miércoles, 24 de octubre de 2018

LA CENERENTOLA 2021, TEATRO REAL: COMO NO ME DIERON ACREDITACIÓN, UN RECUERDO PARA LA DEL AUDITORIO (2018), INSUPERABLE, SEMIESCENIFICADA,CON BARTOLI Y LES MUSICIENS DU PRINCE DE MONTE-CARLO, UNA CENERENTOLA EMOCIONANTE EN EL AUDITORIO NACIONAL DE MADRID


Auditorio Nacional de Madrid. 22 de octubre de 2018. 19.30 horas. Fundación Scherzo

PROGRAMA
Rossini, Gioachino (1792-1868), La Cenerentola (Cinderella), melodrama jocoso en dos actos en versión semiescenificada sobre libreto de Jacopo Ferreti(1784- 1852), basado en la obra homónima de Carles Perrault, estrenada en Roma en el Teatro del Valle, el 25 de enero de 1817   

INTÉRPRETES
Cecilia Bartoli, Angelina
Edgardo Rocha,       Don Ramiro
Carlos Chausson, Don Magnifico
Alessandro Corbelli, Dandini
Marttina Jankova, Clorinda
Rosa Bove, Tisbe
José Coca, Alidoro
Les Musiciens du Prince   y el Coro masculino de la Opéra de Monte-Carlo     
Gianluca Capuano, director musical
Aurelio Scotto, maestro y asistente del coro
Claudia Blersch, responsable de la producción semiescenificada


El barroco se ve desde otra perspectiva (se ve, simplemente), desde que el contratenor Philippe Jaroussky, lo canta. Como la sintaxis de los castrati. Ahora está en Madrid cantando dos papeles en Only the sound remains y lo mismo sucede con una amiga suya y colaboradora en múltiples proyectos, Cecilia Bartoli, en lo que atañe al belcanto, es decir, a Donizetti, Rossini y a Bellini, sin olvidar a Mozart. Además, Bartoli revivió las óperas de Vivaldi con el Giardino Armonico, desconocidas, nada frecuentadas, recuperó también a Gluck, otro relegado y las partituras de Manuel García y la Malibrán, una de sus hijas.
Llevó a cabo numerosos trabajos de investigación, como para dar a luz por segunda vez a  Agostino Steffani, el religioso que ejerció funciones de diplomático y espía, sin olvidar el apoyo a cantantes, que están a punto de una consagración completa, también gracias a su aportación incondicional para publicar discos, en Decca, como el tenor mexicano Javier Camarena. Efectivamente, la mezzo romana es una exploradora nata de nuevos retos, pero sin olvidar apoyarse en aquellos que, en su día, dieron forma y moldearon su exitosa e inigualable carrera.
Como artista y contradiciendo a la mayoría de extrema derecha que gobierna su país, podría callarse, como hacen tantos colegas de profesión o dedicarse en exclusiva al canto, su métier y su forma de vida, pero sin embargo tiene un “pensierino” cálido y solidario para todos aquellos inmigrantes en cuyos países de origen se les ha despojado de todo y vienen buscando a Europa y otros territorios del mundo, un refugio o una posibilidad de mera supervivencia. Pero los tiempos y la política, tampoco los pueblos, en general, se orientan ahora en esa dirección. “Allá penas” reza el conocido refrán español, para que cada uno vaya a lo suyo sin preocuparse del resto. Cecilia Bartoli no es una persona ni una artista, a quien le guste mirar para otro lado, exclusivamente el bueno de la vida y de la historia. Siempre ha contribuido, en la medida de lo posible, a los marginados, castrati, compositores olvidados (Giulio Caccini, Caldara, Porpora, Haendel o Scarlatti, tan a menudo relegado al repertorio estudiantil de los conservatorios) y ha ampliado el rango de colaboración con músicos solistas, orquestas, directores, conjuntos de cámara y hasta escritoras como Donna León.
Cecilia Bartoli es también la inspiradora del ensemble barroco Les Musiciens du Prince, creado en la primavera de 2016 en la Opéra de Monte-Carlo, con el visto bueno de Jean-Louis Grinda, director de esta institución. Se trata de un proyecto que inmediatamente recibió el placet de S.A.S. el Príncipe Alberto II y de su S.A.R. la Princesa de Hanover, más conocida como Carolina de Mónaco, ambos hijos del fallecido Príncipe Rainiero y de la legendaria Grace Kelly.



El concierto inaugural tuvo lugar el 8 de julio de 2016 en la Corte de Honor del palacio de Mónaco, en presencia de la familia principesca y desde entonces, Los Músicos del  Príncipe y Cecilia Bartoli, que habitualmente reside en Zürich, han recorrido las grandes salas de Europa, aplaudidos por el público y la prensa internacional.
Ahora viene a Madrid, con un ópera completa, ¡por fin!, al Auditorio Nacional, una sala pensada más bien para conciertos sinfónicos o solistas, donde una representación puede quedar pequeña, o ajena. Y con un público muy atrabiliario de cuya fantasía y falta de saber estar puede esperarse cualquier cosa: llegadas tarde, salidas improvisadas en medio de las actuaciones, las inevitables y aburridas toses, caídas estrepitosas de muletas o bolsos al suelo, o una espectador a la que suena el móvil y no sabe cómo apagarlo en medio de la representación.
Sin embargo, la constelación Bartoli, los músicos, sus acompañantes en la experiencia de esta producción, seducen a un público, habitualmente entregado a priori a la artista romana, que no se priva, entre dientes y sin que lo noten más que los iniciados, de soltar entre medias de una pirueta vocal, alguna palabra o expresión de “romanaccio”, el dialecto de la capital italiana. Para no olvidar las raíces ni perder las esencias.
A propósito de esta partitura rossiniana, Cecilia explica que, “Cenerentola es una ópera del crescendo rossiniano, no hay momentos de debilidad en la ópera. Solo con Rossini se encuentra este “champagne”, esta electricidad, esta ligereza”.
Por su parte, a su lado, Jean-Louis Grinda, director de la Opéra de Monte-Carlo, agrega que “hay también una pizca de tristeza,- de “malinconia” apunta Bartoli- de nostalgia, de saudade, como dicen los brasileños”.
Buen equipo el que componen una Cecilia que luce varios vestidos, algunos de verdadero diseño, centelleantes y con miriñaque, para un desempeño escénico excelente, con una voz con cuerpo aunque pasen los años, porque su técnica, su vitalidad, su gracia, no caducan nunca.


 Su Rossini es una recreación maravillosa, aunque la historia originada en las fuentes del escritor francés Charles Perrault, sea psicológicamente tremenda y apabullante. Como bien definió Bruno Bettelheiim en su enfoque psicoanalítico de los cuentos de hadas, muchos, son verdadera narrativa de terror. Lo que todos sabemos, algunos por experiencia propia o vicaria, la preferencia de unos hijos a otros por el padre o la madre, las madrastras altivas, secas, los padrastros demasiado atentos, celosos, el abandono familiar, los recelos, las envidias caseras, la competencia por el afecto, el tiempo y los recursos parentales, el dinero, los regalos, el espacio, la distribución de los quehaceres domésticos y otros. En fin, esas bagatelas que a menudo componen una telaraña macabra, en algunas ocasiones decente, pocas, que llamamos “familia”.
Cecilia es una Cenerentola inocente, fresca, custodiada por un Don Magnifico que desarrolla el bajo buffo español Carlos Chausson, con una actuación dramática y vocal impecables, grandes, con unos recitativos y un sillabato sorprendentes. Fraseo elegante, legato canónico, entrega completa a su papel, sus compañeros y el público, que lo aplaudió como se celebraba en tiempos a los especiales, a los verdaderamente elegidos por el talento y la magia.
Correctas y dispuestas en voz y teatralización, Martina Jankova como Clorinda y Rosa Bove como Tisbe. Un José Coca al que le faltó más garra, pero consecuente en el fondo con su papel, algo desdibujado y etéreo de ángel, reemplazando a la figura del hada madrina, más seductora, de la historia original de Perrault.
Creíble, divertida, resultona, la puesta de la directora de escena Claudia Blersch y el vestuario.
El programa de mano contenía el elenco, biografías de los artistas, argumento y publicidad, pero no notas de la ópera y la producción.
EL Dandini de Alessandro Corbelli es cómplice, cariñoso, cálido, con una voz que no siempre excede las necesidades de su papel, pero que defiende hasta convertirla en una bella prestación, adecuada perfectamente al conjunto.
Al tenor uruguayo Edgardo Rocha, en su papel de futuro gobernante y enamorado, le falta algo más de fuerza vocal y dramática, aunque le sobra prestancia y tiene toda la vida y la carrera por delante.

 Fotos 2 y 3  Julio Serrano

Les Musiciens du Prince hicieron una buena labor, muy interrumpida y sincopada como se dijo antes, por un público falto de empatía musical y otras. Algo titubeantes en la Obertura, fueron ampliándose, afirmándose. No habría que dar clases de ópera, sino de educación “tout court” para comportarse en las salas españolas de concierto. Muy bien el coro, con uniformes divertidos y ocurrentes, con bombín, para diferenciarse de los que llevaban los músicos, casi idénticos.  En negro y un toque rojo, stendhalianos.


El director musical, el milanés Gianluca Capuano, lo tuvo complicado, ya que por razones del planteamiento escénico estaba de espaldas a los cantantes. Por momentos se giraba para darles las entradas, sobre todo a las hermanastras de Cenerentola y jugaba con Bartoli, también por complicidad dramática. Será también su acompañante en la gira europea de mezzo romana con Les Musiciens y ha sido su director ya con la partitura de Rossini en Monte-Carlo, Dortmund, Hamburgo, Amsterdam, Martigny, Versalles y Luxemburgo. Fundó un conjunto instrumental y vocal de música antigua, Il Canto di Orfeo y se graduó en Milán en órgano, composición y dirección orquestal. Es de esperar que la próxima vez, en Madrid, tanto él como Les Musiciens du Prince, tengan más espacio para demostrar su valía, con menos interferencias también, por parte de un público, el del Auditorio, que, en ocasiones, se comporta de una forma inmisericorde con los artistas y el espectáculo en general.

La representación fue un éxito colosal, aunque algunos críticos puedan buscar, como suelen, más con cierto repertorio y artistas o salas que con otros, pegas y peros para todos los gustos. No sirve de nada, porque el resultado final, de matices, de comicidad, de excelencia, de elegancia, es incontestable. El público, o por lo menos el que prestó atención, lo entendió así y los aplausos, que duraron tiempo, llenaron los recovecos del Auditorio Nacional de Madrid y los corazones de muchos.

Y sobre todo, “last but not least”, si no hubiera sido por la generosidad siempre disponible del Servicio de Prensa de la Opéra de Monte-Carlo que me conoce de varias visitas y reseñas anteriores a su casa y su máxima responsable, Karine Manglou, no estaría reseñando esta velada. Incluso a distancia esta vez, ejerció de hada madrina con esta acreditación para Madrid, para esta cronista a la que a veces también e injustamente, en este foro desigual, intentan disfrazar de Cenerentola (Cendrillon, Cenicienta).
Cecilia Bartoli, hoy, Patrimonio de la Humanidad, nuestra, también de Monte-Carlo.

Alicia Perris


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