace del cuarto acto de Macbeth, implorando "piedad, respeto y amor".
Volvieron a aclamarlo en el desenlace del aria. Y debió sentirse Domingo confortado por la repercusión berlinesa de su enésima proeza, abrumando a quienes lo retiraron hace 40 años. Y a quienes entendieron que su aventura baritonal representaba una temeridad, no digamos cuando el cantante decidió legitimarse en los grandes escenarios. Incluida la Staatsoper de Berlín y la función a corazón abierto que dirigió Daniel Barenboim el sábado noche con una proyección expresionista.
Expresionista quiere decir que el maestro nos hizo conscientes del vanguardismo verdiano. Que nos trasladó el desgarro y la oscuridad de la música. Que nos tuvo a los espectadores en un estado de suspense, aunque es cierto que semejante intensidad permitió también que nos regocijáramos con los pasajes melódicos.
Pudimos, pues, mecernos en las butacas con nobleza de René Pape y pudimos impresionarnos, negativamente, con el sufrimiento de Rolando Villazón, sobreexpuesto a una función desgraciada en contraste con la plenitud de Liudmyla Monastyrska.
Lo mejor de la noche
La soprano rusa es un prodigio vocal. Una cantante desgarrada y refinada a la vez. Una Lady Macbeth intimidatoria y de imponente personalidad escénica, entre cuyos méritos destaca además haber interiorizado la dramaturgia conceptual y atemporal de Peter Mussbach. Suya es la idea de extrapolar la ópera a una reflexión del poder desde la perspectiva parasitaria, razón por la cual el montaje relaciona los hombres con los insectos. En la sumisión gregaria (el pueblo). En la pugna de la supervivencia. Y en los rasgos mutantes, selectivos, que hacen de Macbeth un zangano y de su esposa una abeja reina malograda por el caudal desproporcionado de su propio veneno.
Se mereció Liudmyla Monastyrska las mayores ovaciones de la noche, aunque debió quedarse impresionada con el asedio de los melómanos y de los mitómanos al camerino de Plácido Domingo. Tuvo la amabilidad de satisfacerlos a todos. Firmó autógrafos. Se dejó fotografiar con el disfraz de Macbeth. Condescendió con el pasaje de un autobús de catalanes que se había desplazado al acontecimiento. Matronas que estuvieron en su debut del Liceo. Caballeros que perdieron los papeles para estrecharle la mano.
"Me tengo que ir haciendo con el papel", nos explicaba Domingo. "Es éste un personaje fascinante. Que declama y que canta. Que requiere un gran esfuerzo vocal y artístico, pero que luego está lleno de satisfacciones. Es una gozada cantar 'Macbeth'. Es un enorme privilegio".


http://www.elmundo.es/cultura/2015/02/09/54d8719122601d87198b456c.html

No hay comentarios:

Publicar un comentario